lunes, 12 de junio de 2023

LA IDEA DEL ETERNO RETORNO SEGÚN MILAN KUNDERA




La idea del eterno retorno es misteriosa y con ella Nietzsche dejó perplejos a los demás filósofos: ¡pensar que alguna vez haya de repetirse todo tal como lo hemos vivido ya, y que incluso esa repetición haya de repetirse hasta el infinito! ¿Qué quiere decir ese mito demencial?
El mito del eterno retorno viene a decir, per negationem, que una vida que desaparece de una vez para siempre, que no retorna, es como una sombra, carece de peso, está muerta de antemano y, si ha sido horrorosa, bella, elevada, ese horror, esa elevación o esa belleza nada significan. No es necesario que los tengamos en cuenta, igual que una guerra entre dos Estados africanos en el siglo XIV que no cambió en nada la faz de la Tierra, aunque en ella murieran, en medio de indecibles padecimientos, trescientos mil negros.
¿Cambia en algo la guerra entre dos Estados africanos si se repite incontables veces en un eterno retorno?
Cambia: se convierte en un bloque que sobresale y perdura, y su estupidez será irreparable.
Si la Revolución francesa tuviera que repetirse eternamente, la historiografía francesa estaría menos orgullosa de Robespierre. Pero dado que habla de algo que ya no volverá a ocurrir, los años sangrientos se convierten en meras palabras, en teorías, en discusiones, se vuelven más ligeros que una pluma, no dan miedo. Hay una diferencia infinita entre el Robespierre que apareció sólo una vez en la historia y un Robespierre que volviera eternamente a cortarle la cabeza a los franceses.
Digamos, por tanto, que la idea del eterno retorno significa cierta perspectiva desde la cual las cosas aparecen de un modo distinto a como las conocemos: aparecen sin la circunstancia atenuante de su fugacidad. Esta circunstancia atenuante es la que nos impide pronunciar condena alguna. ¿Cómo es posible condenar algo fugaz? El crepúsculo de la desaparición lo baña todo con la magia de la nostalgia; todo, incluida la guillotina.
No hace mucho me sorprendí a mí mismo con una sensación increíble: estaba hojeando un libro sobre Hitler y al ver algunas de las fotografías me emocioné: me habían recordado el tiempo de mi infancia; la viví durante la guerra; algunos de mis parientes murieron en los campos de concentración de Hitler; pero ¿qué era su muerte en comparación con el hecho de que las fotografías de Hitler me habían recordado un tiempo pasado de mi vida, un tiempo que no volverá?
Esta reconciliación con Hitler demuestra la profunda perversión moral que va unida a un mundo basado esencialmente en la inexistencia del retorno, porque en ese mundo todo está perdonado de antemano y, por tanto, todo cínicamente permitido.
[Milan Kundera, La insoportable levedad del ser, Primera parte (La levedad y el peso), n. 1]

martes, 18 de abril de 2023

EL SÍNDROME CIAN


El síndrome cian es una afección o fenómeno paradójico, adquirido no congénito, que consiste en la imposibilidad mental en quien lo padece de aplicar el pensamiento crítico y complejo a los fenómenos sociopolíticos y económicos de su entorno.

Dicho síndrome es de reciente aparición. Coincide con el advenimiento de la era digital.
Como los «minions», los cian poseen un propósito muy particular en su vida: encontrar un jefe dedicado a la villanía, de no encontrarlo se desaniman severamente hasta llegar a la muerte.
Quien sufre de este síndrome reproduce convencida y tenazmente las indicaciones e ideas propuestas por aquel a quien considera su líder.
Sus fuentes de información no son los medios tradicionales de información (radio, televisión, revistas, libros, etc.), a quienes considera ruines, mentirosos y traidores, privilegiando y escuchando toda persona o espacio digital desafectado que utilice un lenguaje directo, de ser posible, vulgar y denigrante.
Son aficionados a los dispositivos digitales, pero tienen severos problemas para afrontar los procesos de educación formal de largo plazo.
Se recomienda a las personas no intentar convencer al paciente cian de lo contrario a lo que piensa políticamente, porque dicho ejercicio resulta cansado, infructuoso y estresante. Si el cian aborda inexorablemente el tema político de su preferencia, como es su manía, el interlocutor cambiará de tema, hará silencio o abandonará el lugar.
Cuando el cian se descontrola, ataca virulentamente, publica directas e indirectas en el muro de sus redes digitales y le da «like» o «me encanta» a todo comentario que sea favorable a su opinión y denigre a quien considera su contrincante. Sin duda, hay «cianes prudentes» que solo guardan silencio, agazapados en sus cuentas digitales.
El síndrome cian lo padecen no solo personas de las clases populares, sino también aquellos profesionales que nunca comprendieron el concepto de modernidad ilustrada, es decir, la salida de la humanidad por su propio esfuerzo del estado de culpable inmadurez.
El síndrome cian tiene cura, pero requiere mucho tiempo, paciencia y dedicación para superarlo. Y algo muy importante, todos alguna vez, en otro sentido, con otro villano u otro color, han presentado síntomas de este síndrome.

sábado, 1 de abril de 2023

LA DEMOCRACIA DE LOS SALVADOREÑOS. El aniversario del «estado de excepción»




Por: Juan V. Chopin 


El pasado 27 de marzo, del año en curso, se cumplió un año de la primera aplicación contemporánea del estado de excepción en El Salvador.
El objetivo de aplicar el artículo 29 de la Constitución era detener la ola de asesinatos provocada por el accionar de las pandillas y otras razones no siempre notas a la población. El Gobierno, efectivamente, ha logrado frenar la ola de asesinatos. Algunos periodistas han intentado demostrar que el Gobierno mantiene una negociación con los jefes de las pandillas para lograr sus propósitos. De momento, este no es el argumento que queremos presentar en esta nota.
Es un momento oportuno para preguntarse: ¿Qué tipo de régimen político quieren o prefieren los salvadoreños?
El artículo 30 de la Constitución dice claramente: «El plazo de suspensión de las garantías constitucionales no excederá de 30 días. Transcurrido este plazo podrá prolongarse la suspensión, por igual período y mediante nuevo decreto, si continúan las circunstancias que la motivaron. Si no se emite tal decreto, quedarán establecidas de pleno derecho las garantías suspendidas».
Cuando el Gobierno renovó la primera vez régimen de excepción, no rompió el orden constitucional. A partir de la tercera vez, el Gobierno rompe el orden constitucional. Lo respeta parcialmente, porque cada vez emite un decreto, pero ya está fuera de los tiempos establecidos por el artículo 30.
Los voceros del Gobierno actual aseguran públicamente que han terminado con el problema de las pandillas en El Salvador y, al hacerlo, van al encuentro del artículo n. 31 que dice: «Cuando desaparezcan las circunstancias que motivaron la suspensión de las garantías constitucionales, la Asamblea Legislativa o el Consejo de Ministros, según el caso, deberá restablecer tales garantías». Se nota una aparente contradicción. Si se ha terminado con el problema de las maras, ¿por qué no se restablece el orden constitucional?
Por consiguiente, el orden constitucional se ha roto al no respetarse los artículos 30 y 31 de la Constitución. El presidente y su Gobierno se posicionan por encima de la Ley. Además, se rompe en sus efectos, es decir, al violentar los derechos de las personas capturadas injustamente durante el tiempo que dura el régimen de excepción.
Al decir lo anterior, no se niega la bondad fáctica que la medida ha tenido en la población, ni queremos ir en contra de los beneficios que esto ha supuesto para miles de salvadoreños. Pero no se logra resolver la cuestión del régimen político que prefieren o desean los salvadoreños, para el futuro de la república.
Entramos así a un callejón que tiene dos salidas: optar por un Gobierno constitucional o bien optar por un Gobierno arbitrario. No es una decisión fácil. Si se renuncia al Gobierno constitucional se desemboca en el despotismo. El presidente se convertiría así en un déspota, literalmente una «persona que gobierna sin sujeción a ley alguna». Si el Gobierno no es un Gobierno de leyes, es el imperio de una voluntad absoluta. El principio democrático se torna monocrático. Probablemente esta disyuntiva no interese a muchos salvadoreños. A nosotros sí nos interesa.
Estamos llamados a resolver una cuestión que atraviesa siglos de historia, es decir: «si las sociedades humanas son capaces o no de establecer un buen gobierno, valiéndose de la reflexión y porque opten por él, o si están por siempre destinadas a fundar en el accidente o la fuerza sus constituciones políticas» (Alexander Hamilton, “El Federalista”, I). Cobra fuerza así la lamentación Hamilton: «casi todos los hombres que han derrocado las libertades de las repúblicas empezaron su carrera cortejando servilmente al pueblo: se iniciaron como demagogos y acabaron en tiranos» (Ibídem.).
Retorna a nuestra mente la frase de Aristóteles: «El que no puede vivir en sociedad, o no necesita nada por su propia suficiencia, no es miembro de la ciudad, sino una bestia o un dios» (Política, Libro 1, § 2). Vale decir, el que no respeta la ley o es un Dios o es una bestia. Esto interesa a todos los salvadoreños.

viernes, 24 de marzo de 2023

RESUCITEMOS CON ROMERO: CIUDADANÍA ACTIVA Y RESPONSABLE

 


Por: Juan Vicente Chopin

En el 43 aniversario del martirio de San Óscar Arnulfo Romero


Este día hemos venido a resucitar con Monseñor Romero. La proclamación solemne de su canonización no es suficiente, ahora se requiere la incorporación de su legado en nuestra praxis cristiana y ciudadana.


1.    Ciudadanía responsable

La figura de Romero como patriota y ciudadano se abre paso. Llamar a Romero «patriota» resulta extraño, sin embargo, él tiene una concepción precisa del patriotismo. Resulta extraño porque quienes organizaron su asesinato se llaman también a sí mismos «patriotas» y, además, «cristianos católicos». ¡Qué ironía! Incluso llegaron a afirmar que asesinando a Romero le hacían un bien a la iglesia y a la patria. En ese momento ellos creían proteger a ambas instituciones iglesia y patria de la amenaza del comunismo. Se cumplió así en Romero la Palabra de Dios: «llegará la hora en que todo el que los mate piense que da culto a Dios» (Jn 16,2). Pero no se puede ser un verdadero patriota y asesino al mismo tiempo.

Pero, así como hay obispos que dan la vida por la iglesia y por la patria, también los hay que traicionan la patria. Por ejemplo, la primera y única vez que Maximiliano Hernández Martínez se reeligió, en 1935, fue respaldado por Monseñor Juan Antonio Dueñas y Argumedo, a la sazón obispo de San Miguel. Paradójicamente, es el obispo que profetizó el episcopado de Romero, siendo éste todavía un niño.

Dueñas y Argumedo redactó la exaltación patriótica en honor al presidente reelecto. Consideró que ese 1º de marzo de 1935 era: «el día jubiloso de la Patria, efeméride gloriosa de nuestra democracia, signada por canon Constitucional para llevar a efecto la trasmisión del Poder Presidencial de la República, con miras patrióticas de engrandecimiento nacional, mediante el reinado de la justicia y de la paz». Pasaba por alto Dueñas y Argumedo las modificaciones hechas a la constitución por Martínez y, sobre todo, la matanza de indígenas, muchos de ellos también cristianos. El fin práctico e ideológico de detener el avance del comunismo pudo más que la fe del obispo. En cambio, su colega y contemporáneo, Monseñor José Alfonso Belloso y Sánchez no pensaba las cosas de la misma manera. Increpó a los terratenientes haciéndoles una serie de preguntas en una circular dirigida exclusivamente a ellos: «¿Sabe usted cómo viven sus colonos? ¿Tienen ellos en sus viviendas cierta comodidad o higiene? ¿Se les paga el salario suficiente, no sólo para el vivir cotidiano, sino también para que sostengan a su familia, a base de economía y honradez? ¿Los colonos y empleados todos, trabajan de tal manera que puedan cumplir con sus obligaciones religiosas? ¿Se les da facilidades para que sus hijos reciban la instrucción conveniente? ¿Cuentan con médico y medicinas para sus enfermedades ordinarias, particularmente si viven en zonas malsanas? ¿No se abusa de la debilidad de los niños obligándolos a trabajos incompatibles con su edad? ¿Se impone a las mujeres, sobre todo a las que son madres, obligaciones que les imposibilitan atender a sus niños?» [J. A. Belloso y Sánchez, «Circular que se ha pasado a las personas terratenientes», en Revista Eclesiástica 17 (1932, II) 8-10; enero de 1932]. Belloso y Sánchez no actuó con zalamería, no arrastró su dignidad episcopal ante los poderosos. De hecho, tiene más claridad de criterio cuando afirma: «Si todos los patronos tratan a sus trabajadores de modo que no se deje ni una sola de estas cosas sin cumplir, creemos, y estamos seguros de ello, que el peligro comunista quedará completamente conjurado» (Ibid.).

Ofuscado por el poder, Dueñas y Argumedo comete el mismo error que cometió el obispo Eusebio de Cesaréa en el siglo IV al exaltar la figura del emperador Constantino I, buscando también él un fin práctico: detener la matanza de los cristianos. Ambos obispos comparan a ambos tiranos, cada uno en su tiempo, con Moisés el libertador del pueblo de Israel, que habían de llevar al cristianismo por mejores derroteros. Envalentonado por Eusebio, Constantino I llega a decir a los obispos de la época que «mientras ellos eran obispos de lo que está dentro de la Iglesia, él había sido constituido por Dios obispo de lo que está fuera» (cfr. Eusebio de Cesaréa, Vida de Constantino, p. 348. Gredos 1994). Ni siquiera bautizado estaba el emperador cuando dijo eso. Se hizo bautizar en paso de muerte por un obispo arriano (hereje).

En cambio, Dueñas y Argumedo, a sabiendas de que profesaba la teosofía, dice a Martínez: «ciudadano católico, como sois, Excelentísimo señor Presidente, ilustrado en vuestra fe religiosa». Tanto de Eusebio de Cesarea como de Dueñas y Argumedo se puede decir que la potestad que otorga un cargo eclesiástico no asegura moralidad. Por la consecución de un fin pragmático en el plano político, la iglesia no se debe arrodillar ante ningún poder de este mundo. Nosotros oramos para que nuestros obispos no sean tan pusilánimes como los dos obispos que hemos mencionado.

El ministerio episcopal de Romero contrasta con los dos ejemplos que hemos presentado. Él nunca se somete al criterio de los poderosos. Por el modo como concibe este aspecto bien puede ser considerado también un «mártir de la patria».

En sus palabras: «Un motivo que impele al sacrificio, es el amor a la patria. El hombre debe amar a su patria. Y cuando el bien de ella lo exige, debe el patriota sacrificarle hasta la vida. Lo contrario sería no ser patriota. Sin arrancar ese amor a la patria y más bien robusteciéndolo el católico debe amar hasta el delirio, hasta el sacrificio, a su Iglesia» [O. A. Romero, «El Papa y las vocaciones», en Semanario Chaparrastique, N° 1557 (10 de febrero de 1945), pág. 38-39].

Romero se plantea la pregunta: ¿cuál patria? Pregunta que vale para nosotros, ¿qué tipo de patria queremos para las futuras generaciones? Estas son las preguntas que plantea Romero: «¿Cuál Patria? ¿La que sirven nuestros gobiernos no para mejorarla sino para enriquecerse? ¿La de esa historia cochina de liberalismo y masonería cuyos propósitos son embrutecer al pueblo para maniobrarlo a su capricho? ¿La de las riquezas pésimamente distribuidas en que una “brutal” desigualdad social hace sentirse arrimados y extraños a la inmensa mayoría de los nacidos en su propio suelo? ¿La de los profesionales y obreros y padres de familia, etc. sin pisca de sentido de responsabilidad?» [O. A. Romero, «¿Cuál Patria?», en Semanario Chaparrastique, N° 2375 (8 de septiembre de 1962), pág. 519].

 

2.      Resucitemos con Romero: la ciudadanía activa y responsable

El patriotismo de Romero nos lleva a pensar en una ciudadanía activa y responsable. Mencionamos algunos rasgos sobresalientes de dicha ciudadanía:

1.  Es crítica y analítica. De joven sacerdote, Romero refiriéndose a los salvadoreños decía: «El salvadoreño es por naturaleza un ciudadano que se lleva a donde se quiere; basta empujarlo. Parece que no tiene voluntad propia, porque cualquiera lo puede manejar. Pueblos de esta clase solo necesitan un capataz y ya se subyugan» [O. A. Romero, «La dejadez cívica salvadoreña», en Semanario Chaparrastique,  N° 2352 (24 de marzo de 1962), pág. 490].

2.      Es activa y participativa. No es gregaria. Romero le apuesta a una ciudadanía que se sobrepone a la masa amorfa del ciudadano medio: «No se puede pensar que manden menos y que impongan su voluntad con la anuencia omnímoda a la manada de ovejas. Es necesario [que el salvadoreño] sacuda su marasmo y su apatía, el miedo lo apabulla pues teme las represalias de los pocos que manejan a los dos millones. Que deje el salvadoreño de ser manada o hato para que entre en rol de los hombres libres, mediante el uso de sus derechos que nadie ni nada le puede restringir» [O. A. Romero, «La dejadez cívica salvadoreña», en Semanario Chaparrastique, N° 2352 (24 de marzo de 1962), pág. 490-491. O. A. Romero, «Después de las elecciones», en Semanario Chaparrastique, N° 2839 (14 de marzo de 1964), pág. 628].

3.   Es liberadora y apegada a la Doctrina Social de la Iglesia. En lo que respecta la liberación, Romero son dice: «hombres liberadores con una inspiración de fe y, junto a esa inspiración de fe, en segundo lugar, hombres que ponen, a la base de su prudencia y de su existencia, una doctrina: la doctrina social de la Iglesia». Y muy sugerente resulta su invitación a aplicar la Doctrina Social de la Iglesia: «La doctrina social de la Iglesia que les dice a los hombres que la religión cristiana no es un sentido solamente horizontal, espiritualista, olvidándose de la miseria que la rodea. Es un mirar a Dios y, desde Dios, mirar al prójimo como hermano y sentir que todo lo que hiciéreis a uno de estos a mí lo hicisteis».

4.  Es inclusiva e intergeneracional. Al revisar la muerte martirial de Rutilio Grande y de sus compañeros no es difícil concluir que, en este martirio en particular, se puede notar la integralidad del martirio en su forma generacional. En él se consuma el testimonio de un adolescente, de un hombre de mediana edad y de un adulto mayor. Es decir: Nelson Rutilio Lemus, de 16 años, Rutilio Grande, de 48 años y Manuel Solórzano, de 72 años. Además, la Iglesia está llamada a respetar y defender la dignidad de los menores de edad, ancianos y personas incapaces de defenderse.

5.      Una motivación de amor: Predicando en el funeral de Rutilio, Romero decía: «Una motivación de amor, hermanos; aquí no debe palpitar ningún sentimiento de venganza; aquí no grita un revanchismo; son los intereses de Dios que nos manda amarlo sobre todas las cosas y nos manda amarlos a los otros como a nosotros mismos. Y si es cierto que hemos pedido a las autoridades que diluciden este crimen, que ellos tienen en sus manos los instrumentos de la justicia en el país y tienen que aclararlo, no estamos acusando a nadie, no estamos emitiendo juicios adelantados. Esperamos la voz de una justicia imparcial, porque en la motivación del amor no puede estar ausente la justicia. No puede haber verdadera paz y verdadero amor sobre bases de injusticia, de violencias, de intrigas».

 

3.      Demandas del pueblo

      Entre las demandas que este momento histórico reclama a nuestra sociedad, manifestamos las siguientes:

1.      En este día en que se conmemora el 43 aniversario del martirio de Monseñor Romero y con ello el día internacional del derecho a la verdad en relación con violaciones graves de los derechos humanos y la dignidad de las víctimas, pedimos al gobierno de El Salvador, a la fiscalía general de la República, que sean liberadas las personas capturadas injustamente en el contexto de la aplicación del régimen de excepción.

2.  También pedimos a la jerarquía de Iglesia Católica a que se pronuncie con claridad a favor de las víctimas, injustamente capturadas, en flagrante violación de sus derechos.

3.      Nos manifestamos en contra de toda demagogia y populismo en el ejercicio del poder. Propugnamos un gobierno que resuelva las necesidades reales de la población: regulación de los precios de la canasta básica, educación y salud de calidad, respeto a los recursos naturales, etc.

      Estimados hermanos, resucitemos con Monseñor Romero.  Sacudámonos  la apatía y la superficialidad, superemos el miedo que nos apabulla. Dejemos de ser  manada o hato y entremos en el rol de los hombres y mujeres libres, mediante el uso de nuestros derechos, que nadie ni nada nos debe restringir.

 

¡Viva El Salvador libre, viva Monseñor Romero ¡ ¡Viva la Iglesia de los mártires ¡

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