martes, 2 de febrero de 2021

La dimensión política de la fe desde la opción por los pobres. Una experiencia eclesial en El Salvador, Centroamérica

     


Por: Mons. Oscar Arnulfo ROMERO

Discurso de Mons. Oscar Arnulfo Romero al recibir el doctorado honoris causa por la Universidad de Lovaina, pronunciado el 2 de febrero de 1980, 50 días antes de su asesinato. Considerado como su testamento teológico y político, este texto nos da lo esencial de su lectura del Evangelio y de su vida de fe.

 

Tema

Experiencia y reflexión que, de acuerdo con la amable sugerencia de la Universidad, tengo el honor de situar en el ciclo de conferencias que aquí se desarrolla sobre el sugestivo tema de la dimensión política de la fe cristiana. Desde luego, no pretendo decir, ni Vds, pueden esperar de mí, la palabra de un técnico en materia de política, ni tampoco la especulación con que un experto en teología relacionaría teóricamente la fe y la política.

Sencillamente voy a hablarles más bien como pastor, que, juntamente con su pueblo, ha ido aprendiendo la hermosa y dura verdad de que la fe cristiana no nos separa del mundo, sino que nos sumerge en él, de que la Iglesia no es un reducto separado de la ciudad, sino seguidora de aquel Jesús que vivió, trabajó, luchó y murió en medio de la ciudad, en la "polis".

En este sentido quisiera hablar sobre la dimensión política de la fe cristiana; en el sentido preciso de las repercusiones de la fe para el mundo y también de las repercusiones que la inserción en el mundo tiene para la fe.

 

Una Iglesia al servicio del mundo

Debemos estar claros desde el principio de que la fe cristiana y la actuación de la Iglesia siempre han tenido repercusiones socio-políticas. Por acción o por omisión, por la connivencia con uno u otro grupo social los cristianos siempre han influido en la configuración socio-política del mundo en que viven. El problema es cómo debe ser el influjo en el mundo socio-político para que ese influjo sea verdaderamente según la fe.

Como primera idea, aunque todavía muy general, quiero avanzar la intuición del Concilio Vaticano II que está a la base de todo el movimiento eclesial en la actualidad. La esencia de la Iglesia está en su misión de servicio al mundo, en su misión de salvarlo en totalidad, y de salvarlo en la historia, aquí y ahora. La Iglesia está para solidarizarse con las esperanzas y gozos, con las angustias y tristezas de los hombres. La Iglesia es, como Jesús. para "evangelizar a los pobres y levantar a los oprimidos, para buscar y salvar lo que estaba perdido" (LG 8).

 

El mundo de los pobres

Todos Vds. conocen estas palabras del Concilio. Varios de sus obispos y teólogos ayudaron mucho en los años sesenta para presentar de esta forma la esencia y misión de la Iglesia. Mi aporte consistirá en poner carne concreta a esas hermosas declaraciones desde la propia situación de un pequeño país latinoamericano, típico de lo que hoy se llama el Tercer Mundo. Y para decirlo de una vez y en una palabra que resume y concretiza todo, el mundo al que debe servir la Iglesia es para nosotros el mundo de los pobres.

Nuestro mundo salvadoreño no es una abstracción, no es un caso más de lo que se entiende por "mundo" en países desarrollados como el de Vds. Es un mundo que en su inmensa mayoría está formado por hombres y mujeres pobres y oprimidos. Y de ese mundo de los pobres decimos que es la clave para comprender la fe cristiana, la actuación de la Iglesia y la dimensión política de esa fe y de esa actuación eclesial. Los pobres son los que nos dicen qué es el mundo y cuál es el servicio eclesial al mundo. Los pobres son los que nos dicen qué es la "polis", la ciudad y qué significa para la Iglesia vivir realmente en el mundo.

Permítanme que desde los pobres de mi pueblo, a quienes represento, explique entonces brevemente la situación y actuación de nuestra Iglesia en el mundo en que vivimos, y reflexionar después desde la teología, sobre la importancia que ese mundo real, cultural y sociopolítico, tiene para la propia fe de la Iglesia.

 

1. Actuación de la Iglesia de la arquidiócesis de San Salvador

En los últimos años nuestra Arquidiócesis ha ido tomando una dirección en su actuación pastoral que sólo se puede describir y comprender como una vuelta al mundo de los pobres y a su mundo real y concreto.

 

a) Encarnación en el mundo de los pobres

Como en otros lugares de América Latina después de muchos años y quizás siglos han resonado entre nosotros las palabras del Éxodo:

"He oído el clamor de mi pueblo, he visto la opresión con que le oprimen" (Ex 3,9). Estas palabras de la Escritura nos han dado nuevos ojos para ver lo que siempre ha estado entre nosotros, pero tantas veces oculto, aun para la mirada de la misma Iglesia. Hemos aprendido a ver cuál es el hecho primordial de nuestro mundo y lo hemos juzgado como pastores en Medellín y Puebla. "Esa miseria, como hecho colectivo, es una injusticia que clama al cielo " (Medellín, Justicia, n. 1). Y en Puebla declaramos "como el más devastador y humillante flagelo, la situación de inhumana pobreza en que viven millones de latinoamericanos expresada por ejemplo en salarios de hambre, el desempleo y subempleo, desnutrición, mortalidad infantil, falta de vivienda adecuada, problemas de salud, inestabilidad laboral" (n. 29).

El constatar estas realidades y dejarnos impactar por ellas, lejos de apartarnos de nuestra fe, nos ha remitido al mundo de los pobres como a nuestro verdadero lugar, nos ha movido como primer paso fundamental a encarnarnos en el mundo de los pobres. En él hemos encontrado los rostros concretos de los pobres de que nos habla Puebla. (cfr. 31 -39). Ahí hemos encontrado a los campesinos sin tierra y sin trabajo estable, sin agua ni luz en sus pobres viviendas, sin asistencia médica cuando las madres dan a luz y sin escuelas cuando los niños empiezan a crecer. Ahí nos hemos encontrado con los obreros sin derechos laborales, despedidos de las fábricas cuando los reclaman y a merced de los fríos cálculos de la economía. Ahí nos hemos encontrado con madres y esposas de desaparecidos y presos políticos Ahí nos hemos encontrado con los habitantes de tugurios, cuya miseria supera toda imaginación y viviendo el insulto permanente de las mansiones cercanas.

En ese mundo sin rostro humano, sacramento actual del Siervo Sufriente de Yahvé, ha procurado encarnarse la Iglesia de mi Arquidiócesis. No digo esto con espíritu triunfalista, pues bien conozco lo mucho que todavía nos falta que avanzar en esa encarnación. Pero lo digo con inmenso gozo, pues hemos hecho el esfuerzo de no pasar de largo, de no dar un rodeo ante el herido en el camino sino de acercarnos a él como el buen samaritano.

Este acercamiento al mundo de los pobres es lo que entendemos a la vez como encarnación y como conversión. Los necesarios cambios al interior de la Iglesia, en la pastoral, en la educación, en la vida religiosa y sacerdotal, en los movimientos laicales, que no habíamos logrado al mirar sólo el interior de la Iglesia, lo estamos consiguiendo ahora al volvernos al mundo de los pobres.

 

b) El anuncio de la Buena Nueva a los pobres

Este encuentro con los pobres nos ha hecho nos ha hecho recobrar la verdad central del evangelio con que la palabra de Dios nos urge a conversión.

La Iglesia tiene una buena nueva que anunciar a los pobres. Aquellos que secularmente han escuchado malas noticias y han vivido peores realidades, están escuchando ahora a través de la Iglesia la palabra de Jesús: "El reino de Dios se acerca", "dichosos ustedes los pobres porque de ustedes es el reino de Dios". Y desde allí tiene también una Buena Nueva que anunciar a los ricos, que se conviertan al pobre para compartir con él los Bienes del Reino. Para quien conozca nuestro continente latinoamericano será muy claro que no hay ingenuidad en estas palabras ni menos aún opio adormecedor. Lo que hay en estas palabras es la coincidencia del anhelo de liberación de nuestro continente y la oferta del amor de Dios a los pobres. Es la esperanza que ofrece la Iglesia y que coincide con la esperanza a veces adormecida y tantas veces manipulada y frustrada, de los pobres del continente.

Es una verdad en nuestro pueblo que los pobres vean hoy en la Iglesia una fuente de esperanza y un apoyo a su noble lucha de liberación. La esperanza que fomenta la Iglesia no es ingenua ni pasiva. Es más bien un llamado desde la palabra de Dios a la propia responsabilidad de las mayorías pobres, a su concientización, a su organización en un país en que, unas veces con más intensidad que otras, está legal o prácticamente prohibida. Y es un respaldo, a veces también crítico, a sus justas causas y reivindicaciones.

La esperanza que predicamos a los pobres es para devolverles su dignidad y para animarles a que ellos mismos sean autores do su propio destino. En una palabra, la Iglesia no sólo se ha vuelto hacia el pobre sino que hace de él el destinatario privilegiado de su misión porque como dice Puebla "Dios toma su defensa y los ama (n. 1142).

 

c) Compromiso en la defensa de los pobres

La Iglesia no sólo se ha encarnado en el mundo de los pobres y les da una esperanza, sino que se ha comprometido firmemente en su defensa. Las mayorías pobres de nuestro país son oprimidas y reprimidas cotidianamente por las estructuras económicas y políticas de nuestro país. Entre nosotros siguen siendo verdad las terribles palabras de los profetas de Israel. Existen entre nosotros los que venden el justo por dinero y al pobre por un par de sandalias; los que amontonan violencia y despojo en sus palacios; los que aplastan a los pobres; los que hacen que se acerque un reino de violencia, acostados en camas de marfil; los que juntan casa con casa y anexionan campo a campo hasta ocupar todo el sitio y quedarse solos en el país.

Estos textos de los profetas Amós e Isaías no son voces lejanas de hace muchos siglos, no son sólo textos que leemos reverentemente en la liturgia. Son realidades cotidianas, cuya crueldad e intensidad vivimos a diario. La vivimos cuando llegan a nosotros madres y esposas de capturados y desaparecidos, cuando aparecen cadáveres desfigurados en cementerios clandestinos, cuando son asesinados aquellos que luchan por la justicia y por la paz. En nuestra Arquidiócesis vivimos a diario lo que denunció vigorosamente Puebla: "Angustias por la represión sistemática o selectiva, acompañada de delación, violación de la privacidad, apremios desproporcionados, torturas, exilios. Angustias de tantas familias por la desaparición de sus seres queridos de quienes no pueden tener noticia alguna. Inseguridad total por detenciones sin órdenes judiciales. Angustias ante un ejercicio de la justicia sometida o atada"(n. 42).

En esta situación conflictiva y antagónica, en que unos pocos controlan el poder económico y político la Iglesia se ha puesto del lado de los pobres y ha asumido su defensa. No puede ser de otra manera, pues recuerda a aquel Jesús que se compadecía de las muchedumbres. Por defender al pobre ha entrado en grave conflicto con los poderosos de las oligarquías económicas y los poderes políticos y militares del estado.

 

d) Perseguida por servir a los pobres

Esta defensa de los pobres en un mundo seriamente conflictivo ha ocasionado algo nuevo en la historia reciente de nuestra Iglesia: la persecución. Vds. conocerán los datos más importantes. En menos de tres años más de cincuenta sacerdotes han sido atacados, amenazados y calumniados. Seis de ellos son mártires, muriendo asesinados; varios han sido torturados y otros expulsados. También las religiosas han sido objeto de persecución. La emisora del Arzobispado, instituciones educativas católicas y de inspiración cristiana ha sido constantemente atacadas, amenazadas intimidadas con bombas. Varios conventos parroquiales han sido cateados.

Si esto se ha hecho con los representantes más visibles de la Iglesia comprenderán ustedes lo que ha ocurrido al pueblo sencillo cristiano, a los campesinos, sus catequistas delegados de la palabra, a las comunidades eclesiales de base. Ahí los amenazados, capturados, torturados y asesinados se cuentan por centenares y miles. Como siempre también en la persecución ha sido el pueblo pobre cristiano el más perseguido.

Es, pues, un hecho claro que nuestra Iglesia ha sido perseguida en los tres últimos años. Pero lo más importante es observar por qué ha sido perseguida. No se ha perseguido cualquier sacerdote ni atacado a cualquier institución. Se ha perseguido y atacado aquella parte de la Iglesia que se ha puesto de lado del pueblo pobre y ha salido en su defensa. Y de nuevo encontramos aquí la clave para comprender la persecución a la Iglesia: los pobres. De nuevo son los pobres lo que nos hacen comprender lo que realmente ha ocurrido. Y por ello la Iglesia ha entendido la persecución desde los pobres. La persecución ha sido ocasionada por la defensa de los pobres y no es otra cosa que cargar con el destino de los pobres.

La verdadera persecución se ha dirigido al pueblo pobre, que es hoy el cuerpo de Cristo en la historia. Ellos son el pueblo crucificado, como Jesús, el pueblo perseguido como el Siervo de Yahvé. Ellos son los que completan en su cuerpo lo que falta a la pasión de Cristo. Y por esa razón, cuando la Iglesia se ha organizado y unificado recogiendo las esperanzas y las angustias de los pobres, ha corrido la misma suerte de Jesús y de los pobres: la persecución.

 

e) Esta es la dimensión política de la fe

Esta es en breves rasgos la situación y actuación de la Iglesia en El Salvador. La dimensión política de la fe no es otra cosa que la respuesta de la Iglesia a las exigencias del mundo real socio-político en que vive la Iglesia. Lo que hemos redescubierto es que esa exigencia es primaria para la fe y que la Iglesia no puede desentenderse de ella. No se trate de que la Iglesia se considere a sí misma como institución política que entra en competencia con otras instancias políticas, ni que posea unos mecanismos políticos propios; ni mucho menos se trata de que nuestra Iglesia desee un liderazgo político. Se trata de algo más profundo y evangélico; se trata de la verdadera opción por los pobres, de encarnarse en su mundo, de anunciarles una buena noticia, de darles una esperanza, de animarles a una praxis liberadora, de defender su causa y de participar en su destino. Esta opción de la Iglesia por los pobres es la que explica la dimensión política de su fe en sus raíces y rasgos más fundamentales. Porque ha optado por los pobres reales y no ficticios, porque ha optado por los realmente oprimidos y reprimidos, la Iglesia vive en el mundo de lo político y se realiza como Iglesia también a través de lo político. No puede ser de otra manera si es que, como Jesús, se dirige a los pobres...

 

2. Historización de la fe desde el mundo de los pobres

La actuación descrita de la Arquidiócesis ha partido claramente de la convicción de fe. La trascendencia del evangelio nos ha guiado en nuestro juicio y actuación. Desde la fe hemos juzgado de las situaciones sociales y políticas. Pero por otra parte es también verdad que precisamente en ese proceso de tomar postura ante la realidad socio-política tal cual es, la misma fe se ha ido profundizando, el mismo evangelio ha ido mostrando su riqueza. Sólo quisiera hacer ahora unas breves reflexiones sobre algunos puntos fundamentales de la fe que se han visto enriquecidos por esta encarnación real en el mundo socio-político.

 

a) Conciencia más clara del pecado

En primer lugar ahora sabemos mejor lo que es el pecado. Sabemos que la ofensa a Dios es la muerte del hombre. Sabemos que el pecado es verdaderamente mortal; pero no sólo por la muerte interna de quien lo comete, sino por la muerte real y objetiva que produce. Recordamos de esa forma el dato profundo de nuestra fe cristiana. Pecado es aquello que dio muerte al Hijo de Dios, y pecado sigue siendo aquello que da muerte a los hijos de Dios.

Esa fundamental verdad de la fe cristiana la vemos a diario en las situaciones de nuestro país. No se puede ofender a Dios sin ofender al hermano. Y la peor ofensa a Dios, el peor de los secularismos es, como ha dicho uno de nuestros teólogos: " el convertir a los hijos de Dios, a los templos del Espíritu Santo, al Cuerpo histórico de Cristo en víctimas de la opresión y de la injusticia, en esclavos de apetencias económicas, en piltrafas de la represión política; el peor de los secularismos es la negación de la gracia por el pecado, es la objetivización de este mundo como presencia operante de los poderes del mal, como presencia visible de la negación de Dios". (P. Ellacuría, Eca n. 353, p. 123).

No es por ello pura rutina que repitamos una vez mis la existencia de estructuras de pecado en nuestro país. Son pecado porque producen los frutos del pecado: la muerte de los salvadoreños, la muerte rápida de la represión o la muerte lenta, pero no menos real, de la opresión estructural. Por ello hemos denunciado la idolatrización que se hace en nuestro país de la riqueza, de la propiedad privada absolutizada en el sistema capitalista, del poder político en los regímenes de seguridad nacional en cuyo nombre se institucionaliza la inseguridad de los individuos (IV Carta Pastoral, nn. 43 - 48).

Por trágico que parezca, la Iglesia ha aprendido en su inserción en el mundo real socio-político a conocer y profundizar en la esencia del pecado. En ese mundo se desvela la más profunda esencia del pecado como la muerte de los salvadoreños.

 

b) Mayor claridad sobre la encarnación y la redención

En segundo lugar sabemos ahora mejor qué significa la encarnación, qué significa que y Jesús tomó carne realmente humana y que se hizo solidario de sus hermanos en el sufrimiento, en los llantos y quejidos, en la entrega. Sabemos que no se trata directamente de una encarnación universal, que es imposible, sino de una encarnación preferencial y parcial; una encarnación en el mundo de los pobres. Desde ellos podrá la Iglesia ser para todos, podrá también prestar un servicio a los poderosos a través de una pastoral de conversión; pero no a la inversa, como tantas veces ha ocurrido.

El mundo de los pobres con características sociales y políticas bien concretas, nos enseña dónde debe encarnarse la Iglesia para evitar la falsa universalización que termina siempre en connivencia con los poderosos. El mundo de los pobres nos enseña cómo ha de ser el amor cristiano, que busca ciertamente la paz, pero desenmascara el falso pacifismo, la resignación y la inactividad; que debe ser ciertamente gratuito pero debe buscar la eficacia histórica. El mundo de los pobres nos enseña que la sublimidad del amor cristiano debe pasar por la imperante necesidad de la justicia para las mayorías y no debe rehuir la lucha honrada. El mundo de los pobres nos enseña que la liberación llegará no sólo cuando los pobres sean puros destinatarios de los beneficios de gobiernos o de la misma Iglesia, sino actores y protagonistas ellos mismos de su lucha y de su liberación desenmascarando así la raíz última de falsos paternalismos aun eclesiales.

Y también el mundo real de los pobres nos enseña de qué se trata en la esperanza cristiana. La Iglesia predica el nuevo cielo y la nueva tierra; sabe además que ninguna configuración socio-política se puede intercambiar con la plenitud final que Dios concede. Pero ha aprendido también que la esperanza trascendente debe mantenerse con los signos de esperanza histórica, aunque sean signos aparentemente tan sencillos como los que proclama el tercer Isaías cuando dice que "construirán su casa y que la habitarán, plantarán viñas y comerán de sus frutos" (Is 65, 21). Que en esto haya una auténtica esperanza cristiana, que no se esté rebajando la esperanza a lo temporal y humano, como se dice a veces despreciativamente, se aprende en el contacto cotidiano de quienes no tienen casa ni viña, de quienes construyeron para que otros habiten y trabajan para que otros coman los frutos.

 

c) Fe más profunda en Dios y en su Cristo

En tercer lugar la encarnación en lo socio político es el lugar de profundizar en la fe en Dios y su Cristo. Creemos en Jesús que vino a traer vida en plenitud y creemos en un Dios viviente que da vida a los hombres y quiere que los hombres vivan en verdad. Estas radicales verdades de la fe se hacen realmente verdades y verdades radicales cuando la Iglesia se inserta en medio de la vida y de la muerte de su pueblo. Ahí se le presenta a la Iglesia, como a todo hombre, la opción más fundamental para su fe: estar en favor de la vida o de la muerte. Con gran claridad vemos que en esto no hay posible neutralidad. 0 servimos a la vida de los salvadoreños o somos cómplices de su muerte. Y aquí se da la mediación histórica de lo más fundamental de la fe: o creemos en un Dios de vida o servimos a los falsos de la muerte.

En nombre de Jesús queremos y trabajamos naturalmente para una vida en plenitud que no se agota en la satisfacción de las necesidades materiales primarias ni se reduce al ámbito de lo socio-político. Sabemos muy bien que la plenitud de vida se realiza históricamente en el honrado servicio a ese reino y en la entrega total al Padre. Pero vemos con igual claridad que en nombre de Jesús sería una pura ilusión, una ironía y, en el fondo, la más profunda blasfemia, olvidar e ignorar los niveles primarios de la vida, la vida que comienza con el pan, el techo, el trabajo.

Creemos con el apóstol Juan que Jesús es "la palabra de la Vida". (1 Jn 1,1) y que donde hay Vida ahí se manifiesta Dios. Donde el pobre comienza a vivir, donde el pobre comienza a liberarse, donde los hombres son capaces de sentarse alrededor de una mesa común para compartir, allí está el Dios de vida. Por ello cuando la Iglesia se inserta en el mundo socio-político para cooperar a que de é surja vida para los pobres no está alejándose de su misión ni haciendo algo subsidiario, sino que está dando testimonio de su fe en Dios, está siendo instrumento del Espíritu, Señor y dador de vida.

Esta fe en el Dios es lo que explica lo más profundo del misterio cristiano. Para dar vida a los pobres hay que dar de la propia vida y aún la propia vida. La mayor muestra de la fe en un Dios de vida es el testimonio de quien está dispuesto a dar su vida. "Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por el hermano" (Jn 15,13). Y esto es lo que vemos a diario en nuestro país.

Muchos salvadoreños y muchos cristianos están dispuestas a dar su vida para que haya vida para los pobres. Ahí están siguiendo a Jesús y mostrando su fe en él. Insertos como Jesús en el mundo real, amenazados y acusados como él, dando la vida como él están testimoniando la Palabra de la Vida.

Nuestra historia es, pues, antigua. Es la historia de Jesús que intentamos proseguir modestamente. Como Iglesia no somos expertos en política ni queremos manejar la política desde sus mecanismos propios. Pero la inserción en el mundo socio-político, en el mundo en que se juega la vida y la muerte de las mayorías, es necesaria y urgente para que podamos mantener de verdad y no sólo de palabra la fe en un Dios de vida y el seguimiento de Jesús.

 

Conclusión: Opción por los pobres: orientación de nuestra fe en medio de la política

Para terminar quisiera resumir lo central de lo expuesto hasta ahora. En la vida eclesial de nuestra Arquidiócesis la dimensión política de la fe, o si se quiere, la relación ente fe y política, no se ha ido descubriendo a partir de reflexiones puramente teóricas y previas a la misma vida eclesial. Naturalmente que tales reflexiones son importantes, pero no decisivas. Estas reflexiones se hacen importantes y decisivas cuando recogen de verdad la vida real de la Iglesia. Hoy, el honor de expresar en este ambiente universitario mi experiencia pastoral me ha obligado a hacer esta reflexión teológica. La dimensión política de la fe se descubre y se la descubre correctamente más bien en una práctica concreta al servicio de los pobres. En esa práctica se descubre su mutua relación y su diferenciación. La fe es la que impulsa en un primer momento a encarnarse en el mundo socio-político de los pobres y a animar los procesos liberadores, que son también socio-políticos. Y esa encarnación y esa praxis a su vez concretizan los elementos fundamentales de la fe.

En lo que hemos expuesto aquí hemos delineado sólo los grandes rasgos de ese doble movimiento. Quedan naturalmente muchos temas por tratar. Se podría haber hablado de la relación de la fe con las ideologías políticas, en concreto con el marxismo. Se podría haber mencionado el tema candente entre nosotros de la violencia y su legitimidad. Esos temas son objeto constante de reflexión entre nosotros, y los enfrentamos en la medida en que se van haciendo problemas reales, y aprendemos a dar una solución dentro del mismo proceso.

En el breve tiempo que me ha tocado estar dirigiendo la Arquidiócesis han pasado ya cuatro gobiernos diferentes con diversos proyectos políticos. También las otras fuerzas políticas, revolucionarias y democráticas han crecido y evolucionado en estos años. La Iglesia por lo tanto ha tenido que ir juzgando de lo político desde dentro de un proceso cambiante. En el momento actual el panorama es ambiguo, pues por una parte están fracasando todos los proyectos provenientes del Gobierno. Mientras que está creciendo la posibilidad de una liberación popular.

Pero en lugar de detallarles todos los vaivenes de la política en mi país he preferido explicarles las raíces profundas de la actuación de la Iglesia en este mundo explosivo de lo socio-político. Y he pretendido esclarecerles el último criterio, que es teológico e histórico, para la actuación de la Iglesia en este campo: el mundo de los pobres. Según les vaya a ellos, al pueblo pobre, la Iglesia irá apoyando desde su especificidad uno u otro proyecto político.

Creemos que ésta es la forma de mantener la identidad y la misma trascendencia de la Iglesia. Insertarnos en el proceso socio-político real de nuestro pueblo, juzgar de él desde el pueblo pobre e impulsar todos los movimientos de liberación que conduzcan realmente a la justicia de las mayorías y a la paz para las mayorías. Y creemos que ésta es la forma de mantener la trascendencia e identidad de la Iglesia porque de esta forma mantenemos la fe en Dios.

Los antiguos cristianos decían: "Gloria Dei, vivens homo", (la gloria de Dios es el hombre que viva). Nosotros podríamos concretar esto diciendo: "Gloria Dei, vivens pauper". (La gloria de Dios es el pobre que viva). Creemos que desde la trascendencia del evangelio podemos juzgar en qué consiste en verdad la vida de los pobres; y creemos también que poniéndose del lado del pobre e intentando darle vida sabremos en qué consiste, la eterna verdad del evangelio.

martes, 17 de noviembre de 2020

IGNACIO ELLACURÍA VISTO POR JUAN JOSÉ TAMAYO


Juan José Tamayo

Religión Digital: 17.11.2020.

“Ellacuría debe ser eliminado y no quiero testigos”. Fue la orden que dio el coronel René Emilio Ponce al batallón Atlacatl, el más sanguinario del Ejército salvadoreño. La orden se cumplió la noche del 16 de noviembre de 1989 en que fueron asesinados con premeditación, nocturnidad y alevosía los Segundo Montes, Juan Ramón Moreno, Amando López, Ignacio Martín Baró, Joaquín López y López, Ignacio Ellacuría y sus colaboradoras Elba Ramos, y su hija Celina, de 15 años, en la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas”, de San Salvador (UCA).
En este artículo voy a centrarme en Ellacuría, rector de la UCA, discípulo de Rahner y de Zubiri, estrecho colaborador de este y editor de algunas de sus obras. Era filósofo y teólogo de la liberación, científico social y e impulsor de la teoría crítica de los derechos humanos, cuatro dimensiones que son difíciles de encontrar y de armonizar en una sola persona, pero, en este caso, convivieron no sin conflictos internos y externos, y se desarrollaron con lucidez intelectual y coherencia vital.
“Revertir la historia, subvertirla y lanzarla en otra dirección”, “sanar la civilización enferma”, “superar la civilización del capital”, evitar un desenlace fatídico y fatal”, “bajar a los crucificados de la cruz” (son expresiones suyas) fueron los desafíos a los que quiso responder con la palabra y la escritura, el compromiso político y la vivencia religiosa. Y lo pagó con su vida.
31 años después de su asesinato Ellacuría sigue vivo y activo en sus obras, muchas de ellas publicadas póstumamente. En 1990 y 1991 aparecieron dos de sus libros mayores: Mysterium liberationis. Conceptos fundamentales de la teología de la liberación (Trotta), de la que es editor junto con su compañero Jon Sobrino, entonces la mejor y más completa visión de dicha corriente teológica latinoamericana, y Filosofía de la realidad histórica -editada por su colaborador Antonio González-, cuyo hilo conductor es la filosofía de Zubiri, pero recreada y abierta a otras corrientes como Hegel y Marx, leídos críticamente. Es parte de un proyecto más ambicioso trabajado desde la década los setenta del siglo pasado y que quedó truncado con el asesinato. Posteriormente la UCA publicó sus Escritos Políticos, 3 vols., 1991; Escritos Filosóficos, 3 vols., 1996, 1999, 2001; Escritos Universitarios, 1999; Escritos Teológicos, 4 vols., 2000-2004.
En los treinta y un años desde su asesinato se han sucedido ininterrumpidamente los estudios, monografías, tesis doctorales, congresos, conferencias, investigaciones, cursos monográficos, círculos de estudio, cátedras universitarias con su nombre, que demuestran la “autenticidad” de su vida y la creatividad y vigencia de su pensamiento en los diferentes campos del saber y del quehacer humano: política, religión, derechos humanos, universidad, ciencias sociales, filosofía, teología, ética, etc.
Lo que descubrimos con la publicación de sus escritos y los estudios sobre su figura es que Ellacuría tuvo excelentes maestros: Rahner en teología, Zubiri en filosofía, monseñor Romero en espiritualidad y compromiso liberador, y condiscípulos como Jon Sobrino, colega en la UCA y maestro en cristología. De ellos aprendió a pensar y actuar alternativamente.
Pero su discipulado no fue escolar, sino creativo, ya que, inspirándose en sus maestros, desarrolló un pensamiento propio y él mismo se convirtió en maestro, si por tal entendemos no solo el que da lecciones magistrales en el aula, sino, en expresión de Kant aplicada al profesor de filosofía, el que enseña a pensar. Ellacuría parte del pensamiento de sus maestros, pero no se queda en ellos; avanza, va más allá, los interpreta en el nuevo contexto y, en buena medida, los transforma. Su relación con ellos es, por tanto, dialógica, de colaboración e influencia mutuas. Sus obras así lo acreditan y los estudios sobre él lo confirman.

I. Teología
Su colega y amigo Jon Sobrino ha escrito páginas de necesaria lectura sobre el “Ellacuría olvidado”, en las que recupera tres pensamientos teológicos fundamentales suyos: el pueblo crucificado; el trabajo por una civilización de la pobreza, superadora de la civilización del capital; la historización de Dios en la vida de sus testigos, que Ellacuría acuño con una aforismo memorable “con monseñor Romero Dios pasó por la historia”.
Ellacuría entiende la teología de la liberación como teología histórica a partir del clamor ante la injusticia, establece una correcta articulación entre teología y ciencias sociales y asume un compromiso por la transformación de la realidad histórica desde los análisis políticos y desde su función como mediador en los conflictos. Son tres aspectos que desarrolla José Sols Lucia.
El teólogo austriaco Sebastián Pittl recupera la primera idea destacada por Sobrino y la interpreta teológicamente: la realidad histórica de los pueblos crucificados como lugar hermenéutico y social de la teología. Asimismo hace una lectura de la concepción ellacuriana de la espiritualidad radicada en la historia desde la opción por los empobrecidos.
El resultado es una teología postidealista cuyo método no es el trascendental de sus maestros, sino la historización de los conceptos teológicos y el punto de partida, la praxis histórica. La teología de Ellacuría tiene un fuerte componente ético-profético. Aplicándole a ella la consideración lévinasiana de la ética como filosofía primera, bien podría decirse que para el teólogo hispano-salvadoreño, la ética es la teología primera, el profetismo la manifestación crítico-pública de la ética, la esperanza activa la senda por la que caminar y la utopía el horizonte para la construcción de Otro Mundo posible.

II. Filosofía
El objeto de la filosofía ellacuriana es la realidad histórica como unidad física, dinámica, procesual y ascendente. De aquí emanan los conceptos y las ideas fundamentales de su filosofía: historia (materialidad, componente social, componente personal, temporalidad, realidad formal, estructura dinámica), praxis histórica, liberación, unidad de la historia. Su método es la historización de los conceptos filosóficos para liberarlos del idealismo y de la idealización en que suelen incurrir la filosofía, la teología y la teoría universalista de los derechos humanos.
H. Samour, uno de los mejores especialistas e intérpretes de Ellacuría filósofo, reinterpreta al maestro relacionando su pensamiento con la realidad histórica contemporánea, al tiempo que considera la filosofía de la historia como filosofía de la praxis. Recientemente se está desarrollando una nueva línea de investigación del pensamiento filosófico del intelectual hispano-salvadoreño: la que hace una lectura pluridimensional con las siguientes derivaciones creativas, que enriquecen, recrean y reformulan su filosofía:
a) Su conexión con la dialéctica hegeliano-marxista, que implica analizar la concepción que Ellacuría tiene de la dialéctica, la utilización del método dialéctico en su análisis político e histórico, y la dialéctica entre historia personal –biografía- e historia colectiva –el pueblo salvadoreño-, en otras palabras, el impacto y la capacidad transformadora de su vida y de su muerte en la historia de El Salvador (Ricardo Ribera).
b) Su conexión con la teoría crítica de la primera Escuela de Frankfurt, que integra dialécticamente las diferentes disciplinas dando lugar a un conocimiento emancipador, así como su incidencia en la negatividad de la historia (L. Alvarenga).
c) Su conexión con la filosofía utópica de Bloch en uno de los últimos textos más emblemáticos de Ellacuría: “Utopía y profetismo en América Latina” (Tamayo).
d) Su original teoría del “mal común” como mal histórico, la crítica de la civilización del capital y las diferentes formas de superarla (Hector Samour).
e) La recuperación filosófica del cristianismo liberador (Carlos Molina).
f) La fundamentación moral de la actividad intelectual, la relevancia del lugar de los oprimidos en los diferentes campos y facetas de quehacer teórico y la crítica de la ideología (J. M. Romero).
g) Las aportaciones al pensamiento decolonial con su caracterización de la conquista como imposición de un sistema de múltiple dominación: cultural, política, económica y religiosa, ecológica, que dura hasta hoy (J. J. Tamayo).



III. Teoría crítica de los derechos humanos
Ellacuría ha hecho aportaciones relevantes en el terreno de la teoría y de la fundamentación de los derechos humanos. Cabe destacar a este respecto su contribución a la superación del universalismo jurídico abstracto y de una visión desarrollista de los derechos humanos, y a la elaboración de una teoría crítica de los derechos humanos (J. A. Senent, A. Rosillo).
El pensamiento de Ellacuría no es intemporal, sino histórico, y debe ser interpretado no de manera esencialista (aun cuando algunas de sus primeras obras escritas bajo el discipulado escolar y la influencia de Zubiri tuvieron esa orientación), sino históricamente, en diálogo con los nuevos climas culturales. Así leído e interpretado puede abrir nuevos horizontes e iluminar la realidad histórica contemporánea. El cineasta Imanol Uribe está rodando la película “La mirada de Lucía” con guión de Daniel Cebrián, basado en la historia real de la masacre de seis jesuitas y dos mujeres colaboradoras en noviembre de 1989 en El Salvador, que sobrecogieron al mundo. “Es, más allá de su trasfondo político y social, una historia de personajes, de su lucha por la verdad y la justicia en un país en guerra y de su afán por superar ese momento de horror.
Las ideas expuestas en este artículo cuentan con un mayor y fundamentado desarrollo en el libro Ignacio Ellacuría. 30 años después. Actas del Coloquio Internacional Conmemorativo. San Salvador, 17-21 de noviembre de 2019, editado por Héctor Samour y Juan José Tamayo, que aparecerá en la editorial Tirant lo Blanc en enero de 2021.

jueves, 17 de septiembre de 2020

LA CONSTITUCIÓN DE LA REPÚBLICA DE EL SALVADOR ESTÁ EN ESTUDIO


Por: Juan Vicente Chopin

El señor presidente de la República, Nayib Bukele, delega a una comisión liderada por Félix Ulloa y Fabio Castillo, para hacer un estudio acerca de la Constitución de la República de El Salvador.

Tanto Félix Ulloa como Fabio Castillo han dicho a los medios de comunicación que el esfuerzo es solo un estudio y que no tiene como propósito de fondo la perpetuación del actual presidente en el poder, como algunos han manifestado. También han afirmado que el presidente de la República no puede reformar la Constitución, porque el texto actual de la misma no le faculta para ello.
Con el propósito de profundizar en este tema, dado que interesa o debería interesar a todos los salvadoreños, hacemos algunas consideraciones.
En primer lugar, veamos lo que el texto de la actual Constitución dice respecto de su reforma.
En el artículo 87, donde «se reconoce el derecho del pueblo a la insurrección», se lee que «el ejercicio de este derecho no producirá la abrogación ni la reforma de esta Constitución, y se limitará a separar en cuanto sea necesario a los funcionarios transgresores, reemplazándolos de manera transitoria hasta que sean sustituidos en la forma establecida por esta Constitución». Este camino ya tuvo intentos de aplicación, pero no llegó a consumarse.
En cambio, el artículo 248 trata específicamente de la reforma de la Constitución y los aspectos más importantes son los siguientes:
a) LA REFORMA DE LA CONSTITUCIÓN COMPETE A LA ASAMBLEA LEGISLATIVA, NO AL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA: «La reforma de esta Constitución podrá acordarse por la Asamblea Legislativa, con el voto de la mitad más uno de los Diputados electos». Para lo cual se requiere que la propuesta sea hecha «por los Diputados en un número no menor de diez».
b) PARA QUE LA REFORMA SE DECRETE, SE REQUIEREN DOS LEGISLATURAS: «Para que tal reforma pueda decretarse deberá ser ratificada por la siguiente Asamblea Legislativa con el voto de los dos tercios de los Diputados electos».
c) LA REFORMA NO PUEDE CAMBIAR NI EL TIPO DE GOBIERNO, NI EL TERRITORIO DE LA REPÚBLICA, NI LA ALTERNABILIDAD EN EL EJERCICIO DE LA PRESIDENCIA: «No podrán reformarse en ningún caso los artículos de esta Constitución que se refieren a la forma y sistema de gobierno, al territorio de la República y a la alternabilidad en el ejercicio de la Presidencia de la República».
En segundo lugar, visto el texto de la Constitución en cuanto a su reforma, cabe plantearse algunas cuestiones:
a) ¿Cuál es el propósito del actual estudio de la Constitución que está realizando la presidencia de la República, por medio de la comisión antes mencionada?
b) En la actual legislatura, el presidente de la República puede contar con el apoyo de los diez diputados que se requieren para proponer la reforma de la Constitución (Art. 248). ¿Piensa hacer la propuesta de reforma en estos días o esperará los resultados de las votaciones del 28 de febrero del año 2021?
c) Si el presidente Nayib Bukele logra la mayoría calificada (56 votos), sea con sus propios diputas o en alianza con otros partidos políticos, en las elecciones del 28 de febrero del año 2021, puede impulsar la reforma. Ello supone que en la siguiente legislatura debe lograr de nuevo los dos tercios de votos (56 votos). En ese caso, el presidente ¿respetará el orden constitucional o puede proponer una constitución totalmente distinta?
d) Si el Art. 83 dice que: «El Salvador es un Estado soberano» y que «La soberanía reside en el pueblo». ¿Cómo participa el pueblo en el estudio y en la eventual reforma de la Constitución?
e) ¿Se va a reformar el Artículo 85, donde se dice que «los partidos políticos son el único instrumento para el ejercicio de la representación del pueblo dentro del Gobierno» y, además, que «la existencia de un partido único oficial es incompatible con el sistema democrático y con la forma de gobierno establecidos en esta Constitución»?
f) ¿Qué instancia tiene la facultad de frenar cualquier intento de un cambio total del texto de la Constitución?
Estas son algunas de las preguntas que vienen espontáneas al conocerse que la Constitución de la República está en estudio. Evidentemente, los que mejor pueden dar respuesta a ellas son los abogados, en particular los así llamados «constitucionalistas».
Inicia así un interesante debate, que toca el elemento más importante del sistema político salvadoreño. Hemos entrado en el ojo del huracán.
Para facilitar la lectura:
Mayoría simple: 43 votos. La mitad más uno: 42+1.
Mayoría calificada: 56 votos. Dos tercios: 28+28.
Sobre un número de 84 diputados.

jueves, 6 de agosto de 2020

EL DIVINO SALVADOR

Homilía de Monseñor Oscar A. Romero en la concelebración pontifical de la Catedral de San Salvador, el 6 de Agosto de 1976.

(Publicado en el Diario de Oriente de San Miguel, en varias entregas, entre el 21 de agosto y el 30 de octubre de 1976).

 Quién es…

Cómo es su Liberación…

Cómo llega hasta nosotros su Obra…

 

Una Canción de Cuna

El Evangelio de la Transfiguración del Señor, que acaba de proclamar, se me ocurre que tiene para nosotros los salvadoreños, la nostálgica dulzura de una canción de cuna. Y a la luz de ese Evangelio, nuestras fiestas agostinas recobran para nosotros la emoción de un retorno al hogar que nos vio nacer.

Sí. Así nacimos, a la civilización cristiana, bajo el signo de la Transfiguración del Señor. Su rostro divino, convertido en sol y el níveo resplandor de sus vestidos, fueron los primeros rayos cristianos, que iluminaron la opulenta geografía de Nuestra Patria, al emerger de su nebulosa prehistoria, cuando el Capitán Don Pedro de Alvarado, en 1528, después de poner sus conquistas bajo la protección de la Santísima Trinidad, fundaba la Capital de nuestra República y la Bautizaba con el incomparable nombre de San Salvador.

El Siervo de Dios, Pío XII, al comentar, en el esplendor de nuestro primer congreso Eucarístico Nacional, este privilegiado origen de nuestra historia cristiana, observaba con perspicacia teológica: «No fue solamente ―queremos pensarlo así― la acendrada piedad de Pedro de Alvarado, la que en los albores de la Conquista, tan altamente os bautizó, sino más que nada la Providencia de Dios».

Un Regalo de Bautismo

Efectivamente, era la Providencia misma de Dios, la que bautizaba e imprimía a esta ignota tierra un carácter inconfundible e indeleble con el esplendor de la más luminosa teofanía del Evangelio.

Era nuestra fiesta y nuestro Evangelio, un verdadero regalo bautismal.

Era un Evangelio que llegaba hasta nosotros, enriquecido con las exquisitas esencias de la teología y de la liturgia oriental y con el eco de las oraciones, las luchas y las victorias de la Iglesia creadora y guardiana de la civilización occidental; porque esta fiesta del 6 de agosto que España nos regaló, comenzó a celebrarse con gran esplendor, el siglo V, como la más destacada fiesta de verano, allá en el Oriente, en honor de Cristo Rey y el Papa Calixto III, la adoptó en 1457, en la liturgia de occidente, como fiesta votiva, por la victoria cristiana de Belgrado, contra las invasiones del Islamismo.

Fue un 7 de octubre del siglo XVI, cuando el rezo del Rosario de toda la cristiandad, alcanzó la victoria de la civilización cristiana, en el mar de Lepanto;; el Papa San Pío V consagró ese día 7 de octubre a la Virgen del Rosario, como un instrumento espiritual de piedad y gratitud; el fervor de otros Pontífices y del pueblo fiel, extendió esta devoción a todo el mes de octubre. Es admirable l inspiración de los Papas, frente al mes del Rosario. Innumerables y bellas encíclicas y documentos pontificios e iniciativas pastorales en honor de la devoción del Rosario, han hecho de octubre un «tiempo fuerte» de oración.

Otro Papa de nuestro siglo, también de nombre Pío, el Papa Pío XI, puso a octubre un fuerte acento misional, cuando en 1926, establecía el «Domingo Mundial de las Misiones», a celebrarse todos los años, el penúltimo domingo de octubre. Desde entonces, hace precisamente 50 años. La conciencia del mundo católico recibe en octubre el poderoso aldabonazo del deber misionero que pesa sobre todo hijo de la Iglesia. Por eso los católicos reconocemos a octubre como «el mes de las misiones».

Recojamos pues, para hacerlos vida de nuestra piedad y de nuestra fe, estos dos grandes mensajes de octubre: el Rosario de la Virgen y las Misiones de la Iglesia.

¿Cuál es pues la liberación que patrocina y protagoniza el Divino Salvador de los hombres?

 Los depositarios autorizados de su pensamiento, el Papa y los Obispos, se reunieron hace dos años, en el Sínodo mundial de 1974, para confrontar ese pensamiento divino con la trágica realidad de nuestro mundo actual… En su acento pastoral ―comenta Pablo VI, en la exhortación sobre la evangelización del mundo actual― vibraban de voces, de millones de hijos de la Iglesia que forman tales pueblos (del tercer mundo). Pueblos empeñados con todas sus energías en el esfuerzo y en la lucha por superar todo aquello que los condena a quedar al margen de la vida: hambres, enfermedades crónicas, analfabetismo, depauperación, injusticia en las relaciones internacionales, situaciones de neocoloniamismo económico y cultural, a veces tan cruel como el político, etc.

Y los Obispos reconocieron el deber de la Iglesia, de anunciar y ayudar a que nazca la liberación total, para estos millones de seres humanos. Pero los mismos obispos, ofrecieron en aquella histórica reunión, «los principios iluminadores, para comprender mejor la importancia y el sentido profundo de la liberación, tal y como lo ha anunciado y realizado Jesús de Nazaret y la prédica la Iglesia» (EN).

La liberación de Cristo y de su Iglesia, no se reduce a la dimensión de un proyecto puramente temporal. No reduce sus objetivos a una perspectiva antropocéntrica: a un bienestar material o a iniciativas de orden político o social o económico o cultural.

Mucho menos puede ser una liberación amparada o que ampara la violencia. Si esto fuera así, la Iglesia perdería su significación más profunda, su mensaje de liberación no tendría ninguna originalidad y se prestaría a ser acaparado o manipulado por los sistemas ideológicos y los partidos políticos… No tendría autoridad para anunciarla de parte de Dios (EN).

Es en cambio la de Cristo y su Iglesia, una liberación que abarca al hombre entero, en todas sus dimensiones, incluida su apertura al absoluto que es Dios. Y al asociarse a los que trabajan por la liberación, la Iglesia no circunscribe su acción al solo terreno religioso, desinteresándose de los problemas temporales del hombre, pero reafirma la primacía de su vocación espiritual…y no substituye la proclamación del Reino de Dios por el anuncio de liberaciones humanas. Su mejor contribución es anunciar la salvación en Jesucristo; una salvación, por tanto, que exige una conversión de corazón. Está de acuerdo la Iglesia en que es necesario cambiar estructuras por otras más humanas y más justas; pero está convencida de que estas nuevas estructuras «se convierten pronto en inhumanas, si las inclinaciones inhumanas del hombre no son saneadas, si no hay una conversión de corazón y de mente, por parte de quienes viven o rigen estas estructuras».

Arbitro de nuestros conflictos

Que bello sería este 6 de agosto, si al salir de este hogar solariego, después de compartir un retorno sincero a nuestros orígenes, llevaremos en nuestras almas el propósito de entendernos mejor desde el puesto donde ha colocado a cada uno la mano de la Providencia; si los hombres de gobierno y los pastores de la Iglesia, si el capital y el trabajo, los hombres de la ciudad y los del campo, las iniciativas del gobierno y las de la empresa privada…todos dejáramos que de verdad el Divino Salvador del Mundo, Patrono de la Nación, fuera el inspirador y el árbitro de todos nuestros conflictos, el artífice de todas nuestras transformaciones nacionales que urgentemente necesitamos, para una liberación integral que solo Él puede construir.

Cómo llega hasta nosotros su obra. Cristo vive en su Iglesia

Porque Cristo vive. Y está realizando aun la gran obra de la liberación del mundo. La Iglesia, por él fundada, prolonga entre los hombres, el misterio de su encarnación y de su salvación. En la Iglesia resplandece la luz de Cristo.

El episodio de la transfiguración nos revela también este misterio de la Iglesia y su misión en nuestra historia nacional. San Pedro, el primer Papa elegido para esta Iglesia que nace, nos describe en el poético símbolo de una lámpara, la misión de la Iglesia, que recoge la luz de los profetas y al ponerla en contacto con el Cristo de la transfiguración, se torna más luminoso porque constata en él, la realización de los profetas, y así lleva luego por los caminos de los hombres hasta que despunte el día y el lucero se levante en vuestros corazones (2ª Lectura).

Esta es su misión «iluminar a los hombres con la luz de Cristo que resplandece sobre su faz» (LG 1). Ella nos trae al Cristo verdadero. No podemos olvidar que, si el 6 de agosto fue posible para nosotros, como un encuentro de nuestra Patria con Dios, fue gracias a la Iglesia. «Al principio de nuestra fe, está el credo de la Iglesia. De la Iglesia pues y no de la crítica filosófica o filológica, hemos recibido la fe en Jesús». Cualquier otro Cristo y cualquiera otra liberación que no sea el Cristo, ni la liberación predicados por la Iglesia, serán siempre Cristo y liberaciones imaginados, por más «históricos» que se les quiera llamar. En nombre de la Iglesia, pudo decir S. Pablo a los Gálatas: «si alguien os predica un Evangelio distinto del que habéis recibido, sea anatema» (Gál 1,6).

Signo visible de nuestro encuentro con El

Y, al mismo tiempo que la Iglesia es portadora de la verdadera luz de Cristo, es también meta de la Evangelización de los pueblos. Porque la Evangelización, predica «la búsqueda de Dios, a través de la oración y también a través de la comunión, con ese signo visible del encuentro con Dios, que es la Iglesia de Jesucristo; comunión que a su vez se expresa mediante la participación en esos otros signos de Cristo viviente y operante en la Iglesia, que son los Sacramentos». Así destruye pablo VI, en su magistral exhortación «Evangelizando», esa dicotomía de inspiración protestante que quisieron erigir ciertas pastorales, al oponer «evangelización» y «sacramentalización».

Nuestro retorno a las fuentes nos ha llevado también a este feliz encuentro con nuestra Iglesia. La que nos trajo, como regalo de la Providencia, esta teofanía tan cargada de mensaje, la que nos ofrece un lugar seguro, de nuestro encuentro con Cristo vivo y salvador. Esto es un reclamo a los que somos representantes de esa Iglesia, Obispos, sacerdotes y religiosas, a hacernos cada día más aptos para una vocación que tiene la trascendental misión de hacer brillar el rostro de la Iglesia, sobre nuestra patria; y la mayor desgracia sería ocultar ese resplandor, camuflando o presentando víctimas de una crisis, nuestra gloriosa identidad sacerdotal y religiosa. También inspira este momento de franqueza, la confianza de acercarnos al Gobierno y al pueblo, para repetir un reclamo de la Iglesia, formulado así, por el Concilio Vaticano II: «La Iglesia no os pide más que la libertad; la libertad de creer y predicar su fe; la libertad de amar a su Dios y servirle; la libertad de vivir y de llevar a los hombres su mensaje de vida. No la temáis, es la imagen de su Maestro, cuya acción misteriosa no usurpa vuestras prerrogativas, sino que salva todo lo humano de su fatal caducidad, lo transfigura, lo llena de esperanza, de verdad, de belleza» (Mensaje a los gobernantes).

Como un solo corazón

En verdad, más que la piedad de Pedro de Alvarado fue la Providencia de Dios, la que tan altamente nos bautizó con el nombre de El Salvador. Y más que un nombre, nos entregó un mensaje, que es el resumen de su divino proyecto de salvar al mundo, en su hijo amado. Por eso, hoy que las fiestas agostinas nos aparecen un plácido retorno a la casa solariega, como quien se inclina, para estampar un beso de fe, de gratitud y de compromiso, sobre la cuna de su infancia y sobre la pila de su bautismo… los pastores de la Iglesia, las Supremas Autoridades del Estado, que mucho se enaltecen, presidiendo a su pueblo en este homenaje, al Celestial Patrono y el Pueblo entero en El Salvador, como formando un solo corazón y una sola voz que ora y adora, es decir el corazón de la Patria, cae de rodillas ante el altar de esta eucaristía nacional, preparado ya para que ofrezca un nuevo sacrificio por su pueblo y ratifique su misericordiosa alianza con nosotros EL DIVINO SALVADOR DEL MUNDO.

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