viernes, 24 de marzo de 2023

RESUCITEMOS CON ROMERO: CIUDADANÍA ACTIVA Y RESPONSABLE

 


Por: Juan Vicente Chopin

En el 43 aniversario del martirio de San Óscar Arnulfo Romero


Este día hemos venido a resucitar con Monseñor Romero. La proclamación solemne de su canonización no es suficiente, ahora se requiere la incorporación de su legado en nuestra praxis cristiana y ciudadana.


1.    Ciudadanía responsable

La figura de Romero como patriota y ciudadano se abre paso. Llamar a Romero «patriota» resulta extraño, sin embargo, él tiene una concepción precisa del patriotismo. Resulta extraño porque quienes organizaron su asesinato se llaman también a sí mismos «patriotas» y, además, «cristianos católicos». ¡Qué ironía! Incluso llegaron a afirmar que asesinando a Romero le hacían un bien a la iglesia y a la patria. En ese momento ellos creían proteger a ambas instituciones iglesia y patria de la amenaza del comunismo. Se cumplió así en Romero la Palabra de Dios: «llegará la hora en que todo el que los mate piense que da culto a Dios» (Jn 16,2). Pero no se puede ser un verdadero patriota y asesino al mismo tiempo.

Pero, así como hay obispos que dan la vida por la iglesia y por la patria, también los hay que traicionan la patria. Por ejemplo, la primera y única vez que Maximiliano Hernández Martínez se reeligió, en 1935, fue respaldado por Monseñor Juan Antonio Dueñas y Argumedo, a la sazón obispo de San Miguel. Paradójicamente, es el obispo que profetizó el episcopado de Romero, siendo éste todavía un niño.

Dueñas y Argumedo redactó la exaltación patriótica en honor al presidente reelecto. Consideró que ese 1º de marzo de 1935 era: «el día jubiloso de la Patria, efeméride gloriosa de nuestra democracia, signada por canon Constitucional para llevar a efecto la trasmisión del Poder Presidencial de la República, con miras patrióticas de engrandecimiento nacional, mediante el reinado de la justicia y de la paz». Pasaba por alto Dueñas y Argumedo las modificaciones hechas a la constitución por Martínez y, sobre todo, la matanza de indígenas, muchos de ellos también cristianos. El fin práctico e ideológico de detener el avance del comunismo pudo más que la fe del obispo. En cambio, su colega y contemporáneo, Monseñor José Alfonso Belloso y Sánchez no pensaba las cosas de la misma manera. Increpó a los terratenientes haciéndoles una serie de preguntas en una circular dirigida exclusivamente a ellos: «¿Sabe usted cómo viven sus colonos? ¿Tienen ellos en sus viviendas cierta comodidad o higiene? ¿Se les paga el salario suficiente, no sólo para el vivir cotidiano, sino también para que sostengan a su familia, a base de economía y honradez? ¿Los colonos y empleados todos, trabajan de tal manera que puedan cumplir con sus obligaciones religiosas? ¿Se les da facilidades para que sus hijos reciban la instrucción conveniente? ¿Cuentan con médico y medicinas para sus enfermedades ordinarias, particularmente si viven en zonas malsanas? ¿No se abusa de la debilidad de los niños obligándolos a trabajos incompatibles con su edad? ¿Se impone a las mujeres, sobre todo a las que son madres, obligaciones que les imposibilitan atender a sus niños?» [J. A. Belloso y Sánchez, «Circular que se ha pasado a las personas terratenientes», en Revista Eclesiástica 17 (1932, II) 8-10; enero de 1932]. Belloso y Sánchez no actuó con zalamería, no arrastró su dignidad episcopal ante los poderosos. De hecho, tiene más claridad de criterio cuando afirma: «Si todos los patronos tratan a sus trabajadores de modo que no se deje ni una sola de estas cosas sin cumplir, creemos, y estamos seguros de ello, que el peligro comunista quedará completamente conjurado» (Ibid.).

Ofuscado por el poder, Dueñas y Argumedo comete el mismo error que cometió el obispo Eusebio de Cesaréa en el siglo IV al exaltar la figura del emperador Constantino I, buscando también él un fin práctico: detener la matanza de los cristianos. Ambos obispos comparan a ambos tiranos, cada uno en su tiempo, con Moisés el libertador del pueblo de Israel, que habían de llevar al cristianismo por mejores derroteros. Envalentonado por Eusebio, Constantino I llega a decir a los obispos de la época que «mientras ellos eran obispos de lo que está dentro de la Iglesia, él había sido constituido por Dios obispo de lo que está fuera» (cfr. Eusebio de Cesaréa, Vida de Constantino, p. 348. Gredos 1994). Ni siquiera bautizado estaba el emperador cuando dijo eso. Se hizo bautizar en paso de muerte por un obispo arriano (hereje).

En cambio, Dueñas y Argumedo, a sabiendas de que profesaba la teosofía, dice a Martínez: «ciudadano católico, como sois, Excelentísimo señor Presidente, ilustrado en vuestra fe religiosa». Tanto de Eusebio de Cesarea como de Dueñas y Argumedo se puede decir que la potestad que otorga un cargo eclesiástico no asegura moralidad. Por la consecución de un fin pragmático en el plano político, la iglesia no se debe arrodillar ante ningún poder de este mundo. Nosotros oramos para que nuestros obispos no sean tan pusilánimes como los dos obispos que hemos mencionado.

El ministerio episcopal de Romero contrasta con los dos ejemplos que hemos presentado. Él nunca se somete al criterio de los poderosos. Por el modo como concibe este aspecto bien puede ser considerado también un «mártir de la patria».

En sus palabras: «Un motivo que impele al sacrificio, es el amor a la patria. El hombre debe amar a su patria. Y cuando el bien de ella lo exige, debe el patriota sacrificarle hasta la vida. Lo contrario sería no ser patriota. Sin arrancar ese amor a la patria y más bien robusteciéndolo el católico debe amar hasta el delirio, hasta el sacrificio, a su Iglesia» [O. A. Romero, «El Papa y las vocaciones», en Semanario Chaparrastique, N° 1557 (10 de febrero de 1945), pág. 38-39].

Romero se plantea la pregunta: ¿cuál patria? Pregunta que vale para nosotros, ¿qué tipo de patria queremos para las futuras generaciones? Estas son las preguntas que plantea Romero: «¿Cuál Patria? ¿La que sirven nuestros gobiernos no para mejorarla sino para enriquecerse? ¿La de esa historia cochina de liberalismo y masonería cuyos propósitos son embrutecer al pueblo para maniobrarlo a su capricho? ¿La de las riquezas pésimamente distribuidas en que una “brutal” desigualdad social hace sentirse arrimados y extraños a la inmensa mayoría de los nacidos en su propio suelo? ¿La de los profesionales y obreros y padres de familia, etc. sin pisca de sentido de responsabilidad?» [O. A. Romero, «¿Cuál Patria?», en Semanario Chaparrastique, N° 2375 (8 de septiembre de 1962), pág. 519].

 

2.      Resucitemos con Romero: la ciudadanía activa y responsable

El patriotismo de Romero nos lleva a pensar en una ciudadanía activa y responsable. Mencionamos algunos rasgos sobresalientes de dicha ciudadanía:

1.  Es crítica y analítica. De joven sacerdote, Romero refiriéndose a los salvadoreños decía: «El salvadoreño es por naturaleza un ciudadano que se lleva a donde se quiere; basta empujarlo. Parece que no tiene voluntad propia, porque cualquiera lo puede manejar. Pueblos de esta clase solo necesitan un capataz y ya se subyugan» [O. A. Romero, «La dejadez cívica salvadoreña», en Semanario Chaparrastique,  N° 2352 (24 de marzo de 1962), pág. 490].

2.      Es activa y participativa. No es gregaria. Romero le apuesta a una ciudadanía que se sobrepone a la masa amorfa del ciudadano medio: «No se puede pensar que manden menos y que impongan su voluntad con la anuencia omnímoda a la manada de ovejas. Es necesario [que el salvadoreño] sacuda su marasmo y su apatía, el miedo lo apabulla pues teme las represalias de los pocos que manejan a los dos millones. Que deje el salvadoreño de ser manada o hato para que entre en rol de los hombres libres, mediante el uso de sus derechos que nadie ni nada le puede restringir» [O. A. Romero, «La dejadez cívica salvadoreña», en Semanario Chaparrastique, N° 2352 (24 de marzo de 1962), pág. 490-491. O. A. Romero, «Después de las elecciones», en Semanario Chaparrastique, N° 2839 (14 de marzo de 1964), pág. 628].

3.   Es liberadora y apegada a la Doctrina Social de la Iglesia. En lo que respecta la liberación, Romero son dice: «hombres liberadores con una inspiración de fe y, junto a esa inspiración de fe, en segundo lugar, hombres que ponen, a la base de su prudencia y de su existencia, una doctrina: la doctrina social de la Iglesia». Y muy sugerente resulta su invitación a aplicar la Doctrina Social de la Iglesia: «La doctrina social de la Iglesia que les dice a los hombres que la religión cristiana no es un sentido solamente horizontal, espiritualista, olvidándose de la miseria que la rodea. Es un mirar a Dios y, desde Dios, mirar al prójimo como hermano y sentir que todo lo que hiciéreis a uno de estos a mí lo hicisteis».

4.  Es inclusiva e intergeneracional. Al revisar la muerte martirial de Rutilio Grande y de sus compañeros no es difícil concluir que, en este martirio en particular, se puede notar la integralidad del martirio en su forma generacional. En él se consuma el testimonio de un adolescente, de un hombre de mediana edad y de un adulto mayor. Es decir: Nelson Rutilio Lemus, de 16 años, Rutilio Grande, de 48 años y Manuel Solórzano, de 72 años. Además, la Iglesia está llamada a respetar y defender la dignidad de los menores de edad, ancianos y personas incapaces de defenderse.

5.      Una motivación de amor: Predicando en el funeral de Rutilio, Romero decía: «Una motivación de amor, hermanos; aquí no debe palpitar ningún sentimiento de venganza; aquí no grita un revanchismo; son los intereses de Dios que nos manda amarlo sobre todas las cosas y nos manda amarlos a los otros como a nosotros mismos. Y si es cierto que hemos pedido a las autoridades que diluciden este crimen, que ellos tienen en sus manos los instrumentos de la justicia en el país y tienen que aclararlo, no estamos acusando a nadie, no estamos emitiendo juicios adelantados. Esperamos la voz de una justicia imparcial, porque en la motivación del amor no puede estar ausente la justicia. No puede haber verdadera paz y verdadero amor sobre bases de injusticia, de violencias, de intrigas».

 

3.      Demandas del pueblo

      Entre las demandas que este momento histórico reclama a nuestra sociedad, manifestamos las siguientes:

1.      En este día en que se conmemora el 43 aniversario del martirio de Monseñor Romero y con ello el día internacional del derecho a la verdad en relación con violaciones graves de los derechos humanos y la dignidad de las víctimas, pedimos al gobierno de El Salvador, a la fiscalía general de la República, que sean liberadas las personas capturadas injustamente en el contexto de la aplicación del régimen de excepción.

2.  También pedimos a la jerarquía de Iglesia Católica a que se pronuncie con claridad a favor de las víctimas, injustamente capturadas, en flagrante violación de sus derechos.

3.      Nos manifestamos en contra de toda demagogia y populismo en el ejercicio del poder. Propugnamos un gobierno que resuelva las necesidades reales de la población: regulación de los precios de la canasta básica, educación y salud de calidad, respeto a los recursos naturales, etc.

      Estimados hermanos, resucitemos con Monseñor Romero.  Sacudámonos  la apatía y la superficialidad, superemos el miedo que nos apabulla. Dejemos de ser  manada o hato y entremos en el rol de los hombres y mujeres libres, mediante el uso de nuestros derechos, que nadie ni nada nos debe restringir.

 

¡Viva El Salvador libre, viva Monseñor Romero ¡ ¡Viva la Iglesia de los mártires ¡

viernes, 3 de febrero de 2023

DE RATZINGER A BENEDICTO XVI

 



Por: Juan V. Chopin

San Salvador, 03 de febrero de 2023

 

Maurizio y Bruno habían dispuesto la mesa en modo especial. Ellos también vestían levitas elegantes, de un blanco inmaculado y botones dorados grandes. Bruno, con sus gruesas gafas, inspeccionaba que todo estuviera en su lugar. Maurizio daba la bienvenida a los que íbamos entrando a la «sala da pranzo», al comedor. Ese día era obligatorio el traje formal: clerical, corbata o a la usanza germana o austríaca.

La mañana era fresca. Esta vez, visto de traje clerical romano color negro. Desde pequeño me gustó el color negro. Saludo con un gesto de cabeza a Maurizio, al estilo japonés. Él me corresponde con malicia, buongiorno dottore. Era una broma, pues yo apenas terminaba mi licenciatura. Me dirijo donde Bruno ―con él tenía más confianza―, lo abordo y le pregunto: «¿cosa c’è?», es decir «¿qué sucede?». «Viene un pezzo grosso» ―se limitó a decir. Viene alguien importante. Ese día almorzaría con nosotros Josef Ratzinger, el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe del Vaticano.

Vivíamos en el Collegio dell’Anima, en el corazón de Roma, la residencia de estudiantes vinculados al antiguo imperio austrohúngaro. Lo administraban los alemanes. Pero los teutones, en un gesto de benevolencia, admitían al menos dos africanos y dos latinoamericanos entre ellos. Así se explica que me encontrara ahí con el padre Juan González, de Bolivia, quien fue un verdadero ángel de la guarda para mí, cuando llegué a Roma. Durante ese almuerzo se habló de teología a alto nivel.

En cambio, el almuerzo del domingo, 3 de abril del 2005, sería elegante como todos los domingos, pero dentro de la norma; a no ser por el hecho de que ya había trascendido la noticia de la muerte de Juan Pablo II, acaecida el sábado, 2 de abril, a las 21:37 horas. Monseñor Leonardo Sandri había dado la noticia. Los 27 colegiales entramos en un intenso debate.

El debate se dividió, básicamente, en dos frentes. Los que sosteníamos que el papado debía salir de Europa; en ello concordamos latinoamericanos, africanos e italianos de Trento, a su modo. Por la otra parte, los que sostenían que debía ser J. Ratzinger el papa sucesor. Esa posición la defendieron preponderantemente alemanes y austríacos. El resto de los colegiales se entretenían con nuestro debate. Alguno propuso que el papa fuera africano o norteamericano. Esa tesis no prosperó. Nosotros sosteníamos la tesis de que, de no salir el papado de Europa, la Iglesia entraría en un proceso de cisma, pues argumentábamos que las bases populares de la Iglesia Católica están en el tercer mundo ―África, Asia y América Latina―, pero su centro hegemónico sigue en Roma (Europa). Ellos defendían la tesis de que J. Ratzinger había sido la mano derecha de Juan Pablo II. Con acento en «derecha» ―los bromeamos. Ambos bandos sonreímos. Insistieron en que él era el sucesor natural, amén del sostenimiento económico de Alemania con respecto al Vaticano. Ellos ganaron el debate. Pero todos conocemos el desenlace: un híbrido. Un papado en dos partes: una parte alemana y la otra argentina. ¡Quién iba a decirlo!

En fin, el 19 de abril del 2005 no fue un día normal en Roma. Después de varios intentos, a las 17:50, había salido humo blanco de la icónica chimenea que anuncia la elección de un nuevo Papa. Sin demora, atravesamos la Via della Pace, acortamos camino por la Via del Coronari, donde venden objetos antiguos refinados. Esa tarde, las sanpietrini, las negras piedras de las estrechas calles del centro de Roma tenían un leve barniz, a causa de la lluvia. Íbamos rápido. Junto a nosotros otras personas. Lugareños y extranjeros. Los únicos que no se inmutaban eran los romanos, acostumbrados a este tipo de efeméride, fumaban serenos a la salida de los bares, dialogando en el intenso dialecto romano.   Nos orientamos hacia el Castel Sant’Angelo. Queríamos tomar la Via della Conciliazione en toda la perspectiva. Los periodistas de todo el mundo, desde la muerte de Juan Pablo II, se habían tomado la Piazza Pia, en la ribera del Tevere, en línea perpendicular con la Plaza de San Pedro. Ahí habían colocado los furgones con sus plantas eléctricas, centros de redacción y antenas satelitales.

El obelisco hacía centro de confluencia. Como pequeños riachuelos, apresurados, de todos los puntos de la Ciudad Eterna y de todo el mundo nos dimos cita, dejándonos abrazar por las columnatas del Bernini. La plaza aun no estaba llena. En cuestión de media hora estaba a reventar. Expectación por todas partes. De repente el protocolo vaticano: «Nuntio vobis gaudium magnum…, etc.». Aplausos.

Esa fue la primera y única vez que he presenciado la elección de un pontífice católico. J. Ratzinger pasaba a ser Benedicto XVI.

No se puede dar un juicio sumario acerca de J. Ratzinger. En él es obligatorio distinguir tres momentos: como teólogo, como prefecto y como pontífice.

 

Como teólogo ―o si ustedes quieren, como joven teólogo― aparece como una mente brillante, interesado por poner a la altura de los tiempos modernos el cristianismo. Circunscribiendo la modernidad a la Europa más occidental.

Así, por una parte, reconoce que «el problema de saber exactamente cuál es el contenido y el significado de la fe cristiana está hoy envuelto en un nebuloso halo de incerteza, que es denso y espeso como tal vez nunca antes lo ha sido en la historia» (Prefacio a la edición italiana de la Introducción al cristianismo, Tubinga 1968). Por otra parte, argumenta que «ha sido en Europa donde el cristianismo ha recibido su impronta cultural e intelectual más eficaz, y por consiguiente está vinculado de manera especial a Europa» (El cristianismo en la crisis de Europa, Cristiandad 2005, p. 27).

Sintéticamente el debate teológico europeo tiene dos polos. Por una parte, el «cristianismo adulto» de Dietrich Bonhoeffer, que retoma la frase del filósofo holandés Hugh Grotius, Etsi Deus non daretur (1625). Entiéndase hay que actuar «como si Dios no existiera», es decir, no actuar a partir de los supuestos de la fe, sino a partir de una ética, fundada en la razón humana. Esto lo dijo el pastor luterano mientras estaba preso esperando ser asesinado por los nazis. En cambio, J. Ratzinger, siguiendo a Pascal, recorre el camino contrario: «tendremos que dar vuelta al axioma de los iluministas y afirmar que aun el que no logra encontrar el camino de la libre aceptación de Dios debería tratar de vivir y organizar su vida “veluti si Deus daretur”, como si Dios existiera» (Ibídem, 47).  D. Bonhoeffer asume la Europa postcristiana. J. Ratzinger pretende restaurar a la Europa cristiana.

Interviene otro teólogo alemán en el debate y se pregunta: «La “crisis de Dios” que está como trasfondo de la crisis de la iglesia, de la cual actualmente se habla en tantas partes, ¿no será tal vez causada por una praxis eclesial en la cual Dios ha sido y es anunciado dando la espalda a la historia del sufrimiento humano?» (J. B. Metz, «Dio. Contro il mito dell’eternità. Considerazioni iniziali», en T. R. Peters – Cl. Urban, La provocazione del discorso su Dio, Queriniana, 2005, p. 59).

 

Como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, J. Ratzinger fue obligado a trasladar fuera de Europa el debate y volver la vista al tercer mundo. Un teólogo suizo había activado las alarmas: «Una mirada a la carta geográfica y salta de inmediato a la vista cómo Europa tenga la apariencia de un enano circundado por gigantescos continentes al este, sur y oeste. Pero una mirada a la historia del mundo dice que este enano, gracias a su inteligencia y a su energía, ha desarrollado una función de guía de nuestro planeta. En fin, una mirada al presente hace entender que ese acto de la hegemonía europea llega a su final y que los reflectores comienzan a enfocar nuevos grupos que están por entrar en escena: los países del Tercer Mundo» (W. Bühlmann, La terza chiesa alle porte. Un’analisi del presente e del futuro ecclesiali, Paoline, Alba (Cuneo) 1976, 19).  La «tercera Iglesia», es decir, la del tercer mundo, hacía sentir su voz.

No es lo mismo actuar como teólogo que actuar como prefecto de una institución del Vaticano. Lo primero otorga libertad para el debate, lo segundo obliga a ser guardián de la fe institucional. En el primer caso, los teólogos son colegas, en el segundo caso eres juez de ellos.

Se mencionan dos casos en los cuales J. Ratzinger, el prefecto, se vio obligado a actuar: la teología latinoamericana de la liberación y la teología del pluralismo religioso. Normalmente, el prefecto publica documentos en los que expresa su posicionamiento.

En cuanto a la teología de la liberación, hay dos documentos en que trata la cuestión. El primero se titula Libertatis nuntius (Instrucción sobre algunos aspectos sobre la «teología de la liberación», 6 de agosto de 1984). El segundo titulado Libertatis conscientia (Instrucción sobre libertad cristiana y liberación, 22 de marzo de 1986). No es el caso de revivir el debate. El propósito del primer documento fue: «atraer la atención de los pastores, de los teólogos y de todos los fieles, sobre las desviaciones y los riesgos de desviación, ruinosos para la fe y para la vida cristiana, que implican ciertas formas de teología de la liberación que recurren, de modo insuficientemente crítico, a conceptos tomados de diversas corrientes del pensamiento marxista» (De la introducción). En la segunda instrucción J. Ratzinger intenta aliviar el impacto que había tenido la primera, pero el efecto regresivo en la teología de la liberación era evidente. Los temas propuestos por el prefecto ―libertad y liberación del pecado― no dieron paso a la «teología de la libertad». El asesinato de los jesuitas de la UCA (El Salvador), en noviembre de 1989, puso en evidencia el nivel a que había llevado el debate teológico entre el primer y el tercer mundo. Amén de la cantidad de teólogos suspendidos de sus funciones académicas. J. Ratzinger no midió el efecto que podían tener ambas instrucciones en manos de los escuadrones de la muerte y los grupos de exterminio en El Salvador y América Latina.

En lo que respecta la teología del pluralismo religioso, este fue tratado en el documento Dominus Iesus (Declaración sobre la unicidad y la universalidad salvífica de Jesucristo y de la Iglesia, 6 de agosto de 2000).  Se trata de un tema complejo y que a la fecha mantiene el debate abierto. En síntesis, la cuestión que se plantea es si la pluralidad de religiones en el mundo que predican la salvación es una cuestión solo de facto o es una cuestión de iure, es decir, se plantea la pregunta si esa pluralidad está inscrita en la voluntad salvífica de Dios. Si se responde que es una cuestión de principio, entonces se atenta contra la unicidad y la universalidad de Jesucristo como único salvador y se abre la puerta a considerar a los fundadores de otras religiones, como caminos válidos para salvarse. J. Ratzinger tiene en mente a los teólogos de Asia, que es de donde proceden las tesis pluralistas principales. Resulta interesante constatar que J. Ratzinger desarrolla en el documento una de las tesis más esgrimidas por Pablo VI y por Ignacio Ellacuría, esto es, que «el Reino no puede ser separado de la Iglesia. Ciertamente, ésta no es un fin en sí misma» (Dominus Iesus, n. 18). Además, I. Ellacuría sostenía que la Iglesia debía de estar al servicio del Reino de Dios.

El combate a estos dos filones teológicos proporcionó los créditos para su candidatura a pontífice, habida cuenta de su producción teológica.

 

Como papa. Colocar como papa a un teólogo es una espada de doble filo. Si es intelectualmente honesto, procederá siempre bajo el principio de racionalidad. No importa cuál sea su orientación política. Su posterior renuncia no tiene explicación solamente desde las presiones por el surgimiento de casos de abuso de menores en la Iglesia Católica. También se explica desde la racionalidad. Benedicto XVI es un acucioso conocedor del origen de la Iglesia, de hecho, su tesis doctoral tiene que ver con el concepto de casa y pueblo de Dios en los escritos de San Agustín de Hipona. Es su mérito volver a hacer las beatificaciones en las iglesias locales, puesto que así fue en el origen de la Iglesia. Y renunciar al papado cuando las circunstancias lo exijan, desmitificando así la falsa percepción de que el ejercicio del ministerio petrino deba ser hasta la muerte. Juan Pablo II nunca renunció. Se es papa hasta la muerte, pero un pontífice puede retirarse del ejercicio del pontificado.

J. Ratzinger, por ejemplo, mientras fuera prefecto, escuchó en todo momento, a los que se opusieron al proceso de canonización de Monseñor Romero. El 26 de abril de 1997, la Congregación para el Clero, regida por Darío Castrillón Hoyos desde el 15 de junio de 1996, advirtió a la Congregación para la Causa de los Santos que Mons. Romero era instrumentalizado, además se afirma que el padre jesuita Jon Sobrino y otras personas habían construido una personalidad ficticia del Siervo de Dios, imagen que habría sustituido a la persona real en los medios de comunicación. Y se hacía la petición explícita de aplazar, al menos durante un largo período, la promoción de la causa. Probablemente estas observaciones obligaron a la Congregación para la Causa de los Santos a recomendar cautela en las investigaciones relativas al martirio formal y material de Monseñor Romero.

Cuando ya se estaba elaborando la Positio (expediente del martirio de Romero), el 3 de marzo de 1998, la Congregación para la Doctrina de la Fe escribe, con firma del entonces cardenal J. Ratzinger, a la Congregación para la Causa de los Santos, manifestando que había recibido documentación sobre Mons. Romero, que después de estudiarla, lo llevaba a la decisión de hacer un detallado estudio de las homilías del arzobispo Mons. Romero. De modo que no obstante el nihil obstat del 9 de junio de 1993 en lo tocante a de vita et de moribus (vida y costumbres), se invitaba al Dicasterio que lleva la causa a suspender el iter de la causa de canonización hasta la conclusión de susodicho estudio.       

J. Ratzinger, coherente con lo expresado en la primera instrucción contra la teología de la liberación, el 15 de noviembre de 2004, escribe al cardenal José Saraiva Martins, entonces prefecto para la Congregación para las Causas de los Santos, diciendo que la Congregación para la Doctrina de la Fe, después de estudiar detenidamente la documentación, decide hacer entrar en un Dilata (dilatar, posponer) la causa de beatificación de Mons. Romero. El motivo es que, no obstante se considera ortodoxa la expresión de la fe del arzobispo, todavía la visión del marxismo en sus acciones pastorales, producía perplejidad a la Congregación para la Doctrina de la Fe.

Siete años más tarde de haber sido decretado el Dilata de la causa de Mons. Romero, el 1 de abril de 2011, el cardenal William Levada, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, escribe al cardenal Angelo Amato, prefecto de la Congregación para la Causa de los Santos, tras finalizar la Sesión ordinaria de esa Congregación, comunicándole lo siguiente: 1) Que en los escritos de Mons. Romero no se aprecian errores doctrinales. Pero se detectan ambigüedades, más allá de las intenciones del candidato, debidas a influencias del pensamiento marxista, en lo que toca el método de análisis social y a la terminología; 2) Que se mantienen los riesgos de instrumentalización del pensamiento y la figura de Mons. Romero; 3) Se mantiene el nihil obstat en lo referente a de vita et moribus, pero se confirma también el Dilata de la causa. Finalmente, el escrito dice también que el Papa Benedicto XVI aprobaba las decisiones mencionadas.

Llegó un momento en que la racionalidad del pontífice teólogo se impuso. Así, a propósito de la carta del cardenal William Levada, el postulador de la causa de Mons. Romero, informa al Papa Benedicto XVI que se está en el proceso de estudio acerca de las observaciones ventiladas por W. Levada, en lo que toca a la doctrina y a la prudencia del arzobispo salvadoreño. El Papa, haciendo recurso a la verdad en este caso —pro veritate— revoca el Dilata que tenía bloqueada la causa y considera que ha llegado el momento de reanudar el iter de la causa de canonización del Siervo de Dios. En este sentido y ya en las postrimerías de su pontificado, habla con Mons. Gerhard Ludwig Müller, que había sido electo recientemente como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Entonces, G. L. Müller era muy cercano al contexto latinoamericano y en algún momento visitó los lugares del martirio de Mons. Romero. Actualmente destituido de su cargo y crítico con algunos teólogos latinoamericanos, de quienes considera que «nunca han dejado de sufrir un complejo de inferioridad mal disimulado» (sus declaraciones han salido a la luz el 21 de enero de 2023).  Así, el 24 de abril de 2013 la Congregación para la Doctrina de la Fe revoca el anterior Dilata de la causa.

Sucede así un acontecimiento decisivo y el 13 de marzo de 2013, un papa latinoamericano llegaba a ocupar la sede de Pedro. Este hecho da el impulso definitivo al proceso de canonización de Mons. Romero.

Finalmente, parece que Benedicto XVI aceptó ― ¿o tuvo que aceptar? ― que la Iglesia debía abrirse a un pontificado proveniente del tercer mundo. Asistimos así a un pontificado en dos tiempos, primero con Benedicto XVI y luego con Francisco. El trauma que esa transición ha generado en el ala conservadora y hegemónica de la curia vaticana es evidente. Para hacerse idea de las dimensiones de esta fractura hay que tener en cuenta dos publicaciones. La del secretario personal de Benedicto XVI, Georg Gänswein, «Nient’altro che la veritá. La mia vita al fianco di Benedetto XVI (Nada más que la verdad. Mi vida junto a Benedicto XVI)» (Piemme, 2023) y la publicación del que fuera prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe, actualmente destituido, Gerhard Müller, «In buona fede. La religione nel XXI secolo (En buena fe. La religión en el siglo XXI)» (Solferino, 2023). Ambos personajes manifiestan descontento con el modo de proceder del Papa y se suman al grupo opositor al pontificado de Francisco.

De momento, no se sabe cómo va a terminar esta historia. El ala conservadora se arma para elegir a un pontífice a su medida. Esto está por verse.

 

 

 

viernes, 2 de diciembre de 2022

Conversaciones con el Cardenal Gregorio Rosa Chávez, candidato al «Premio Nobel de fidelidad» (RESEÑA)

 

Por: Juan V. Chopin.


BERAMENDI Ariel, Conversaciones con el Cardenal Gregorio Rosa Chávez, candidato al «Premio Nobel de fidelidad», San Salvador (Sin Editorial. Impreso en Imprenta y Offset Ricaldone, Santa Tecla, La Libertad), 2022.
ISBN: 978-99961-2-674-1.
226 Páginas.
Ariel BERAMENDI (Cochabamba, Bolivia) es sacerdote diocesano y comunicador. Ha llevado adelante proyectos de comunicación institucional, periodismo y pastoral de la comunicación. Después de trabajar en Bolivia, realizó algunos proyectos en el Pontificio Consejo para las Comunicaciones: la «mesa común de la Jornada Mundial de las Comunicaciones», el directorio global de medios de comunicación InterMirifica.net, formación a distancia y "branding" en redes sociales. Encargado de comunicación en la Secretaría General del Sínodo de los Obispos (Vaticano) para los Sínodos de los jóvenes y para la Amazonía. Publicaciones: Coloquios con el Cardenal Julio Terrazas, Kipus, Bolivia 2011; Apuntes para una pastoral de la comunicación hoy, PPC, Colombia 2016; Tito Solari. La fuerza de la humildad, Kipus, Bolivia 2016; El amor bajo las piedras, Kipus, Bolivia 2018 (novela).
Gregorio ROSA CHÁVEZ nació en Sociedad, Morazán, El Salvador, el 3 de septiembre de 1942. Fue ordenado sacerdote el 24 de enero de 1970. Es licenciado en teología por la Universidad Católica de Lovaina, Bélgica. Licenciado en comunicación social por la misma universidad. Ordenado obispo el 3 de julio de 1982 y se desempeñó como obispo auxiliar de San Salvador de 1982 al 2022. Fue creado cardenal el 28 de junio de 2017 (emérito). Actualmente es párroco de la parroquia San Francisco en San Salvador.
El género literario del texto es la entrevista. La tesis central puede asociarse a su lema episcopal: «Christus Pax Nostra», «Cristo es nuestra paz», por el modo cómo enfoca su ministerio episcopal. La entrevista está a cargo del sacerdote Ariel Beramendi.
El texto consta de un prólogo, la introducción, cinco partes y tres anexos. El prólogo, a cargo del sacerdote Jaime Paredes, pone de manifiesto que la entrevista reporta las memorias del Cardenal Gregorio Rosa Chávez y, a su parecer, «se adentra en la irrupción romeriana» (p. 7).
En la introducción el sacerdote A. Beramendi explica cómo surgió la idea de realizar y plasmar la entrevista que ahora se presenta al pública. En ella reporta, al final, las palabras del Papa Francisco, quien afirma citando al cardenal Quarracino, que el cardenal Rosa Chávez «era candidato al premio Nobel de fidelidad» (p. 12). Tal expresión no queda explicada. Es decir, si efectivamente existe tal premio o se trata solamente de una broma.
La primera parte aborda aspectos biográficos del cardenal Rosa Chávez. Los títulos son: «Cosas de muchacho», «Traslado a la villa de Sociedad», «Vocación y seminario», «Conocer a Óscar Romero».
La segunda parte trata de su vocación sacerdotal y sus estudios especializados: «Ordenación sacerdotal», «Crisis en el seminario», «Lovaina». Resaltamos aquí que el cardenal Rosa Chávez fue ordenado como sacerdote por monseñor Eduardo Álvarez, considerado, como dice el mismo cardenal «obispo de derecha» (p. 155). Se reportan también los sacerdotes que fueron enviados a estudiar junto con él: Óscar Barahona, quien fue el segundo obispo de San Vicente, sucesor de monseñor Aparicio Quintanilla (ambos muertos) y Abel Morán de Santa Ana (vive).
La tercera parte, probablemente la más densa, desarrolla los siguientes aspectos: «Seminario, rectorado y tensión», «El sacerdote Rutilio Grande», «Eduardo Pironio», «Martirio de Monseñor Romero», «El episcopado llega a su vida», «Asesinato de los padres jesuitas de la UCA», «Acuerdos de paz en Chapultepec». Reconoce el cardenal que en su rectorado identifica «un grupo de seminaristas muy politizados y radicalizados» (p. 52). Se dan claves de lectura para comprender a San Romero en el martirio del beato Rutilio Grande y el modo cómo conforma su pensamiento pastoral a partir del pensamiento del cardenal Eduardo Pironio. Lo dice así: «Monseñor Óscar Romero no se entiende sin la figura de cardenal Pironio» (p. 64). Tiene centralidad el martirio de Monseñor Romero y reporta el contenido completo de la homilía del día de su ordenación episcopal, el 17 de febrero de 1982, texto que él considera programático para poder comprender su episcopado (pp. 81-87).
La cuarta parte, también muy densa, desarrolla su transición de obispo a párroco y la posibilidad que tuvo de ser obispo titular de una diócesis. Se trata del proceso canónico de la santidad de Monseñor Romero. Los apartados son los siguientes: «De obispo a párroco», «Candidato arzobispal», «Mons. Romero, la “mala palabra”», «La canonización de Monseñor Romero», «Cronología de Monseñor Romero», «El milagro que abrió las puertas a la canonización del beato Óscar Romero», «Crisis diplomática». Resaltamos en esta parte las diferencias de pensamiento que deja entrever el cardenal con el arzobispo del Opus Dei, monseñor Fernando Sáenz Lacalle y las razones por la que nunca llegó a ser obispo titular de una diócesis: «para el nuncio Manuel Monteiro de Castro [nuncio entre 1990 y 1998] pensaba que yo no debía estar al frente de una diócesis» (p. 116).
La quinta parte se concentra en el proceso de su cardenalato y algunos elementos de actualidad. Los apartados son: «El cardenalato», «Finalmente, ¿quién es usted?», «Abusos en la Iglesia», «Oposición al Papa Francisco». Hay dos preguntas interesantes en esta parte. La primera es «¿para qué fue elegido cardenal» (p. 149). La pregunta se la formula a sí mismo. A su parecer, «mucha gente ha interpretado este nombramiento como una reivindicación de parte del Papa Francisco hacia monseñor Romero» (pp. 146-147). Entonces, el entrevistador formula la segunda pregunta: «¿Quién es usted si por un momento dejamos de mirar a San Óscar Romero?» (p. 155). La segunda pregunta no tiene una respuesta taxativa, pero reconoce: «sigo siendo el mismo desde mis tiempos de seminarista hasta hoy, con distintos escenarios y situaciones, pero no cabe duda que mi encuentro y mi amistad con monseñor Romero me han marcado a fuego» (p. 156).
Finalmente, el texto reporta tres anexos. Se trata de tres discursos: 1. El papel de la Iglesia en la solución de conflictos y la construcción de la paz en Centro América (Maputo, Mozambique, 23 de agosto de 2000); 2. Discurso al recibir el premio Hesse de la paz en Wiesbaden (Alemania, 20 de junio de 1996); 3. ¿Qué nos dice monseñor Óscar Arnulfo Romero al Continente Americano? (Cripta de Catedral, San Salvador, 12 de mayo de 2017). Este último es muy sugerente porque se detiene en dos aspectos. El primero, acerca de si Romero dijo la frase: «Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño» y el segundo acerca de su conversión.

Valoración final
El texto se lee bien, tiene un lenguaje accesible, además presenta un formato en letra grande y propone también una serie de imágenes para ilustrar al lector.
Si bien, el género literario es la entrevista, sin embargo, el lector tiene la impresión de que está leyendo las memorias del cardenal Gregorio Rosa Chávez. En el fondo son eso. A lo mejor por ello se siente un poco rígida la batería de preguntas.
Accede el lector a datos de primera mano, proporcionados por uno de los protagonistas de la historia eclesiástica y socio-política de El Salvador.

Citas textuales:
«Al salir a la calle escuché la pólvora festiva en las zonas ricas de la ciudad. Me enteré después que algunos llegaron a decir: “por fin mataron al comunista”» (p. 71).
«Después de su primer año al frente de la arquidiócesis fui a su oficina a felicitarlo por su aniversario y me llevé una gran sorpresa: me informó que debía trasladarse a la parroquia San Francisco, una de las más pobres de la ciudad, como párroco» (p. 104).

lunes, 28 de noviembre de 2022

TESIS SOBRE EL MARTIRIO DEL PADRE NICOLÁS RODRÍGUEZ AGUILAR


Por: Juan Vicente Chopin.

¿Puede el padre Nicolás Rodríguez ser considerado protomártir del martirio moderno en El Salvador?

1.    Por «protomártir» se entiende el primero de los mártires en una serie de cristianos asesinados. Además, se entiende por tal el inicio de una unidad de tradición eclesial que se adhiere al hecho fundante del movimiento cristiano: el martirio de Jesucristo, «el mártir fiel» (Apocalipsis 1,5).

2.    La modernidad del martirio salvadoreño inicia con el advenimiento del Concilio Vaticano II (1962-1965). De hecho, el padre Nicolás Rodríguez fue asesinado el 28 de noviembre de 1970. Por tanto, cronológicamente es el asesinato de un sacerdote más cercano a la culminación del Concilio Vaticano II.

3.    Existe un pronunciamiento oficial por parte del arzobispo José Luis Escobar Alas en el que llama «protomártir salvadoreño y precursor del Profeta Mons. Romero» al sacerdote jesuita y beato Rutilio Grande [Cfr. José Luis Escobar, Segunda Carta Pastoral: “Ustedes También Darán Testimonio. Porque han estado conmigo desde el principio” (12 de marzo de 2017), nn. 14, 23, 33, 35 y en la Introducción]. Dicho pronunciamiento abre el debate en dos sentidos. Primero: si, de facto, el padre Nicolás Aguilar es el primer mártir en el tiempo, entonces cabe preguntarse si también puede serlo “de iure”. En esta línea, el n. 35 de la carta que estamos considerando, el arzobispo introduce una frase que es extraña a la tradición cristiana, llama al padre Nicolás «protomártir del protomártir salvadoreño», con respecto al padre Rutilio Grande. Probablemente, lo mejor sea llamar «protomártir», sin más, al padre Nicolás.  Sin embargo, el arzobispo no duda de que Nicolás es «el primero de los mártires del siglo XX, tanto en El Salvador como en la región centroamericana» (Ibídem.). Segundo: San Oscar Romero no se habría convertido con la muerte del beato Rutilio Grande, sino que su conversión sería fruto de un proceso progresivo, que inicia al ver al padre Nicolás mutilado (noviembre de 1970), puesto que recién nombrado obispo auxiliar fue enviado por Mons. Chávez y González a recoger el cadáver del padre Nicolás; su conversión se consolida en la masacre de campesinos de Tres Calles en Usulután (junio de 1975) y alcanza su auge con el martirio de Rutilio Grande (marzo de 1977).

4.    Los sacerdotes diocesanos, gremio al que pertenecía el padre Nicolás, no lo incluyen en la lista principal de sacerdotes investigados en su reporte. Lo colocan en el anexo n. 1 de su investigación. Su opinión reza así: «El equipo responsable de este libro sobre los mártires diocesanos del conflicto armado en El Salvador, creyó conveniente presentar los rasgos más importantes de la vida, labor pastoral y muerte del P. Nicolás en los ANEXOS, principalmente, por haber tenido lugar en una época bastante distante del resto de los diez mártires estudiados y por haber tenido lugar en un contexto sociopolítico y religioso diferente. Sin embargo, compartimos la opinión de quienes creen encontrar aquí, el inicio de lo que luego se llamaría “persecución sistemática contra la iglesia Católica en El Salvador”» (Walter Guerra – Carlos Mejía – Benito Tobar – Reino Morán – Efraín Villalobos, Testigos de la fe en El Salvador. Nuestros sacerdotes y seminarista diocesanos mártires 1977-1993, Impresos Quijano, San Salvador 2015, p. 266).

5.    Contamos con otro pronunciamiento oficial. En este caso, del obispo de Chalatenango, quien reivindica como lugar primigenio y originario del martirio de los sacerdotes salvadoreños la región de su jurisdicción. Monseñor Oswaldo Escobar retoma el pensamiento del Arzobispo Escobar Alas y propone su tesis: «Podríamos decir entonces, que Chalatenango, es el lugar del primer mártir salvadoreño y a la vez de nuestra área de Centro América» [Tomado de la página oficial de la Diócesis (https://m.facebook.com/permalink.php?story_fbid=2279489168993931&id=2218129255129923). Véase sobre todo: Oswaldo Escobar Aguilar, Romereando por Chalate. Chalatenango: “¿Qué está pasando allí?, Impresos Quijano, San Salvador 2021].

6.    Es el momento para profundizar en el estudio de la composición y despliegue de la iglesia de los mártires en El Salvador y sacar todas las consecuencias que ello supone.

LA UNIVERSIDAD DONDE TRABAJO EN EL SALVADOR

LA UNIVERSIDAD DONDE ESTUDIE Y DONDE INICIE LA DOCENCIA

Seguidores