lunes, 29 de mayo de 2017

EL BÁCULO DE MONS. ROSA CHÁVEZ Y EL MILAGRO DE MONSEÑOR ROMERO



Por: Juan Vicente Chopin.

Yo no creo en las casualidades, en particular en lo que respecta las cuestiones fundamentales de la vida de una persona y de la historia en general. El domingo 28 de mayo de 2017 las parroquias de la vicaría Monseñor Romero (13 parroquias en total) se reunieron para conmemorar el segundo aniversario de la beatificación de Monseñor Romero. Se congregaron unas mil quinientas personas en la parroquia Nuestra Señora de Guadalupe, en la Colonia Sierra Morena. Sucede que fui invitado a dar una conferencia sobre Monseñor Romero y Monseñor Rosa Chávez presidiría la misa después de mi conferencia. Se entiende que nadie esperaba que para esa fecha Monseñor Rosa Chávez hubiera sido nombrado cardenal. Tampoco yo pensaba encontrarme con el nuevo cardenal. Ese tipo de situación yo la refiero a la Providencia Divina.
En su homilía, dicha en un lenguaje muy cordial y sereno, el nuevo cardenal se fue refiriendo a diversos argumentos, de los cuales quiero resaltar algunos.
En primer lugar, dijo que había recibido una llamada a las 5 am., el domingo pasado (21 de mayo de 2017), en la que se le comunicaba su nombramiento como cardenal y que la noticia le había sorprendido mucho. Seguidamente explicó que él atribuía ese nombramiento a la intercesión de Monseñor Romero y explicó por qué. Ese domingo 21 de mayo tenía que estar en la conmemoración del segundo aniversario de la beatificación de Monseñor Romero en el Hospitalito y en la Cripta de Catedral; puntualizó además que en la misma línea providencial le parecía el que estuviera, ocho días después, celebrando el mismo acontecimiento en la vicaría pastoral que lleva el nombre de Monseñor Romero. De modo que, en un modo más jocoso, dijo que en esas misas el canto de entrada había sido el que dice: “Vamos todos al banquete, a la mesa de la creación, cada cual con su taburete tiene un puesto y una misión”. Y a renglón seguido afirmó: “a mí me han cambiado el taburete y la misión”. El pueblo celebró el símil con un aplauso y sonrisas de aprobación. El cardenalato de Monseñor Gregorio Rosa Chávez es un milagro del beato Óscar Romero.
En segundo lugar, pude notar el profundo conocimiento que tiene el nuevo cardenal acerca del magisterio de Monseñor Romero, y en concreto, del modo cómo entiende la Iglesia. Aludiendo a sus cartas pastorales resaltó la visión de la Iglesia que tenía el beato, así como aparece en su primera carta pastoral como arzobispo, titulada “Iglesia de la Pascua” (10 de abril de 1977), en la que se cita el n. 15 del apartado “Juventud” del documento de Medellín, donde se dice: “…que se presente cada vez más nítido, en América Latina, el rostro de una Iglesia auténticamente pobre, misionera y pascual, desligada de todo poder temporal y audazmente comprometida en la liberación de todo el hombre y de todos los hombres”. Se trata del modo cómo entendían la Iglesia Juan XXIII y Pablo VI; el cardenal Eduardo Pironio y Monseñor Luis Chávez y González; Monseñor Rivera Damas y Rutilio Grande. Los mismos que los periódicos de la derecha recalcitrante acusaban de ser comunistas. También aludió a su segunda carta pastoral (6 de agosto de 1977) y dijo que le gustaba mucho esa expresión de la Iglesia como “Cuerpo de Cristo en la historia”, que es el título de dicha carta y que nos recuerda la eclesiología de Ignacio Ellacuría y de Jon Sobrino. En esa carta Monseñor Romero afirmó que “mientras la Iglesia predique una salvación eterna y sin comprometerse en los problemas reales de nuestro mundo, la Iglesia es respetada y alabada, y hasta se le conceden privilegios. Pero si la Iglesia es fiel a su misión de denunciar el pecado que lleva a muchos a la miseria, y si anuncia la esperanza de un mundo más justo y humano, entonces se la persigue y calumnia, tildándola de subversiva y comunista”. Cerró este argumento aludiendo al magisterio del Papa actual, que quiere una Iglesia más dinámica, que no se encierre y que no sea timorata, sino que predique el evangelio a los más pobres y haga de ellos los protagonistas de la evangelización.
En tercer lugar, Monseñor Rosa Chávez nos reveló un secreto. Nos explicó que el báculo que portaba ese día, por cierto muy bien conservado, había sido propiedad de Monseñor Luis Chávez y González y que él se lo había regalado a Monseñor Romero, que a su vez Monseñor Romero se lo había regalado a él, a Monseñor Gregorio Rosa Chávez. Ese dato fue una auténtica revelación, un símbolo, porque nos confirmó algo que sólo en nuestras investigaciones habíamos descubierto, es decir, que la sistematización de la cuestión social al interno de la Iglesia Católica Salvadoreña dio inicio con el segundo arzobispo de San Salvador, Monseñor José Alfonso Belloso y Sánchez (1927-1938). Se sistematizó con Mons. Luis Chávez y González (1938-1977). Tuvo su ápice con Monseñor Romero (1977-1980) y tuvo seguimiento con Mons. Arturo Rivera Damas (1983-1994). Esta podría ser la razón de por qué el dictador Maximiliano Hernández Martínez, en 1935, en su segunda toma de posesión como presidente, no le pide a Belloso y Sánchez que le haga el Te Deum, sino a Monseñor Juan Antonio Dueñas y Argumedo (1914-1941), obispo de San Miguel, quien, dicho sea de paso, calificó al dictador del mismo modo como el historiador Eusebio de Cesarea había llamado a Constantino, “el nuevo Moisés”, el que entonces había de conducir al cristianismo primitivo hacia glorias mayores y a Maximiliano Hernández Martínez la tarea de conducir al cristianismo salvadoreño en tiempos modernos.
Finalmente, dijo que le gustaría hacer una peregrinación o marcha, desde San Salvador hasta Ciudad Barrios, lugar del natalicio de Monseñor Romero. Dijo que podía ser de dos modos. Una forma puede ser que los mismos que parten de San Salvador sean los que culminan la peregrinación en Ciudad Barrios. La otra es que se haga por partes, es decir, que de San Salvador se llegue hasta San Rafael Cedros, que de ahí retome la marcha la Diócesis de San Vicente hasta el puente Cuscatlán; que pase luego a la Diócesis de Santiago de María, culminando en la Diócesis de San Miguel, en Ciudad Barrios. El centenario del natalicio de Monseñor Romero amerita un evento de esa magnitud y el cardenal cuenta con la popularidad para hacerlo.
En síntesis, el apellido “Chávez” reanuda de algún modo, en cuanto hace de quicio, de “cardine”, de perno, la cadena que en 1994 se rompió con la muerte de Monseñor Arturo Rivera Damas. El cayado del pastor va recuperando la línea pastoral más responsable y más creíble que ha tenido la Iglesia católica salvadoreña. Procediendo de ese modo, el Papa Francisco nos deja claro qué tipo de Iglesia sueña: una iglesia “pobre para los pobres”. Está en las manos del nuevo cardenal ejercer con creatividad y pertinencia tan alta responsabilidad. La sangre de los mártires se lo reclama.     

martes, 28 de marzo de 2017

XXXVII ANIVERSARIO DEL MARTIRIO DE MONSEÑOR ROMERO



XXXVII ANIVERSARIO DEL MARTIRIO DE MONSEÑOR ROMERO
24.03.2017 – Texto de la Homilía

Pbro. Dr. Juan Vicente Chopin

(Este es el texto de la homilía que se leyó en todas las misas a las que fui invitado) 


1.     Contextualización: “Cien años de fidelidad a la verdad”

En estos días estamos viviendo una serie de factores que hacen pensar que la canonización de Mons. Romero está cerca.

El primer elemento es que, en el marco de la Asamblea Anual del Secretariado Episcopal de Centro América (SEDAC), celebrada en Guatemala, del 21 al 25 de noviembre de 2016, el arzobispo de San Salvador, Mons. José Luis Escobar Alas, fue elegido presidente del organismo eclesial que reúne a los países centroamericanos. De igual forma, el obispo auxiliar de San Salvador, Mons. Gregorio Rosa Chávez, asumirá la secretaría del SEDAC. La nota periodística especifica que la nómina de ambos obispos se hace en el contexto de la posible canonización de Mons. Romero y la beatificación del jesuita salvadoreño Rutilio Grande y agrega otros datos: «corresponderá al nuevo presidente y al nuevo secretario del SEDAC animar los preparativos para la celebración de los 75 años –en 2017– de este importante órgano de comunión y colegialidad de la Iglesia en Centro América, lo mismo que otros proyectos conjuntos de los episcopados centroamericanos, como el camino de preparación para la Jornada Mundial de la Juventud 2019, en Panamá». También tómese en cuenta que fue un obispo salvadoreño, Mons. Luis Chávez y González, quien jugó un papel protagónico en la conformación de este ente colegiado de la Iglesia Católica en Centro América.

El segundo elemento es la visita Ad Limina Apostolorum (a “los umbrales de San Pedro y San Pablo”), que todos los obispos salvadoreños están obligados a realizar entre el 20 y el 25 de marzo de 2017. La elección de la fecha no puede ser casual. El encuentro con el Papa genera mucha expectativa en orden a la canonización y por ello, Mons. Rosa Chávez, recientemente, ha dado declaraciones provocando entusiasmo entre los seguidores de Mons. Romero.

El tercer elemento es que del 9 al 12 de mayo de 2017 los obispos de Latinoamérica y El Caribe, realizarán su Asamblea General en San Salvador, para honrar la memoria de Mons. Romero. Se trata de un acontecimiento de mucha importancia, pues tendremos en nuestro país representación de los jerarcas católicos del continente latinoamericano. No olvidemos que Mons. Romero jugó un papel protagónico en la Asamblea General realizada en Puebla (1979), en vísperas de su martirio.

El cuarto y gran acontecimiento es el centenario del natalicio de Mons. Romero, el 15 de agosto del año en curso. Esta es una buena fecha para la canonización, pero ello va a depender de lo que el Papa diga a los obispos en la visita Ad Limina que están realizando en estos días. Aunque la fecha aparece demasiado próxima, puesto que ello depende de la agenda del Papa y de la comprobación de un milagro. Nosotros estaríamos contentos que se realizara en agosto de este año. En esta línea, ya se habla de un milagro que ha sido admitido y que podría pasar los requerimientos canónicos. En todo caso, mejor vamos a esperar las noticias que nos traigan nuestros pastores, para sustentar mejor nuestro deseo de ver a Mons. Romero canonizado.

Como podemos ver, el año 2017 será un año intenso para los cristianos salvadoreños, en cuanto respecta la memoria de los mártires. El proceso canónico de Rutilio Grande está muy avanzado y el centenario del natalicio de Mons. Romero atraerá la atención de la opinión pública nacional e internacional. De modo que no obstante la situación de crisis social, de confrontación política y de corrupción que vive nuestro país, estas son noticias que deben llevarnos a levantar nuestra estima. La figura de Mons. Romero pone en alto el nombre de El Salvador, pero está a nosotros hacer el propósito de hacer bien las cosas y aprovechar este signo de los tiempos. Ese debe ser nuestro mayor empeño.

2.     Mons. Romero, el «Testigo fiel» de los salvadoreños

Este año, el aniversario del martirio de Mons. Romero concurre en día viernes, y como todos los viernes de cuaresma, se tiene muy presente la tradición popular del Via Crucis. Como Jesús, Mons. Romero vivió su propio calvario, pero también, como él, resucita de la muerte. Así como el contubernio de los sumos sacerdotes, escribas y fariseos no pudieron evitar que los discípulos de Jesús proclamaran su resurrección. Así tampoco, la alianza perversa de la oligarquía recalcitrante, los escuadrones de la muerte y los eclesiásticos que los secundaron, no pudieron contener el que Mons. Romero resucitara en su pueblo. De ello dan prueba los miles de personas que lo respetan como santo. Ya en su momento, Don Pedro Casaldáliga dejaba constancia de los oscuros motivos de la muerte de Mons. Romero, cuando dijo en su memorable poema: «Pobre pastor glorioso, asesinado a sueldo, a dólar, a divisa. Como Jesús, por orden del Imperio».

Pero Mons. Romero viene a ser en nuestros días el «Testigo Fiel» del que habla el libro del Apocalipsis, es decir, «el Primogénito de entre los muertos» salvadoreños (cfr. Ap 1,5). Siguiendo las indicaciones del Apocalipsis, Mons. Romero es el Ángel de la Iglesia Salvadoreña, porque Dios conocía su tribulación, su pobreza y las calumnias de sus asesinos, que se llaman cristianos sin serlo, y que son en realidad como dice el mismo texto «una sinagoga de Satanás» (Ap 2,9). Así, en nuestro mártir se cumple la escritura que dice «mantente fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida. El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias: el vencedor no sufrirá daño de la muerte» (Ap 8,10-11). Mons. Romero es ese cordero salvadoreño que fue degollado pero que sigue en pié (Ap 5,6). Y sus compañeros mártires «son los que vienen de la gran tribulación; [los que] han lavado sus vestiduras y las han blanqueado con la sangre del Cordero» (Ap 7,14). A ellos nuestro respeto y admiración.

Mons. Romero y el padre Rutilio Grande pueden ser comparados con los dos testigos de los que habla el Apocalipsis: «Ellos son los dos olivos y los dos candeleros que están en pie delante del Señor de la tierra». Como dice el texto: «Si alguien pretendiera hacerles mal, saldría fuego de su boca y devoraría a sus enemigos». Y esto está sucediendo: la memoria de los mártires está por encima de la memoria de los verdugos. La Bestia ―entiéndase Roberto D’Aubuisson y sus corifeos― mancilló su humanidad, les hizo la guerra, los venció, los mató. Dejó sus cadáveres tendidos en las ciudades que no son Sodoma y Egipto, sino San Salvador y El Paisnal, «allí donde también su Señor fue crucificado». El texto continúa diciendo que «no está permitido sepultar sus cadáveres». Y tiene que ser así, para que quede constancia de la entrega de estos hermanos nuestros y constancia también de la insaciable maldad de sus asesinos. Pasados tres días y medio ―dice el texto― «un aliento de vida procedente de Dios entró en ellos y se pusieron de pie». Y una voz fuerte les dijo «“Subid acá”. Y subieron al cielo en la nube, a la vista de sus enemigos». Nosotros, testigos de estas cosas, así como se dio en Mons. Romero y en Rutilio Grande, damos «gloria al Dios del cielo» (cfr. Ap 11,1-13).


3.     Las idolatrías de nuestros días: actualidad del pensamiento de Mons. Romero

El pensamiento y la predicación de Mons. Romero siguen teniendo actualidad. Al respecto voy a referirme a su Cuarta Carta Pastoral, titulada oportunamente: Misión de la Iglesia en medio de la crisis del país, firmada el 6 de agosto de 1979.
La carta está inspirada en el texto del documento de Puebla (27 de enero al 12 de febrero de 1979). Entre los motivos que dieron origen a la carta se mencionan las «nuevas formas de sufrimientos y atropellos [que] han empujado nuestra vida nacional por caminos de violencia, venganza y resentimiento»; habla también de «esperanzas y expectativas» (cfr. n. 3).

En ese contexto, Mons. Romero habla de evitar dos reduccionismos en el proceso evangelizador: por una parte, acentuar solo los elementos trascendentales de la espiritualidad y del destino humano; por otra parte, destacar solo los elementos inmanentes del Reino de Dios (cfr. n. 36). En el primer caso, se llevaría a los fieles a no interesarse por las situaciones que aquejan a las personas en la historia. En el segundo caso, se prescindiría de la gracia de Dios y de la misión de la propia Iglesia. Como camino de solución, Mons. Romero indica cinco pasos: 1) Una sólida orientación doctrinal; 2) La denuncia profética del pecado, en función de conversión; 3) Desenmascarar las idolatrías de nuestra sociedad; 4) Promover la liberación integral del hombre; 5) Urgir cambios estructurales profundos.

El primer paso se refiere a la prioridad que tiene Dios y su revelación en el proceso evangelizador. En esto el magisterio de Mons. Romero encuentra plena correspondencia con el magisterio del Papa Francisco, quien afirma: «En cualquier forma de evangelización el primado es siempre de Dios» (EG 12). Mons. Romero advierte cuán necesaria es la verdad de la revelación de frente a la mentira de los hombres: « ¡Qué necesaria resulta esta “columna de la verdad” en un ambiente de mentira y falta de sinceridad, donde la misma verdad está esclavizada bajo intereses de la riqueza y el poder! » (n. 38).

El segundo paso, la denuncia profética de la mentira, la injusticia y de todo pecado que destruya los proyectos de Dios, no tiene una finalidad negativa, «sino que tiene un carácter profético, busca la conversión de los que cometen el pecado» (n. 41). Naturalmente, hay sectores de poder afincados en el pecado que reaccionan negativamente ante la denuncia profética, llegando hasta la persecución de los heraldos del Evangelio.

El tercer paso suponía desenmascarar las idolatrías de ese momento. Él menciona tres: 

a) Absolutización de la riqueza y de la propiedad privada, 
b) Absolutización de la seguridad nacional, 
c) Absolutización de la organización.

En cuanto respecta la absolutización de la riqueza y la propiedad privada, sus palabras resuenan con fuerza en la actualidad:

La absolutización de la riqueza y de la propiedad lleva consigo la absolutización del poder político, social y económico, sin el cual no es posible mantener los privilegios aun a costa de la propia dignidad humana. En nuestro país, esta idolatría está en la raíz de la violencia estructural y de la violencia represiva y es, en último término, la causante de gran parte de nuestro subdesarrollo económico social y político.

Este es el capitalismo que condena la Iglesia en Puebla siguiendo el magisterio de los últimos Papas y de Medellín. Quien lee estos documentos diría que están describiendo las situaciones de nuestro país que sólo pueden defender el egoísmo, la ignorancia o el servilismo (n. 45).

Estos planteamientos de Mons. Romero encuentran perfecta sintonía con el magisterio del Papa Francisco cuando afirma los cuatro no contra el capitalismo salvaje: “no a una economía de la excusión”, “no a la idolatría del dinero”, “no a un dinero que gobierna en lugar de servir”, “no a la inequidad que genera violencia” (EG, nn. 52-60). Así se expresa el Papa Francisco: “El afán de poder y de tener no conoce límites. En este sistema, que tiende a fagocitarlo todo en orden a acrecentar beneficios, cualquier cosa que sea frágil, como el medio ambiente, queda indefensa ante los intereses del mercado divinizado, convertidos en regla absoluta” (EG, n. 56).

En lo que toca la absolutización de la seguridad nacional, este aspecto ha tomado matices distintos. Si en el período de la guerra fría se entendía como fortalecimiento de los regímenes militares instalados en los gobiernos de los países latinoamericanos, en la actualidad reaparece en lo que se ha llamado “golpes de estado suaves”, es decir, maniobras mediáticas para desprestigiar a las personas que han representado a los sectores más desprotegidos. En nuestro país adquiere la forma de una «dictadura judicial», donde los magistrados de la sala de lo constitucional aparecen no como legisladores al servicio de las mayorías populares, sino al servicio de las élites acomodadas de la oligarquía salvadoreña y a partidos políticos que históricamente se han servido de la buena voluntad del pueblo salvadoreño, pero nunca lo sacaron de pobreza.

La tercera absolutización de la que habló Mons. Romero fue la que se refiere a las organizaciones populares. Monseñor dice que este tipo de absolutización en principio tiene una finalidad buena, «porque surge del pueblo en uso del derecho de organización para procurar, teóricamente, el bien del mismo pueblo» (n. 49). A renglón seguido enumera la serie de degeneraciones en las que incurre dicha absolutización: politiza demasiado su actuación, como si la dimensión política fuera la única o la principal en la vida personal de los campesinos, obreros, maestros, estudiantes; trata de subordinar a sus objetivos políticos la misión específica de otras organizaciones gremiales, sociales y religiosas; la dirigencia de una organización, absolutizada por el problema político, puede desinteresarse prácticamente de otros problemas reales o desatender los criterios ideológicos de la base, que son los mismos problemas y criterios que interesan a la mayoría del pueblo; llega a tan alto grado de sectarismo, que le impide establecer diálogo y alianza con otro tipo de organización también reivindicativa; lo más grave de este fanatismo de la organización es que convierte una posible fuerza del pueblo en un obstáculo para los mismos intereses del pueblo y para un cambio social profundo (n. 49).

En la actualidad, lo que podemos notar es que los dos partidos políticos más grandes de este país, con tal de mantener sus intereses partidarios, se han olvidado de solventar los problemas reales que aquejan a nuestra sociedad. Ni las elites acomodadas invierten en las zonas marginales. Ni el partido en el poder ha logrado realizar la revolución cultural que urge a los salvadoreños. Sus dirigencias están tan dogmatizadas que ya rayan en la gerontocracia, con evidentes visos de intolerancia y la consiguiente falta de entendimiento, todo ello en detrimento de las mayorías populares. Los pocos logros que se van alcanzado quedan ofuscados por la furibunda guerra mediática a que somos sometidos permanentemente los salvadoreños.

4.     Las realidades que esperan redención

La sociedad salvadoreña vive en una permanente cuaresma sin ver claro el día de su resurrección. De modo que es importante que nosotros, si nos decimos discípulos de Jesús, nos empeñemos en hacer posible esa aurora que tanto necesita nuestro pueblo. De tal manera que debemos poner en evidencia aquellas realidades que necesitan redención.

1.     Dada la derogación de la Ley de Amnistía, que protegía a muchas personas involucradas en crímenes de lesa humanidad, nos unimos a los sectores sociales que piden se reabra el caso de Mons. Romero: «Solicitamos la apertura del proceso penal contra responsables intelectuales, materiales y cómplices del asesinato de monseñor Oscar Romero».
2.     Queremos que se tome en serio la petición presentada por nuestro arzobispo, en el sentido de que se apruebe una ley que prohíba la explotación minera en El Salvador. Estamos esperando también la aprobación de la Ley del agua. A propósito de esto, el Papa ha dicho que existe la «tendencia a privatizar este recurso escaso, convertido en mercancía que se regula por las leyes del mercado. En realidad, el acceso al agua potable y segura es un derecho humano básico» (LS, 30).

Algunos voceros de la oligarquía recalcitrante de este país, han pretendido acallar la voz del actual arzobispo. Nos llama la atención una de las frases utilizadas: «El retorno de la iglesia a la política nos llena de tristeza». En esto nos unimos a las voces que ya han respondido a dicha provocación: a la Asociación de Radios Comunitarias (Arpass), que hablan del retorno a un lenguaje ‘escuadronero’, como el que en su tiempo fustigó a Mons. Romero. A la nota del señor Héctor Silva Ávalos, y a los lúcidos análisis que hace en su artículo titulado «extrañas voces» (Revista Factum). Y al editorial de la UCA a propósito de este tema.

La tristeza de los oligarcas contrasta con la alegría del Evangelio de la que habla el Papa Francisco. La oligarquía salvadoreña está contenta cuando la iglesia se acomoda a sus intereses y se entristece cuando ella apoya las mayorías populares. Esa actitud es comprensible, porque ellos nunca han estado de parte de los pobres, prueba de ello es que, en tantos siglos de dominio ejercido sobre esta nación, no han querido sacarla de la miseria. Pero comprendemos su tristeza, porque a nosotros nos alegra que los campesinos tengan vida y no cáncer provocado por la explotación minera. Su tristeza no es debida al hecho de que el actual arzobispo se pronuncie contra la minería, sino a la segmentación centenaria de la serie de injusticias cometidas por dicho poder hegemónico. Su tristeza, en definitiva, es producto de la serie de pecados que han cometido, el principal de ellos es el asesinato de Mons. Romero.

En tanto en cuanto los poderes hegemónicos de este país no logren ponerse de acuerdo, no solo el la salvaguarda de sus intereses, sino también y sobre todo, los intereses del pueblo, nunca tendremos paz en El Salvador.

Que Dios, por intercesión de Mons. Romero, bendiga a nuestro pueblo.


5.     Lecturas recomendadas

Matt Eisenbrandt, Assassination of a Saint. The Plot to Murder Óscar Romero and the Quest to Bring His Killers to Justice, University of California Press, California 2017. Epílogo de Benjamín Cuéllar. Reseña en la Revista Factum.

Anselmo Palini, Una terra baganta dal sangue. Oscar Romero e i martiri di El Salvador, Paoline, Roma 2017. Prefacio de J. M. Tojeira y epílogo de Juan Chopin.

Juan Vicente Chopin, Teología del martirio cristiano. Implicaciones socio-eclesiales, Fundacultura, San Salvador 2017.

José Luis Escobar Alas, Carta Pastoral «Ustedes También Darán Testimonio, Porque Han Estado Conmigo Desde el Principio» (Cf., Jn 15, 27).

Carlos Dada, «Así matamos a Mons. Romero», artículo del 22 de marzo de 2010. Periódico El Faro.


jueves, 9 de febrero de 2017

LA SANGRE DE LOS MÁRTIRES FECUNDA LA TIERRA SALVADOREÑA

Epílogo al libro de Anselmo Palini:
El Salvador, una terra bagnata dal sangue dei martiri
Edición Italiana

Por: Juan Vicente Chopin

Jesús, el Mártir Fiel
El movimiento cristiano de los orígenes tiene que ver con un hecho sangriento. Según los Evangelios, Jesús no murió de muerte natural, sino asesinado. En este sentido no puede ser considerado simplemente como un «muerto», sino que se trata de una víctima. Así, en las primeras auto-comprensiones del cristianismo originario, a Jesús se le considera el Testigo fiel, el Primogénito de entre los muertos (Ap 1,5). Este hecho fundante da forma al modo de creer en la historia, en otras palabras es performativo. De tal suerte que no se puede, al mismo tiempo, autodefinirse como cristiano y negar el origen dramático de la fe  cristiana.
También la expansión del movimiento cristiano, más allá del contexto judío, tiene como detonante un hecho sangriento. Esteban, el líder del grupo de los helenistas cristianos, fue asesinado y sus discípulos en su huida predican el Evangelio más allá de Jerusalén (cf. Hch, cap. 6-8).
En ambos casos, tanto en el hecho fundante como en la expansión, los mártires son apreciados como punto de partida de una fe que se abre paso en la historia. Las mujeres que acompañaron a Jesús desde Galilea, con la Magdalena a la cabeza, tienen el cuidado de verificar dónde colocan el cuerpo del mártir (cf. Lc 23,55). Unos hombres piadosos sepultan a Esteban y hacen gran duelo por él (cf. Hc 8,2).
Por consiguiente, los mártires tienen un puesto central en el origen del movimiento cristiano y luego, en el origen de la Iglesia. Como sostienen los representantes de la teología de la cruz, la Iglesia nace del costado abierto de Jesús, nace bajo la cruz. La cruz deja de ser un lugar de tormento par convertirse en fuente de esperanza para los marginados.
Pero la tradición cristiana sostiene teológicamente que el martirio recrea a la Iglesia, es decir, que cada vez que se verifica un martirio, se da una regeneración de la Iglesia. El martirio tiene un alto valor sacramental, puesto que en él se funden el significante y lo significado. Lo más cerca que Dios puede estar de un pueblo es por medio del martirio. Ese aspecto es lo que llevó a I. Ellacuría a afirmar que «con Mons. Romero Dios pasó por El Salvador».


Martirio y eclesialidad responsable
Agustín de Hipona, uno de los que mejor ha explicado la cuestión del martirio, solía decir que la Iglesia camina entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios. Su intuición entró en el Concilio Vaticano II; así, en el n. 8 de la Lumen Gentium, se afirma que «así como Cristo, efectuó la redención en la pobreza y en la persecución, así la Iglesia está destinada a seguir ese mismo camino para comunicar a los hombres los frutos de la salvación».
Se comprende entonces que para la Iglesia no es opcional realizar su misión en pobreza y persecución, esa condición le viene impuesta por su origen histórico y por su naturaleza sacramental.
Ahora bien, para que la Iglesia pueda realizar esa misión en fidelidad a ese principio se requiere un ejercicio constante de la responsabilidad en la historia, es decir, debe asumir los dolores y sufrimientos del mundo como propios, pues con ello sigue los pasos de Jesús; en otras palabras, está llamada al ejercicio de la misericordia.
Cuando la Iglesia se toma en modo responsable su misión sacramental en la historia, esto casi siempre la lleva a enfrentarse con el mal que impera en el mundo. Pero, justamente en ese conflicto ella se conforma a su Señor, que no vino a ser servido, sino a servir (cfr. Mt 20,28). De modo que a la Iglesia responsable no le extraña que algunos de sus miembros sean torturados y asesinados por los poderes del mundo. De hecho, la Iglesia, en el período clásico del martirio, padeció bajo los emperadores romanos, y sigue padeciendo bajo los «emperadores» del mundo contemporáneo. Así, el martirio tiene continuidad en la historia, es decir, no se refiere solamente a los primeros siglos de la historia del cristianismo, sino que se refiere también a nuestros días.

De una teología del martirio a una teología martirial
Cuando se preparaba el documento de la Lumen Gentium, en la sede conciliar hubo una interesante discusión entre los padres conciliares, acerca de qué sería más pertinente, si hablar de la Iglesia como «Iglesia de los pobres» (Ecclesia pauperum) o como «Iglesia de los mártires» (Ecclesia Martyrum). Como sabemos prevaleció la opinión de los padres conciliares que defendían la Iglesia de los pobres. Así fue como iniciaron a tomar protagonismo las teologías contextuales elaboradas en condiciones de marginación. Para el caso latinoamericano, se comenzó a hablar de la Teología de la liberación, teniendo como punto de partida metodológico la fe vivida en condiciones de pobreza.
Inicialmente, la Teología de la Liberación no consideraba el martirio como tema de su reflexión. De hecho, G. Gutiérrez inició a hablar de martirio a partir de la introducción a la décima edición de su obra principal, en la que se refería ya no solo a la Iglesia de los pobres, sino también a la Iglesia de los mártires[1].
En el caso del martirio en El Salvador, que es el tema de que trata este texto, da inicio en modo sistemático con el asesinato del jesuita salvadoreño Rutilio Grande, en 1977. El padre Rutilio Grande seguía las líneas pastorales de Mons. Luis Chávez y González, el arzobispo a quien sucedió Mons. Romero y de los obispos, el que mejor ha sistematizado la cuestión social en El Salvador. Según este dato, en El Salvador, primero se dio la praxis pastoral a favor de los pobres, lo cual condujo al martirio, y en seguida vino la teología del martirio. Se dio como primer paso la praxis eclesial y luego vino el discurso teológico. Se trata de una teología martirial.
Al analizar los diversos casos de martirio que presenta este texto, podemos notar que proceden de diversos sectores sociales: sacerdotes, obispos, religiosas, campesinos, mujeres, teólogos de oficio, activistas sociales, etc. Esta variedad de procedencias dan prueba que la teología salvadoreña no se entendía en esos días como un discurso separado de la praxis, o como oficio de una elite ilustrada. En El Salvador confluyen: evangelización, teología y compromiso social. El ápice de esta interacción de factores se tiene en el martirio de Mons. Romero y de I. Ellacuría. Un pastor y un teólogo.

La esperanza que nace del martirio
Es paradójico, pero hay muertes que generan esperanza, como la muerte de los profetas, la de los luchadores sociales, la de los mártires. Es lo mismo que sucedió con la resurrección de Jesús, al modo como lo ve J. Sobrino, es decir, se le restituye dignidad a la víctima. Eso es lo que ha sucedido recientemente con la beatificación de Mons. Romero: la sangre de los mártires ha sido esparcida, ha fecundado la tierra y viene la cosecha.
Mons. Romero fue declarado mártir in odium fidei y caracterizado por el decreto de beatificación como: pastor según el corazón de Cristo; evangelizador y padre de los pobres; testigo heroico de los valores del Reino. Esto nos plantea una serie de cuestiones. En primer lugar, los que organizaron y financiaron el asesinato de Mons. Romero se declaran «cristianos», lo cual puede prestarse a una confusión en la criteriología canónica. En segundo lugar, la fe de Mons. Romero se especifica como amor a los pobres y se concreta en la defensa de la dignidad de la persona a partir de la virtud de la justicia. Sus asesinos no odian directamente su fe, sino la forma que esta adquiere en la historia. En todo caso, es admitido por el derecho canónico que trata esta materia, el que alguien sea declarado mártir por el ejercicio heroico de una de las virtudes cristinas. Por ello, se puede hablar de un nuevo modelo de santidad, vivido a partir de la virtud de la justicia (cf. J. M. Tojeira).
En todo caso, al ser reconocido el martirio de Mons. Romero, se supera el prejuicio ideológico anticomunista que califica de «comunista» a todo el que trabaja por la promoción social. Se propone un modelo de pastor que no pacta con los poderes que oprimen al pueblo y en cambio está con las mayorías empobrecidas. Se acentúa la categoría Reino de Dios, dándosele así a la Iglesia su justa colocación, al modo como lo decía I. Ellacuría, es decir, una Iglesia al servicio del Reino de Dios. Asistimos pues, a la magnífica oportunidad de refundar la Iglesia salvadoreña a partir de la sangre de los mártires. Orientarnos hacia una nueva primavera evangelizadora estructurada a partir del ejemplo y el legado de los mártires.

Los mártires nos interpelan
Pero, los mártires interpelan el estado actual de la Iglesia y de la sociedad en El Salvador. Hasta la fecha se desconoce el nombre de los autores intelectuales del asesinato de Mons. Romero y de muchos de los mártires de que trata este trabajo. Por tanto, aquello por lo que tanto lucharon los mártires, la justicia, sigue en entredicho.  Si bien su muerte, por vía negativa, obligó a los verdugos a exponer su cara a la opinión pública. La Positio Super Martyrio de Mons. Romero, por ejemplo, responsabiliza a sectores radicales de la oligarquía salvadoreña de su asesinato, sin que hasta la fecha se haya procesado a alguno de ellos.
Con frecuencia la figura de Mons. Romero es invocada por políticos para secundar sus puntos de vista. Estos políticos corren el riesgo de ser desenmascarados por la figura del mártir, sobre todo en los casos en que son acusados de corrupción. Sin embargo, este tipo de comportamiento suele generar discusiones infructuosas en la sociedad, incluso en ambientes católicos.
La persona de Mons. Romero ha sido bandera discutida. Esta discusión ha sido promovida tradicionalmente por los medios de comunicación de la oligarquía, que siempre han temido que se conozca la verdad sobre el caso Romero. Incluso han encontrado apoyo en sacerdotes y obispos que se prestaron a ese juego manipulador. Probablemente esto explique que hasta el presente, en muchas parroquias de El Salvador, el legado de Mons. Romero, no sea promovido en modo sistemático y determinado.
Finalmente, las diferencias sociales contra las que lucharon los mártires, se mantienen en el presente. Si bien se han tenido algunas mejorías, no hay duda que el sistema económico imperante es el mismo que provocó la crisis de los años 80’s del siglo pasado. El Salvador está sumergido en una crisis social, porque los sectores detentadores de los medios de producción se resisten a invertir en las zonas de riesgo y en los cinturones de miseria que circundan San Salvador. Además, los gobiernos de izquierda no han podido o no han querido realizar una revolución cultural que supere la corrupción, la injusticia y la marginación social.
La sangre de los mártires es un tesoro para la Iglesia y una fuente inspiradora de verdad y justicia para la sociedad. Sin embargo, hay que saber qué hacer con ese tesoro, en vistas a construir una Iglesia más creíble y una sociedad más justa y solidaria. Los mártires son los testigos fieles, los primogénitos resucitados de los muertos salvadoreños.



[1] G. Gutiérrez, Teología de la liberación. Perspectivas, Sígueme, Salamanca 1999, 49-50.

miércoles, 4 de enero de 2017

¿CÓMO FUE QUE MONS. ROMERO LLEGÓ A SER SANTO? LAS DIFICULTADES DE SU PROCESO CANÓNICO



Por: Juan Vicente Chopin.

La positio super martyrio del arzobispo Mons. Romero es una de las más extensas que se conoce. Cuenta con 1,167 páginas y un anexo iconográfico[1]. Esa cantidad de páginas da fe de lo difícil que fue para la Iglesia aprobar su martirio y su consiguiente beatificación.

El Relator General de la causa, Vincenzo Criscuolo, describe el proceso como accidentado, caracterizado por interrupciones y pausas, por concesiones y suspensiones del nihil ostat y por otras decisiones dilatorias, resueltas al final con actitudes y decisiones plenamente positivas, subrayadas y claramente manifestadas en las intervenciones de los sumos pontífices Benedicto XVI y Francisco[2]. El Relator General adelanta la mano asesina que privó de su vida a Mons. Romero: «era el odio profundo de la represión oligárquica que armó la mano del asesino»[3]. Dicho positivamente, a O. A. Romero lo mataron por su amor a la justicia y por su profunda caridad hacia los más débiles. Su defensa de los derechos humanos no se inscribe simplemente en una conciencia social o humanitaria, sino que lo hace desde una postura eminentemente evangélica. La acusación de politización de sus acciones proviene de sus detractores, entiéndase, los que estaban en ese momento pisoteando los derechos de los salvadoreños y en concreto los derechos de los más pobres.

La historia de la causa de beatificación relativa a la declaración de martirio aplicada al Siervo de Dios Mons. Romero da inicio en 1993. Concretamente, el 24 de marzo de 1993, el postulador diocesano enviaba al arzobispo de San Salvador el Supplex libellus, es decir, la petición formal para poder dar inicio a la causa. Por su parte, la Congregación para la Doctrina de la Fe da su nihil obstat, el 9 de junio de 1993.

Desde sus inicios la causa tiene dificultades para avanzar. La Congregación para el Clero recomienda, el 1 de julio de 1993, que de iniciar con esa causa, se estudie atentamente la documentación relativa al caso que ellos poseen en dicha congregación. El 3 de julio de 1993, Monseñor Jean-Louis Tauran comunica que el Papa ha dado su nihil obstat para empezar la causa. El 10 de julio de 1993, la Congregación para los Obispos dictamina que parecía oportuno sobreseer la apertura de la causa por un cierto tiempo, con el fin de no abrir contenciosos que se vivían, según ellos, tanto en El Salvador, como en el área centroamericana. Sin embargo, el 13 de septiembre de 1993 la Secretaría de Estado, que había recibido notificaciones discordantes respecto de la apertura de la causa, informa que si el Papa ha dado ya su nihil obstat que sería el desenvolvimiento del proceso mismo el que pondría de manifiesto los problemas que pudieran afectar la figura de Mons. Romero. Así, el 22 de septiembre de 1993 llega el nihil obstat ex parte Sanctae Sedis. El decreto de inicio de la causa es del 24 de marzo de 1994. En cambio, la investigación diocesana acerca del martirio del Siervo de Dios se realiza entre el 24 de marzo de 1994 y el 1 de noviembre de 1995.

El 20 de noviembre de 1996 se nombró como Postulador de la causa a Monseñor Vincenzo Paglia. El 25 de noviembre de 1996 llega el Decreto de Apertura del Proceso diocesano sobre el martirio del Siervo de Dios Mons. Romero. 

El 26 de abril de 1997, la Congregación para el Clero, regida por Darío Castrillón Hoyos desde el 15 de junio de 1996, advierte a la Congregación para las Causas de los Santos que Mons. Romero era instrumentalizado, además se afirma que el padre jesuita Jon Sobrino y otras personas habían construido una personalidad ficticia del Siervo de Dios, imagen que habría sustituido a la persona real en los medios de comunicación. Y se hacía la petición explícita de  aplazar, al menos durante un largo período, la promoción de la causa. Probablemente estas observaciones obligaron a la Congregación para las Causas de los Santos a recomendar cautela en las investigaciones relativas al martirio formal y material del Siervo de Dios. En todo caso, el 4 de julio de 1997, el proceso diocesano recibía el decreto de validez. Así, el 10 de julio de 1997, el Congreso Ordinario de la Congregación para las Causas de los Santos deja la causa en manos del Relator, el padre Daniel Ols.

Cuando ya se estaba elaborando la Positio, el 3 de marzo de 1998, la Congregación para la Doctrina de la Fe escribe, con firma del entonces cardenal Joseph Ratzinger, a la Congregación para las Causas de los Santos, manifestando que había recibido documentación sobre Mons. Romero, que después de estudiarla, lo llevaba a la decisión de hacer un detallado estudio de las homilías del arzobispo Mons. Romero. De modo que no obstante el nihil obstat del 9 de junio de 1993 en lo tocante a de vita et de moribus (vida y costumbres), se invitaba al Dicasterio que lleva la causa  a suspender el iter de la causa de canonización hasta la conclusión de susodicho estudio.

Con esto, la espera se prolonga y once años después, el 15 de noviembre de 2004, el cardenal Joseph Ratzinger, escribe al cardenal José Saraiva Martins, entonces prefecto para la Congregación para las Causas de los Santos, diciendo que la Congregación para la Doctrina de la Fe, después de estudiar detenidamente la documentación, decide hacer entrar en un Dilata (dilatar, posponer) la causa de beatificación de Mons. Romero. El motivo es que no obstante se considera ortodoxa la expresión de la fe del arzobispo, todavía la visión del marxismo en sus acciones pastorales, producía perplejidad a la Congregación para la Doctrina de la Fe.

El tiempo se dilata y para el año 2005, el cardenal Joseph Ratzinger es elegido Papa y se mantuvo en el cargo hasta el 28 de febrero de 2013, fecha de su renuncia.  Siete años después de haber sido decretado el Dilata de la causa de Mons. Romero, el 1 de abril de 2011, el cardenal William Levada, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, escribe al cardenal Angelo Amato, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, tras finalizar la Sesión ordinaria de esa Congregación, le comunica lo siguiente: 1) En los escritos de Mons. Romero no se aprecian errores doctrinales. Pero se detectan ambigüedades, más allá de las intenciones del candidato, debidas a influencias del pensamiento marxista, en lo que toca el método de análisis social y a la terminología; 2) Se mantienen los riesgos de instrumentalización del pensamiento y la figura de Mons. Romero; 3) Se mantiene el nihil obstat en lo referente a de vita et moribus, pero se confirma también el Dilata de la causa. Finalmente, el escrito dice también que el Papa Benedicto XVI aprobaba las decisiones mencionadas.

La causa se reanuda. A propósito de la carta del cardenal William Levada, el postulador de la causa de Mons. Romero, informa al Papa Benedicto XVI que se está en el proceso de estudio acerca de las observaciones ventiladas por W. Levada, en lo que toca la doctrina y la prudencia del arzobispo salvadoreño. El Papa, haciendo recurso a la verdad en este caso —pro veritate— revoca el Dilata que tenía bloqueada la causa y considera que ha llegado el momento de reanudar el iter de la causa de canonización del Siervo de Dios. En este sentido y ya en las postrimerías de su pontificado, habla con Mons. Gerhard Ludwig Müller, que había sido electo recientemente como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Ahora bien, G. L. Müller es un prelado muy cercano al contexto latinoamericano y en algún momento visitó los lugares del martirio de Mons. Romero. Así, el 24 de abril de 2013 la Congregación para la Doctrina de la Fe revoca el anterior Dilata de la causa.

Sucede así un impulso decisivo y el 13 de marzo de 2013, un papa latinoamericano llegaba a ocupar la sede de Pedro. Este acontecimiento dará el impulso definitivo al proceso de canonización de Mons. Romero.


[1] Congregatio de Causis Sanctorum, Positio Super Martyrio Ansgarii Arnolfi Romero. Archiepiscopi Sancti Salvatoris in America in odium fidei, uti fertur, interfecti (24.III.1980), Tipografía Nova Res, Roma 2014. Aparece como relator general Vincenzo Criscuolo, como postulador Vincenzo Paglia y como colaborador Roberto Morozzo della Rocca.
[2] Ibídem., X.
[3] Ibídem., XI.

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