martes, 22 de enero de 2019

EL GOLPE DE ESTADO DE 1931 Y LA MASACRE DE INDÍGENAS DE 1932 EN EL SALVADOR, SEGÚN LOS DOCUMENTOS DEL ARCHIVO SECRETO VATICANO



Por: Juan Vicente Chopin

En las investigaciones acerca de la llamada «masacre del 32» en El Salvador, no siempre es fácil tener a disposición fuentes primarias que den fe acerca del modo como la Iglesia Católica interpretó dichos acontecimientos.
A continuación presentamos algunos documentos encontrados en el Archivo Secreto Vaticano que se refieren al tema. Son documentos inéditos que pueden arrojar luz acerca de esta cuestión aun inconclusa en lo que respecta su investigación[1].

1.      Antecedentes

El primer levantamiento «popular» en El Salvador, que incluía elementos de la doctrina marxista, se dio en 1932[2]. Este movimiento tuvo un espectro más amplio en el país, que el de 1832, pues ya supone la existencia de los movimientos de inspiración marxista. Los criollos salvadoreños habían construido una economía en total dependencia del café. En torno al año 1929, cuando la bolsa de valores de Nueva York entró en crisis, todo el Caribe y Centro América se vieron en la más profunda de las crisis económicas de su historia[3].La circunstancia fue aprovechada por los movimientos de izquierda, que desde 1920 habían comenzado a organizarse en El Salvador; no obstante, la primera célula comunista bien organizada surgirá con la fundación en 1930 del PCS[4]. En este período, y apoyados por Estados Unidos, los cuadros de poder económico de la región comienzan una nueva táctica, por demás criminal, harán su aparición las dictaduras militares. En el mismo período histórico encontramos a Jorge Ubico en Guatemala, Tiburcio Carías en Honduras, Anastasio Somoza en Nicaragua y Maximiliano Hernández Martínez en El Salvador. Estos militares no hubieran podido subsistir en el poder sin el apoyo de Washington y su política de la «buena vecindad». En estas coordenadas debe leerse el levantamiento de 1932 en El Salvador[5]. Agustín Farabundo Martí (1893-1932) es la persona que mejor encarna los objetivos revolucionarios de 1932. F. Martí integró en 1928 la revolución sandinista, pero se separó de Sandino por cuestiones de principios ideológicos[6]. Separado de Sandino, F. Martí regresa a El Salvador en el verano de 1930 para organizar la lucha. El alzamiento armado se decretó para el día 22 de enero de 1932. La noticia del alzamiento llegó a oídos del presidente Maximiliano Hernández Martínez, que inmediatamente convocó a elecciones «democráticas»[7], solicitando la inscripción de todos los partidos políticos, incluido el PCS, que dio los nombres de sus líderes, lista que después serviría para la realización de asesinatos selectivos. Este general gobernó el país de 1932 a 1944 en condición de dictador. Prácticamente es el responsable del genocidio más grande hecho en menos tiempo en El Salvador: en pocos días las fuerzas de seguridad asesinaron a 30,000 personas[8]. M. Hernández Martínez no realizó de inmediato las elecciones prometidas y, por el contrario, ordenó masacrar los movimientos indígenas del occidente del país. El líder indígena Feliciano Ama (1881-1932), que se sumó también a la lucha contra M. Hernández Martínez y su régimen, fue capturado y golpeado hasta morir el 28 de enero de 1932, luego colgado en un árbol en presencia de los niños de la escuela como ejemplo del fin que todos los comunistas debían padecer[9]. Farabundo Martí, Mario Zapata y Alfonso Luna (líderes de la revolución)  fueron capturados el 19 de enero y el 1º de febrero de 1932 fueron fusilados tras un breve «consejo de guerra»[10]. La mayor parte de las víctimas de la insurrección de 1932 eran indígenas[11].
En el caso de la masacre de los indígenas de 1932 siempre se ha tenido dificultad, desde el punto de vista de las fuentes históricas, para demostrar cuál era el punto de vista de la Iglesia Católica, sin embargo el acceso a fuentes hasta ahora inéditas van arrojando alguna luz al respecto. Ya se dijo someramente que la masacre se enmarca en la crisis económica que pasaba El Salvador en torno a 1929. El presidente de la esa época es Pío Romero Bosque, predecesor de Arturo Araujo y cuya gestión va de 1927 a 1931. 
Desde el punto de vista social el problema se explica a partir del hecho que la consolidación de una burguesía cafetalera había llevado al Estado a caer presa de este grupo de poder económico, que veía el aparato estatal en función de los intereses de la producción comercial. La élite cafetalera no tenía en su agenda repartir sus ganancias con las clases trabajadoras. De ahí que tanto la clase proletaria y de agricultores manifestaran su descontento y anejo a ello se fue formando un proceso de organización y concientización social. Los prelados de la Iglesia Católica estaban conscientes de que eran las diferencias sociales las que llevaban al conflicto, si bien en ese momento sostenían que «la diversidad de clases es algo que se sigue de la misma naturaleza»[12], es decir, se trata de un «derecho natural…, que la consiguiente división de las clases sociales en ricos y pobres, radica en la misma naturaleza de las cosas»[13]. Es interesante la serie de cuestiones que la Iglesia Católica les planteó en ese momento a los terratenientes por medio de una circular:

«(1) ¿Sabe Ud. Cómo viven sus colonos? (2) ¿Tienen ellos en sus viviendas cierta comodidad o higiene? (3) ¿Se les paga el salario suficiente, no sólo para el vivir cotidiano, sino también para que sostengan a su familia, a base de economía y honradez? (4) ¿Los colonos y empleados todos, trabajan de tal manera que puedan cumplir con sus obligaciones religiosas? (5) ¿Se les da facilidades para que sus hijos reciban la instrucción conveniente? (6) ¿Cuentan con médico y medicinas para sus enfermedades ordinarias, particularmente si viven en zonas malsanas? (7) ¿No se abusa de la debilidad de los niños obligándolos a trabajos incompatibles con su edad? (8) ¿Se impone a las mujeres, sobre todo a las que son madres, obligaciones que les imposibilitan atender a sus niños?»[14].

Según esto, la Iglesia Católica no ignora las condiciones en que viven los colonos de los finqueros, pero su visión de la cuestión está determinada por la doctrina anticomunista, muy en boga en esos días: «Si todos los patronos tratan a sus trabajadores de modo que no se deje ni una sola de estas cosas sin cumplir, creemos, y estamos seguros de ello, que el peligro comunista quedará completamente conjurado»[15]. A los sacerdotes, por una parte se les pide que «hagan ver a los amos y patronos, que en el cumplimiento de sus deberes de cristianos, y sobre todo en los de justicia y de caridad para con sus trabajadores, obreros y sirvientes, estriba principalmente la acertada solución del problema social»[16], por otra parte se les afirma que no pueden favorecer los puntos de vista comunistas, según reza la sentencia «ningún católico puede ser comunista, ningún comunista puede ser católico»[17].

2.      El golpe de Estado de 1931

Las fuentes vaticanas hacen las primeras alusiones a Maximiliano Hernández Martínez a partir de la campaña electoral de 1930 que llevó en marzo de 1931 a la presidencia a Arturo Araujo, militante del Partido Laborista de El Salvador, candidato apoyado por don Alberto Masferrer. Mons. José Alfonso Belloso y Sánchez[18], arzobispo de San Salvador, escribe una carta al internuncio de la época, Mos. José Fietta[19], residente en San José de Costa Rica, fechada el 14 de julio de 1930; en ella le describe el momento político que está viviendo El Salvador, sobre todo interesa lo que se dice acerca de los candidatos que participan en la contienda electoral:

«He esperado un poco para dar a V.E. un juicio sobre el momento político actual referente a [las] elecciones presidenciales para hacerlo un poco más acertado, si cabe; pues, al parecer todos parecen estar sumergidos en un caos.
En primer lugar no pienso que alguno de los candidatos que hasta ahora se han presentado anide algún sentimiento de hostilidad contra la Iglesia. Y esto es muy consolador. El que parecería un poco en contra habría podido creerse que fuera el Dr. D. Enrique Córdova; pero este Señor [sic] ha venido varias veces a verme y hemos hablado de la necesidad de que él encarezca a sus partidarios, sobre todo estudiantes, se abstengan de hablar cosa que pueda ser ofensa a las creencias religiosas de este pueblo. Fectivamente [sic], así lo hizo dicho señor, y ya no se han registrado ataques por parte de sus núcleos. Él mismo está casado con una magnífica señora educada por las religiosas de la Asunción, muy piadosa, y sus hijos están en el Colegio de los Hermanos Maristas a donde va para asistir a las fiestas religiosas tales como la primera Comunión, etc.
Otro de los candidatos que puede ofrecer algún peligro para la Religión es el Sr.Max.H.Martínez! [sic] Desgraciadamente este señor abrazó con fervor el Teosofismo y ha hecho propaganda. Pero ahora parece haber[se] calmado en estas propagandas y ya ha venido también él a verme. El sábado pasado nos vimos otra vez y siempre cariñoso.
Los otros, lo mismo y algunos son conocidos de V.E.Rvma, tales como el Dr.D.Alberto Gómez Zárate y don Arturo Araujo. El Dr.Zárate cumplió como buen católico, con su Comunión Pascual.
Soy del parecer que la contienda principal ha de librarse entre el Dr. Zárate y Dr. Córdova y D.Arturo Araujo[20]. Son los que están más preparados. Sin embargo, si hemos de juzgar por las cosas anteriores, presentes y posteriores, y por algunos indicios que se dejan escapar, creo que el más probable de todos los candidatos es el Dr. Gómez Zárate.
Para evitarle molestias a la Iglesia y por las razones que dejo expuestas, a su debido tiempo se giró la circular que adjunto; y, he visto que con esta medida se calmaron las reclamaciones y ataques que se dirigían por creer que el Clero se mezclaba en asuntos eleccionarios[21].

Queda claro que M. Hernández Martínez no era un candidato de la predilección de la Iglesia Católica, por su declarada filiación teosófica y que se esperaba que llegara a la presidencia el Dr. Zárate. Queda claro también que los candidatos necesitaban el reconocimiento de la Iglesia para no tener problemas con su campaña política, pero se nota también que había protestas por tal influencia, dada la circular de la que habla la carta, aclarando la no participación del clero en «asuntos eleccionarios».
Hay dos cartas que tienen la misma fecha (7 de diciembre de 1931), una emitida por el Ministerio de Relaciones Exteriores de El Salvador (Sección Diplomática) y la otra del Palacio Arzobispal de San Salvador; en ambas se notifica de lo sucedido la noche del 2 de diciembre de 1931, es decir, el golpe de Estado contra el presidente Araujo. El arzobispo J. A. Belloso y Sánchez comunica también que ya hizo una visita al golpista M. Hernández Martínez:

«Además notifícole que en la noche del dos al tres de los corrientes tuvo lugar en esta capital un fuerte movimiento militar que culminó con la caída del Ingeniero don Arturo Araujo. Gracias a las gestiones eficaces del Cuerpo Diplomático al día siguiente 3 de Diciembre se rindieron los pocos militares adepto[s] al régimen caído y así felizmente se evitó que se siguiera derramando sangre humana. En esa noche me encontraba yo en Visita Pastoral en la vecina ciudad de Santa Tecla y hasta el día siguiente me enteré de lo acaecido. Quise venirme inmediatamente a San Salvador, pero no permitiéndose la salida de particulares, me vi obligado a esperar hasta el  viernes 4 del mes en curso. En la actualidad el Directorio Militar controla todo el país y hay completa tranquilidad.
Como el día cuatro el Vice-Presidente Constitucional tomó posesión de la Presidencia, el día cinco, previa consulta al Cabildo Eclesiástico, fui a visitar al nuevo mandatario quien me  recibió cordialmente, lo mismo que algunos miembros del nuevo Gabinete»[22].

A. Araujo ganó la presidencia y se instaló el primero de marzo de 1931, pero duraría poco en el cargo. Su propuesta reformista, sobre todo en lo tocante a la tenencia de la tierra, no gustó a la oligarquía salvadoreña y se organizó un golpe de Estado. En esos días se estaba llevando a cabo cambio de nuncio en la internunciatura de América Central. Mons. Fietta había dejado el cargo de internuncio el 23 de septiembre de 1930, para hacerse cargo de la nunciatura de Haití y República Dominicana. La sede quedó vacante durante 1931, entre tanto atendía la internunciatura Mons. Pedro Cogliolo, con el cargo de encargado de negocios de la Santa Sede[23]. Fue hasta el 28 de enero de 1932 que se nominó nuncio apostólico de la internunciatura de América Central y delegado en Guatemala Mons. Carlo Chiarlo[24]. Finalmente, el 30 de septiembre de 1933, con la elevación de la internunciatura a Nunciatura Apostólica, la Santa Sede decidió distribuir los territorios de América Central en dos grupos, dando vida a la Nunciatura de Costa Rica, Nicaragua y Panamá, con sede en San José de Costa Rica y encomendada siempre a Mons. Chiarlo, y a la Nunciatura de El Salvador y Honduras, unida a la Delegación Apostólica de Guatemala, con sede en San Salvador, encomendada a Mons. Alberto Levame[25]
Así se explica que la carta que fue emitida por la sección diplomática del Ministerio de Relaciones Exteriores estuviera dirigida a Mons. Pedro Cogliolo. Vale la pena reproducir el texto de la carta:

«Tengo la honra de poner en conocimiento de Vuestra Señoría que a consecuencia de los acontecimientos de esta capital en la noche del día 2 del presente mes, el Presidente titular de la República Ingeniero don Arturo Araujo salió del país, renunciando a los altos cargos de Presidente de la República. El Vicepresidente Constitucional General don Maximiliano Hernández Martínez, en cumplimiento de lo que preceptúa el Art. 81 de la Constitución Política ha asumido esas elevadas funciones y formado su Gabinete de Gobierno […].
Me es grato al informar lo anterior a Vuestra Señoría manifestarle que el nuevo Gobierno tiene propósitos firmes de conservar las buenas relaciones existentes entre El Salvador y la Nación que representa dignamente Vuestra Señoría y agregar que, todas las autoridades constituidas han reconocido el nuevo régimen prestándole adhesión, que el orden en el país es perfecto , y que, fuera de los sucesos de esta capital, ha reinado completa tranquilidad en el país, cuya vida normal no ha sido alterada»[26].

El  texto afirma que A. Araujo renunció a su cargo de presidente y que el vicepresidente, M. Hernández Martínez, asumió la presidencia, que además aseguran las buenas relaciones entre el gobierno de El Salvador y la Santa Sede.
De los mismos acontecimientos informa Pietro Cogliolo, desde San José de Costa Rica al Cardenal Eugenio Pacelli, Secretario de Estado de la Santa Sede. Sin embargo, el texto en su primera parte no dice que A. Araujo renunció de su cargo, sino que fue sacado por una revuelta militar: «Ese día una revuelta militar, que costó no pocas víctimas, derrocó al Gobierno presidido por el señor Arturo Araujo, el cual se vio obligado a abandonar su país, refugiándose en un primer momento en la vecina república de Guatemala, y luego se trasladó a Washington para argumentar su caso»[27]. Pero, a renglón seguido es refiere a los problemas de legitimidad que afronta la revuelta militar, según su propósito de poner como presidente al General M. Hernández Martínez. Según se lee en el texto, está vigente un tratado de 1923 entre los estados centroamericanos y el gobierno de los Estados Unidos, según el cual no pueden reconocer los gobiernos que, como el de M. Hernández Martínez, surgen de un golpe de Estado o de una revolución. Sin embargo, se refiere también a la opinión que están difundiendo los medios afines al gobierno, es decir, al argumento de que A. Araujo renunció a su cargo, al no poder cumplir sus promesas reformistas:

«A partir de lo que leemos en los periódicos parecería que el motivo del trágico suceso hay que buscarlo en el hecho de no haber podido cumplir el señor Araujo, debido a la grave crisis financiera, las solemnes promesas hechas en el orden social y económico en su programa de gobierno, durante la contienda electoral que lo elevó al poder con una exuberante mayoría de votos.
Mientras tanto, en la Capital, San Salvador, se conformaba una junta militar, que a su vez instalaba un nuevo Gobierno, encabezado por el general Martínez, ya vicepresidente de la República del Gobierno derrocado.
Se tiene, sin embargo, una incógnita que mantiene los ánimos suspendidos. Los gobiernos de los estados centroamericanos, y el gobierno de los Estados Unidos, en virtud del tratado especial de 1923, no pueden reconocer los gobiernos que, como el presente, surjan de un golpe de estado o una de revolución.
Algunos sostienen la legalidad del nuevo orden de cosas en esa República, basada en el hecho de que el presidente Araujo, en contravención de un precepto constitucional, abandonó el poder que fue ocupado por el vicepresidente en funciones, el General Martínez.
La cuestión, sin embargo, no será resuelta por los abogados, sino por las decisiones de los jefes de los estados signatarios de dicho Tratado.
Afortunadamente, el País está tranquilo, se desconoce si de buen grado o resignado. Esto me lo confirma también una carta del arzobispo Mons. Belloso, quien me dice que ya se había presentado al nuevo presidente a modo de obligado homenaje»[28].

El tratado al que se refiere la carta de P. Cogliolo obligó a los golpistas por medio del Ministerio de Relaciones Exteriores a hacer una extensa argumentación jurídica para poder justificar la instalación de M. Hernández Martínez en el puesto dejado por A. Araujo[29]. En primer lugar, el documento presenta la versión de los acontecimientos del 2 al 5 de diciembre de 1931. Se acepta que se trató de un golpe militar. Que entre el 2 y el 3 de diciembre todas las comandancias militares se fueron sumando al golpe y al llamado «Directorio Militar», excepto la de Santa Ana, que permaneció fiel al presidente, mientras él estuvo refugiado en esa ciudad. El día 4 de diciembre, según se lee en el documento:

«[…] decidió el señor Araujo abandonar la defensa de sus derechos presidenciales y pasar la frontera para asilarse en Guatemala, lo que hizo en la tarde, no sin antes dirigir al Directorio Militar, por conducto del ex Subsecretario de Fomento, Ingeniero Coronel don Francisco Acosta, notificación de que depositaba la Presidencia de la República en el segundo Designado (en realidad tercer Designado) doctor don J. Max. Olano»[30].

En esta parte el documento es claro al afirmar que A. Araujo renunció a su cargo de Presidente de la República debido a la presión que ejercían los militares alzados.
El otro aspecto que puntualiza es que M. Hernández Martínez no participó en el golpe, afirmando que durante esos acontecimientos estuvo detenido en el cuartel del Primer Regimiento de Artillería, por cierto un dato por lo menos ambiguo en cuanto se afirma que además de ser vicepresidente era el Secretario de la Guerra del Gobierno del Presidente Araujo, lo cual hace pensar que era muy difícil que no estuviera al tanto de los preparativos del golpe[31]. De tal suerte que, en cuanto Secretario de la Guerra, tiene problemas para instalarse como Presidente. Esto provocará que la argumentación de los juristas de M. Hernández Martínez, prescinda de su condición de Secretario y lo presente como Vicepresidente, para evitar que el Tratado del que se habla, lo inhabilite para el cargo de  Presidente. En todo caso el documento reza de la siguiente manera:

«El Directorio Militar tuvo el mando sobre la fuerza armada mientras el Presidente Araujo permanecía en el territorio nacional; pero una vez lo hubo desocupado, en la tarde del día 4 de diciembre, dio libertad al Vicepresidente, General Hernández Martínez, llamado por la Constitución al ejercicio de la Presidencia de la República después de consumada la remoción de aquél. Y con ese acto restableció el Directorio mismo el orden constitucional, alterado por sólo breves cincuenta horas, en ejercicio de un derecho constitucional, el de insurrección, reconocido por el Art. 36 de nuestra Carta Fundamental»[32].

En segundo lugar, el documento presenta la situación jurídica del nuevo Gobierno ante la Constitución Política de El Salvador. Por supuesto, el Gobierno es considerado constitucional y recurriendo a lo que los redactores llaman «principio de automatismo constitucional», justifica la entrada inmediata de M. Hernández Hernández a la presidencia. Además argumenta que más que un golpe militar se trató de una insurrección popular: «la insurrección de la noche del 2 de diciembre, si bien revistió aparentemente al principio carácter meramente militar, evidenció luego, en su desenvolvimiento posterior inmediato, toda la naturaleza de una insurrección popular»[33]. En última instancia no habrían sido los militares los que lo depusieron, sino el pueblo: «[…] elevado a la Presidencia de la República, el 1 de marzo de 1931, fue depuesto de ella por el Pueblo en los días del 2 al 4 de diciembre, y no es ya, para ningún efecto, Presidente de El Salvador […]»[34].
En tercer lugar, sienta postura ante el Tratado General de Paz y Amistad de 1923. La mayor dificultad tiene que ver con Art. II de dicho tratado, según reza:

«Deseando asegurar en las Repúblicas de Centro América los benéficos que se derivan de la práctica de las     instituciones libres y contribuir al propio tiempo a afirmar su estabilidad y los prestigios de que deben rodearse, declaran que se considera amenazante a la paz de dichas Repúblicas todo acto, disposición o medida que altere en cualquiera de ellas el orden Constitucional, ya sea que proceda de algún Poder público, ya de particulares.
En consecuencia, los Gobiernos de las Partes Contratantes no reconocerán a ninguno que surja en cualquiera de las cinco Repúblicas por un golpe de estado o de una revolución contra un gobierno reconocido, mientras la representación del pueblo, libremente electa, no haya reorganizado el país en forma constitucional. Y aun en este caso se obliga a no otorgar el reconocimiento si alguna de las personas que resultaren electas Presidente, Vicepresidente o Designado estuviere comprendida en cualquiera de los casos siguientes:
1. Si fuere el jefe o uno de los jefes del golpe de estado o de la revolución; o fuere por consanguinidad o afinidad ascendiente, descendiente o hermano de alguno de ellos.
2. Si hubiese sido Secretario de Estado o hubiese tenido alto mando militar al verificarse el golpe de estado o la revolución o al practicarse la elección, o hubiese ejercido ese cargo o mando dentro de los seis meses anteriores al golpe de estado, revolución o elección.
Tampoco será reconocida, en ningún caso, el gobierno que surja de elecciones recaídas en un ciudadano inhabilitado expresa e indubitablemente por la Constitución de su país para ser electo Presidente, Vicepresidente o Designado»[35].

Así se explica por qué los defensores del nuevo Gobierno se esfuercen por demostrar que M. Hernández Martínez no tuvo nada que ver con el golpe, pues si eso se demostrara, no podría ejercer ese cargo, según el artículo citado. En el fondo, es el temor a la expansión del comunismo lo que motiva el golpe y la consiguiente pérdida de privilegios de los poderes oligárquicos. Así lo reconocen:

«Porque la hidra del comunismo, quizá tiene sus tentáculos extendidos por toda la América Central y quiere ocupar El Salvador como su cuartel central […]. Podrá decirse que en lo afirmado hay interés y parcialidad. Pero quien lo diga es porque está ciego o no quiere ver. El más ligero examen de los últimos acontecimientos y de la organización que ellos descubrieron en la que estaban enrolados muchos extranjeros de cepa comunista, son más que suficientes para que lo comprenda el menos avisado. ¿Hemos de esperar lo imprevisto para adquirir un mayor convencimiento?»[36].

Este dato es importante en cuanto explica las razones de la matanza que se perpetrará a partir del 22 de enero de 1932. De hecho, el movimiento popular es acusado de ser un movimiento comunista, aun cuando en él no solo participaba el PCS, sino también otros sectores que no siempre coincidían con los propósitos comunistas. También es interesante mostrar que la jerarquía de la Iglesia hizo valoraciones muy parecidas a las que hacía M. Hernández Martínez, respecto del movimiento popular de enero de 1932. Las conclusiones a que llega el documento son cuatro y a partir de las cuales M. Hernández Martínez se envalentona para tomar el Gobierno de El Salvador:

1.       El General Hernández Martínez, conforme a la historia verídica de los acontecimientos del dos de diciembre, no tomó parte en ellos, sino que antes bien corrió riesgos inminentes de vida, por tratar de sostener el régimen constituido del señor Araujo.
2.       El nuevo Gobierno que él, en cumplimiento de su deber, inauguró el 5 de diciembre, es perfectamente constitucional y vino a sustituir al gobierno de facto formado por un Directorio Militar.
3.       El Tratado General de Paz y Amistad Centroamericano de 7 de febrero de 1923 no fue ratificado por El Salvador en toda su integridad, y por las reservas que le hizo, no se opone al reconocimiento de los gobiernos de Centro América.
4.      La calidad de Vicepresidente de la República que revestía el General Hernández Martínez, electo para esas funciones por sus conciudadanos, con mucha anterioridad al golpe del 2 de diciembre, no puede estar supeditada por el carácter que revestía, cuando ocurrió ese golpe, de Secretario de Guerra, Marina y Aviación, ni es admisible, dentro de los cánones de las democracias modernas, que por esa razón se le llegase a privar de los derechos inherentes a su condición de Vicepresidente de la República, para los efectos contemplados en el Art. 81 de nuestra Constitución Política[37].

Era de esperarse una conclusión de ese tipo. Es inevitable hacerse algunas preguntas. En primer lugar, el documento aparece promulgado el 3 de febrero de 1932. Lo cual implica que la matanza de enero de 1932 ya había sucedido ¿por qué no se dice nada acerca de eso? ¿A qué se refiere el texto cuando dice que «El Salvador no ha tenido que resentir convulsiones internas desde hace ya más de treinta años»?[38] Como mínimo hay que recordar que en ese período está comprendido el asesinato del presidente Manuel Enrique Araujo, en 1913.

3.      La masacre de indígenas de 1932

El informe de P. Cogliolo al Cardenal Eugenio Pacelli, tiene referencias al levantamiento popular de enero de 1932[39]. Interesan algunos datos del reporte: el representante de la Santa Sede considera que le movimiento es de matriz comunista; se habla de la cifra de asesinados; se menciona la razón por  la que los comunistas encontraron cabida en la población; en fin, se habla de una carta que el arzobispo envió a los oligarcas. Veamos los términos en que se expresa P. Cogliolo:

«Siguiendo el Informe No. 348/82, del 24 de diciembre pasado, en el que refería a Su Excelencia Reverendísima acerca de los movimientos políticos en la República de El Salvador, que provocaron la caída del presidente Arturo Araujo, y el advenimiento de un nuevo gobierno, creo que es mi deber informar ahora sobre las terribles convulsiones del Comunismo organizado, que han diseminado muertes y desastres en esa desafortunada Nación.
El horrible plan urdido por los líderes era abalanzarse sobre la Capital (San Salvador) y sobre el resto del país el 22 de enero, y por medio de todo tipo de violencias y destrucciones, constituir un gobierno soviético. Afortunadamente, el plan fue descubierto y frustrado en su mayor parte, de modo que quedó a salvo la  Capital, y el gobierno se encontró en condiciones de poder con éxito dispersar y destruir los grupos de comunistas que por sorpresa habían logrado ocupar ciudades y pueblos en la región occidental, cometiendo todo tipo de devastación, violencias y masacres[40].
De los comunistas fueron asesinados varios miles (se calculan alrededor de seis mil) bajo la metralla de las tropas gubernamentales; muchos otros, incluyendo a los líderes, fueron capturados y fusilados.
Tres cosas son dignas de consideración: 1. Que la religión no fue tocada por los terroristas; 2. Que entre los comunistas hay muchos rusos, polacos y checoslovacos, vendedores ambulantes improvisados; 3 Que el Gobierno se consideró suficiente para erradicar la terrible incursión, sin la participación de las tropas extranjeras, que acudieron rápidamente en unidades navales Inglesas y americanas de los Estados Unidos y también de las otras repúblicas centroamericanas.
Antes de terminar debo añadir que el Comunismo encontró campo propicio para sus malas obras, en el hecho, por desgracia cierto, que la gran mayoría de los trabajadores agrícolas salvadoreños se encuentra desde hace mucho tiempo en miserables condiciones económicas: población muy densa, obligada a vivir de la tierra, y sólo de la tierra, porque no hay industrias; y por otra parte, un puñado de grandes terratenientes, enriquecidos a expensas de un trabajo “mesquinísimamente” remunerado[41].
Los trágicos acontecimientos de los últimos días, aunque tarde, han abierto los ojos a las autoridades. El arzobispo de San Salvador, con una bellísima y oportuna Carta [dirigida] a los Jefes y Propietarios […][42], llama la atención sobre las grandes enseñanzas de la Iglesia: las autoridades civiles se proponen sancionar nuevas leyes favorables al Trabajador y a los que no tienen nada.»[43]

Este es el planteamiento de la cuestión de la masacre de 1932. Al leer el texto de la carta se nota el contraste entre la percepción de que se trata de una revuelta comunista y la constatación de que eso es posible debido a las condiciones miserables en que viven los trabajadores urbanos, campesinos e indígenas. Esta fuente primaria también arroja luz acerca de la cantidad de personas asesinadas, la cifra mencionada son seis mil personas, lo cual es ya un genocidio. También deja clara la injerencia extranjera en los asuntos internos de la realidad social salvadoreña.
El movimiento popular organizado fue diezmado con la masacre[44]. Hubo que esperar hasta la década de los 70 para apreciar un resurgimiento de las organizaciones sociales. Dicho en modo sintético:

«Esta represión del año 32 se impuso como la salida fácil a los problemas nacionales. De allí en adelante, con pocas excepciones, los dirigentes del país ―una insana mezcla de poder militar y poder económico― conjuraron cualquier amenaza al status quo, real o imaginada, mediante la represión y un estricto control social. Pero el recurso no podía funcionar por siempre. A finales de la década de 1970 emergieron una serie de movimientos muy diversos, pero dispuestos a quebrar el sistema de dominación hasta entonces vigente. Quizá no tenían mucha claridad sobre los cambios a realizar, pero sí estaban muy seguros de lo que ya no querían. Intelectuales, religiosos, obreros y estudiantes se movilizaron en la ciudad, pero algunos organizaron núcleos en el campo. Muy importante fue la movilización campesina. Las ideas revolucionarias llegaron al campo no tanto en los manuales marxistas, sino en los Evangelios con la Teología de la Liberación; quizá por esto encontraron tanto eco en los campesinos, seguramente más familiarizados y receptivos con Jesús que con Marx»[45].

4.      Conclusión

Hay acontecimiento fundantes en el proceso histórico de un pueblo. En este sentido los acontecimientos en torno a la masacre que inició el 22 de enero de 1932, constituyen una fractura en la sociedad salvadoreña. El origen del concepto de nación en El Salvador y su consiguiente nacionalismo, está teñido de sangre. Es una marca que enfrenta a la clase acomodada y a los sectores populares, una fractura aun no sanada en nuestro país. Al respecto, decimos lo siguiente:
a.       El golpe de estado que se da entre el 2 y el 5 de diciembre de 1931 y la masacre de campesinos iniciada el 22 de enero de 1932, deben ser vistos como acontecimientos relacionados y no separados.
b.      Independientemente de la cantidad de personas que fueron asesinadas a partir del 22 de enero de 1932, ya sea que se hable de seis mil, según la fuente vaticana, o 30,000, como cifra mayoritaria en otras fuentes, en todo caso se trata de un genocidio, es decir, del asesinato de una parte significativa de una determinada población.
c.       La Iglesia Católica conocía del estado de injusticia en que se encontraban los trabajadores de la época, pero fue su doctrina anticomunista la que le impidió actuar en defensa de los desposeídos. Su discurso moralizante por medio de cartas pastorales o circulares no fueron suficientes para detener el genocidio.
d.      La falta de opción en la Iglesia Católica de 1932 contrasta con la acción social que realizará la misma a partir de la década de 1970, mucho más apegada al derecho y a la doctrina social de la Iglesia. Es decir, mucho más consecuente.
e.       En la medida que no se resuelvan los graves conflictos como la masacre de 1932 y no se condene públicamente a los responsables, en esa media quedarán impunes los casos de crímenes de lesa humanidad, lo cual incluye el asesinato de obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, catequistas y lideres comunitarios ―católicos y evangélicos―.
f.       Por tanto, hay una débil construcción de la nación y, por consiguiente, un falso nacionalismo, cuyo romanticismo no logra superar su estatus criminal.



[1] Lo que reproducimos a continuación lo pueden encontrar en: J. V. Chopin, Teología del martirio cristiano. Implicaciones socio-eclesiales, Fundacultura, San Salvador 2018, 341-353.
[2] Para una amplia y actualizada contextualización véase: C. G. López Bernal (dir.), El Salvador. Historia Contemporánea 1808-2010, Fundación Mapfre/Editorial Universitaria, San Salvador 2015.
[3]Cfr. E. Galeano, Las venas abiertas de América Latina, Siglo XXI, Madrid 2003, 145.
[4]Cfr. R. Dalton, Miguel Mármol, UCA Editores, San Salvador, 1997.
[5]Cfr. L Bethell, Historia de América Latina, vol. 14: América Central desde 1930, Crítica, Barcelona 2001, 54.
[6]Cfr. T. Anderson, El Salvador 1932, EDUCA, Costa Rica 1982, 60-61.
[7] Es un modo de decir, ya que en ese período los procesos democráticos estaban sistemáticamente viciados.
[8] La cifra exacta de la masacre hasta la fecha no ha logrado establecerse.
[9]Cfr. R. Dalton, Miguel Mármol, 313; véase además: O. Martínez Peñate – M. E. Sánchez, El Salvador. Diccionario: personajes, hechos históricos, geografía e instituciones, Nuevo Enfoque, San Salvador 2004, 28.
[10]Cfr. R. Dalton, EL Salvador (monografía), UCA Editores, San Salvador 1989, 106.
[11]Cfr. Ibídem, 107.
[12] J. A. Belloso y Sánchez, «Circular que se ha pasado a las personas terratenientes», en Revista Eclesiástica 17 (1932, II) 8-10; la circular no pone fecha exacta, solo indica: enero de 1932.
[13] J. A. Belloso y Sánchez, Carta del Arzobispo de San Salvador a los reverendos señores párrocos y sacerdotes de la Arquidiócesis (19 de marzo de 1932), en Revista Eclesiástica 17 (1932, IV) 6.
[14] J. A. Belloso y Sánchez, «Circular que se ha pasado a las personas terratenientes», 9-10.
[15] Ibídem, 10.
[16] J. A. Belloso y Sánchez, Carta del Arzobispo de San Salvador a los reverendos señores párrocos y sacerdotes», 7.
[17] Ibídem, 9.
[18] Fue arzobispo de San Salvador del 22 de diciembre de 1927 al 9 de agosto de 1938.
[19] Giuseppe Fietta fue internuncio apostólico de Centro América entre el 27 de septiembre de 1926 y el 23 de septiembre de 1930.
[20] La carta contiene diverso errores tipográficos en su escritura, probablemente fue hecha con alguna prisa.
[21] J.A. Belloso y Sánchez, Carta al internuncio apostólico José Fietta (14 de julio de 1930), en ASV. Arch. Nunz. America Centrale, fascículo 54, folios 52-53. En esta misma carta se refiere que los trabajos de construcción de la nunciatura apostólica de El Salvador están avanzados.
[22] J.A. Belloso y Sánchez, Carta al encargado de negocios de la Santa Sede Pedro Cogliolo (7 de diciembre de 1931), en ASV. Arch. Nunz. America Centrale, fascículo 54, folios 98-99.
[23] Cfr. Revista Eclesiástica 7 (1931) 1; 9 (1931) 1-2.
[24] Este prelado visitó El Salvador el 12 de enero de 1933, cfr. Revista Eclesiástica 17 (1932, IX) 5; 18 (1933,I-II); 18 (1933, III), 2-3. El presidente M. Hernández Martínez, ya instalado en el poder y muy interesado en gozar del reconocimiento de la Santa Sede, no obstante la caracterización de teósofo que pesaba sobre él, dice en la ceremonia de recepción de las credenciales del nuevo nuncio, palabras inéditas como estas: «Mi gobierno que reconoce las importancia trascendental que entraña para todos los países del Orbe, el implantamiento de un régimen de paz y de concordia basado en la justicia y en el amor al orden y al trabajo, no puede menos recibir con beneplácito verdadero, a tan ilustre mensajero de paz», en Revista Eclesiástica 18 (1933, I-II) 13.
[25] Cfr. G. De Marchi, Le Nunziature Apostoliche dal 1800 al 1956, Editrice Vaticana, Roma 1957; D. Staffa, Le Delegazioni Apostoliche, Desclée, Cittá di Castello 1957.
[26] Ministerio de Relaciones Exteriores (Sección Diplomática), Carta a Mons. Pedro Cogliolo, del 7 de diciembre de 1931,  N.A. 800/L.D.N. 1712, en ASV: Arch. Nunz. America Centrale, 93.
[27] P. Cogliolo, Carta al Cardenal Eugenio Pacelli, Secretario de Estado del Vaticano (24 de diciembre de 1931), en ASV: Arch. Nunz. America Centrale, Fascículo 21, protocolo 88. La traducción del italiano es nuestra.
[28] P. Cogliolo, Carta al Cardenal Eugenio Pacelli, Secretario de Estado del Vaticano (24 de diciembre de 1931), en ASV: Arch. Nunz. America Centrale, Fascículo 21, protocolo 88. La traducción es nuestra.
[29] Cfr. Ministerio de Relaciones Exteriores, Condición jurídica del Gobierno del presidente Gral. Maximiliano Hernández Martínez ante la Constitución Política de la República de El Salvador y el Tratado General de Paz y Amistad Centroamericana. Suscrito en Washington en 1923, Inprenta Nacional, San Salvador 1932. En ASV: Arch. Nunz. America Centrale, 93.
[30] Ministerio de Relaciones Exteriores, Condición jurídica del Gobierno del presidente Gral. Maximiliano Hernández Martínez, pág. 3.
[31] Justamente por eso estaría inhabilitado para ser presidente. Cfr. Ministerio de Relaciones Exteriores, Condición jurídica del Gobierno del presidente Gral. Maximiliano Hernández Martínez, pág. 10.
[32] Ministerio de Relaciones Exteriores, Condición jurídica del Gobierno del presidente Gral. Maximiliano Hernández Martínez, pág. 4.
[33] Ministerio de Relaciones Exteriores, Condición jurídica del Gobierno del presidente Gral. Maximiliano Hernández Martínez, pág. 6.
[34] Ministerio de Relaciones Exteriores, Condición jurídica del Gobierno del presidente Gral. Maximiliano Hernández Martínez, pág. 7.
[35] Citado de una versión digital, en: http://legislacion.asamblea.gob.ni/normaweb.nsf/($All)/AEB79A63CFA2D7A70625739A005F8F7C?OpenDocument. El documento fue consultado el 21 de octubre de 2015.
[36] Ministerio de Relaciones Exteriores, Condición jurídica del Gobierno del presidente Gral. Maximiliano Hernández Martínez, pág. 8.
[37] Ministerio de Relaciones Exteriores, Condición jurídica del Gobierno del presidente Gral. Maximiliano Hernández Martínez, pág. 16.
[38] Ministerio de Relaciones Exteriores, Condición jurídica del Gobierno del presidente Gral. Maximiliano Hernández Martínez, pág. 8.
[39] P. Cogliolo, Carta al Cardenal Eugenio Pacelli (4 de febrero de 1932), en ASV: Arch. Nunz. America Centrale, Fascículo 21, protocolo 89.
[40] El texto original italiano de la carta utiliza varias veces el término «strage» y esta palabra puede signifcar «desastre» o «masacre». Sólo en este caso lo hemos traducido por «masacre», pues en las otras partes del texto y leído en su contexto literario parece referirse a desastres en en sentido lato.
[41] Hemos querido dejar el adjetivo «mesquinísimamente», aunque sea incorrecto, para que se note la intensidad con que habla del argumento el texto. El entrecomillado en la traducción es nuestro.
[42] Por desgracia, al concluir esta investigación, no tuvimos delante la Carta del arzobispo de la que habla el texto.
[43] P. Cogliolo, Carta al Cardenal Eugenio Pacelli (4 de febrero de 1932), en ASV: Arch. Nunz. America Centrale, Fascículo 21, protocolo 89. La traducción es nuestra.
[44] Cfr. R. Roque Baldovinos, «La cultura», en C. G. López Bernal (dir.), El Salvador. Historia Contemporánea 1808-2010, 353.
[45] C. G. López Bernal, «Las claves de la historia de El Salvador», en Id (dir.), El Salvador. Historia Contemporánea 1808-2010, 36-37.

lunes, 12 de noviembre de 2018

MONSEÑOR ROMERO Y LOS JÓVENES



Por. Juan Vicente Chopin[1]

La concepción que tiene Mons. Romero de los jóvenes es de tipo vocacional. En su magisterio están íntimamente relacionadas la idea de que haya más jóvenes candidatos para el sacerdocio y la idea de que ellos pueden aportar mucho a la transformación del mundo actual. Esas dos ideas las contextualiza en la situación socio-política que está viviendo El Salvador y en el magisterio eclesiástico latinoamericano, en particular el n. 15a del documento de Medellín (apartado Juventud) y el n. 1129 del documento de Puebla, a partir de los cuales inicia la construcción de una Iglesia pobre, misionera y pascual, en la que tienen un lugar privilegiado los pobres y los jóvenes. En ese sentido, el artículo presenta brevemente el contexto del tema en cuestión y en seguida desarrolla dos aspectos, por una parte, la importancia de las vocaciones en el magisterio de Mons. Romero y por otra el aporte que los jóvenes pueden dar a transformación social[2].

1.      Los pobres y los jóvenes en el corazón de Mons. Romero
Los argumentos que Mons. Romero aborda acerca de los jóvenes en sus homilías como arzobispo, se enmarcan, desde el punto de vista histórico, en la situación socio-política que está viviendo El Salvador, entre 1977 y 1980. Se trata de una guerra civil entre el ejército militar del Estado salvadoreño y las organizaciones revolucionarias del movimiento de izquierda. El punto aquí no es describir esa parte de la historia salvadoreña, sino poner de manifiesto que ambos ejércitos ─el estatal y el guerrillero─ requieren la incorporación de personas jóvenes para poder lograr sus objetivos militares. Evitar eso, era una preocupación recurrente en Mons. Romero, la cual lo lleva a rechazar el recurso a la violencia de las partes en conflicto. En este punto Mons. Romero se encuentra en una encrucijada entre las presiones de los militares, que lo acusan de «comunista» y los guerrilleros que esperan de él una aprobación del levantamiento armado. Pero Mons. Romero no cede a ninguna de las dos partes y se mantiene fiel a la praxis del amor evangélico y a los dictados del magisterio eclesiástico.
Ahora bien, Mons. Romero es fiel a las orientaciones pastorales emanadas del magisterio latinoamericano, en particular Medellín (1968) y Puebla (1979). Sin embargo, las orientaciones de Medellín son las que más aplica, por evidentes razones cronológicas, en tanto Puebla logra aplicarlo solamente el último año de su vida como arzobispo de San Salvador.
Así, el punto de partida de su ministerio al frente de la arquidiócesis de San Salvador es el numeral 15a de Medellín, en el cual se afirma: Que se presente cada vez más nítido en Latinoamérica el rostro de una Iglesia auténticamente pobre, misionera y pascual, desligada de todo poder temporal y audazmente comprometida en la liberación de todo el hombre y de todos los hombres[3].
De momento hay que resaltar dos aspectos. En primer lugar, el n. 15a forma parte del sub-apartado V de Medellín, en que se trata de la Juventud; por tanto, se da por supuesto que en América Latina la configuración histórica de la Iglesia no es posible sin la participación activa de los jóvenes. En segundo lugar, Mons. Romero asume la triple caracterización de la Iglesia ─ pobre, misionera y pascual ─ como presupuesto de su ministerio episcopal en la arquidiócesis de San Salvador y aplica el concepto de liberación así como aparece en el magisterio de Pablo VI. Estos argumentos son claramente asumidos en su primera carta pastoral:
«Cuando he llamado “hora pascual” a este momento de nuestra Arquidiócesis, pensaba en toda esta exuberante potencialidad de fe, esperanza y amor de Cristo resucitado –viviente y operante- ha provocado en los diversos sectores de nuestra Iglesia particular y aún en sectores y personas que no pertenecen ni participan todavía en nuestra fe pascual. Con emoción de pastor me doy cuenta de que la riqueza espiritual de la Pascual, la herencia máxima de la Iglesia, florece entre nosotros y que ya se está realizando aquí el deseo que los Obispos expresaron en Medellín al hablar a los jóvenes:
“que se presente, cada vez más nítido, en América Latina, el rostro de una Iglesia auténticamente pobre, misionera y pascual, desligada de todo poder temporal y audazmente comprometida en la liberación de todo el hombre y de todos los hombres”»
[4].

En realidad, Mons. Romero le está dando continuidad al magisterio de Mons. Luis Chávez y González, quien había afirmado antes: «En la variedad de riqueza de las distintas Iglesias particulares el Espíritu Santo descubre y realiza la fisonomía y la vocación de la Iglesia: pobre, misionera, pascual, libre de todo poder humano y audazmente comprometida en la liberación de todo el hombre y de todos los hombres»[5]. En este sentido, Mons. Romero asume el magisterio de Mons. Luis Chávez y González y hace las debidas aplicaciones en el contexto de la guerra civil salvadoreña.

El otro documento latinoamericano que Mons. Romero tiene de referencia es el documento de Puebla. En la cuarta parte del documento, en la que se trata acerca de la Iglesia misionera al servicio de la evangelización en América Latina, se afirma lo siguiente: Así aparece palpable en América Latina la pobreza como sello que marca a las inmensas mayorías, las cuales al mismo tiempo están abiertas, no sólo a las Bienaventuranzas y a la predilección del Padre, sino a la posibilidad de ser los verdaderos protagonistas de su propio desarrollo[6].
Pero el numeral que más llama la atención a Mons. Romero es el n. 1132, en el cual se afirma: Los pobres y los jóvenes, constituyen, pues, la riqueza y la esperanza de la Iglesia en América Latina y su evangelización es, por tanto, prioritaria. Es decir, ambos segmentos de la población son indispensables en el proceso evangelizador. Así lo afirma en una de sus homilías:
Los pobres son un signo en América Latina. Las mayorías de nuestros países son pobres y, por eso, están capacitadas para recibir estos dones de Dios y, llenos de Dios, ser capaces de transformar sus propias sociedades. Me gusta que, junto con los pobres, Puebla dice que este signo es también de los jóvenes. Queridos jóvenes, ustedes son, como los pobres en América Latina, los signos de la presencia de Dios. Nuestra Iglesia siente un cariño especial, una responsabilidad especial por la mayoría pobre y por los jóvenes. Jóvenes y pobres van a reconstruir nuestra patria, confiemos de verdad que así ha de ser si nos disponemos como pueblo pobre y como pueblo joven, que lo es en su inmensa mayoría, a que la resurrección del Señor encuentre en esos dos grandes signos de El Salvador, pobres y jóvenes, los elementos capaces de reconstruir. No desesperemos, porque si esta es la esperanza de América Latina, en El Salvador hay mucha esperanza porque hay muchos pobres y muchos jóvenes (Homilía: 17 febrero 1980).

Mons. Romero cifra las esperanzas de construcción del tejido social salvadoreño en el aporte de los pobres y los jóvenes, porque en nuestro país constituyen la mayoría de la población y porque en ellos ha puesto Dios su mirada.    
En resumen, si por una parte la lógica pragmática y asesina de la guerra civil consume a los jóvenes y a los pobres, por otra parte, en la visión de Mons. Romero, son ellos los que, organizados, con juicio crítico e inspirados por el Espíritu Santo, «van a reconstruir nuestra patria».

2.      El joven, protagonista en un pueblo sacerdotal

La vocación y misión de los jóvenes, según Mons. Romero, se enmarca en la misión que la Iglesia tiene en la historia, en cuanto pueblo sacerdotal, incluso la vocación y misión que se desarrolla en el ámbito socio-político.

En su propuesta eclesial, Mons. Romero respeta la estructura formal y tradicional del desarrollo de la vocación en la Iglesia. Es decir, la primera forma de pertenencia a la Iglesia es el bautismo y ese bautismo debe ser asumido conscientemente en el sacramento de la confirmación. Esta es una idea muy frecuente en la predicación de Mons. Romero. Por ello, cuando realiza el sacramento de la confirmación en alguna comunidad, suele decir: que la edad de la confirmación tenía que ser esa, la de la juventud. Es un sacramento de juventud (Homilía: 25 septiembre 1977). Al mismo tiempo, el ejercicio práctico de dicha toma de conciencia debe hacerse en los ambientes normales y cotidianos de la existencia humana, sin buscar expresiones extraordinarias, buscando llegar a todos los ámbitos de la vida social:

Por eso, hermanos, es necesario que a la luz de Cristo Rey, examinemos que esas tres categorías de Cristo —profeta, sacerdote y rey— son características que el bautismo ha dado a cada bautizado para que colabore con Cristo. Como sacerdote, cada cristiano tiene que colaborar para que el mundo sea consagrado a Dios. El padre de familia, la madre de familia, los jóvenes, los niños, los bautizados, todos tienen que sentirse pueblo sacerdotal y hacer que su hogar, su empresa, su hacienda, su finca, su negocio, su trabajo, su taller, todo sea iluminado por esta realeza de Cristo, nuestro Señor (Homilía: 20 noviembre 1977).


Sin embargo, se evidencia que para Mons. Romero la pertenencia a la Iglesia no es solo una formalidad de tipo estructural. Más bien le da un sentido sobrenatural, es decir, para él el trabajo es una forma de enaltecer a la persona humana hasta «divinizarla», en el sentido de aproximarla más a Dios: Un día, dice el Concilio, todo este pueblo sacerdotal: religiosas, matrimonios, jóvenes universitarios, profesionales, campesinos, obreros, jornaleros, señoras del mercado, todo lo que es pueblo de Dios necesita hacer divino eso que trabaja con sus manos; ellos son pueblo sacerdotal. Ustedes le dan a todo su trabajo, en que se ganan la vida, un sentido divino, ofreciéndolo como hostias a Dios (Homilía: 28 mayo 1977).

Ese principio vocacional, que inicia con el bautismo y madura en la confirmación, debe alcanzar su plena realización en aquellos sacramentos que configuran la vida madura de un cristiano. En esta línea, Mons. Romero hizo referencias constantes a los jóvenes seminaristas y a los sacerdotes, para que ellos asumieran responsablemente su misión en la historia:

Entonces, hermanos, nos interesa mucho que estos jóvenes, diocesanos o religiosos, se formen en estas ideas santas de la Iglesia actual; que sean sacerdotes de su tiempo, que sean sacerdotes que defienden los derechos de Dios en medio de los hombres que son imagen de Dios, que sean verdaderamente los heraldos de un Evangelio del que Cristo dijo: “La verdad os hará libres”, de un Evangelio sin ataduras, de un Evangelio auténtico, de renovación; y, al mismo tiempo, sean el ejemplar auténtico de ese Evangelio que predican; sacerdotes santos, sacerdotes que su misma presencia arrastre hacia Cristo a los hombres, sacerdotes que sean en sus comunidades verdadero fermento de un cristianismo como lo necesitamos hoy. Gracias a Dios, hermanos, tenemos muy buenos sacerdotes y quisiéramos que nuestros seminaristas estudiaran su sublime ideal (Homilía: 28 mayo 1977).

Aunque estamos hablando de la doctrina tradicional de la Iglesia acerca de la vocación y misión de un cristiano en el mundo, sin embargo, la situación socio-política que vive El Salvador en ese momento, hace de lo ordinario algo extraordinario, en el sentido de la peligrosidad que comporta en esos años dar testimonio del Evangelio. Por ello, Mons. Romero habla con claridad a sacerdotes y seminaristas, para que asuman con parresía (valentía) su ministerio sacerdotal:

La misión del sacerdote tiene que ser muy grande para que así la traten, como trataron a Jesús, como trataron a los apóstoles. El ministerio de la Iglesia siempre será perseguido; no tenemos que extrañarnos de llamar a la Iglesia perseguida, si es una de sus notas históricas. Y los sacerdotes tenemos que estar dispuestos al martirio, a la persecución; y a los jóvenes seminaristas de hoy me gusta oírles decir que hoy sienten más ganas de su sacerdocio, se sienten más atraídos a esta obra que no es de apoltronados, de comodones, sino que es de héroes, de valientes, de seguidores de Cristo hasta la cruz (28 mayo 1977).

Algo muy importante en la cita anterior es que Mons. Romero considera que en El Salvador, una nota histórica de la Iglesia es el ser perseguida. Entonces la Iglesia no es solo una, santa, católica y apostólica; es también «perseguida». Es decir, no es algo transitorio en ella o meramente estético, sino un aspecto ínsito a su naturaleza sacramental. En este punto Mons. Romero no sólo exhortó a sus fieles a vivir con heroísmo su fe cristiana, sino que camina delante de la comunidad, testimoniando en primera persona aquello que predica. Y todo ello engrandece el ministerio sacerdotal, lo hace más creíble: Y ahora cuando los sacerdotes somos perseguidos, calumniados y hasta asesinados, sentimos que esas figuras sacerdotales se agigantan y hay muchos jóvenes que sienten el impulso de la vocación (Homilía: 28 mayo 1977).

Finalmente, Mons. Romero tiene frecuentes alusiones a la manera cómo los jóvenes deben vivir su compromiso político y su militancia en las organizaciones populares:

De allí, queridos jóvenes, si ustedes pertenecen a organizaciones políticas populares, magnífico; pero que sean cristianos. No se olviden que, al ir a confundirse con el pueblo en general, con las organizaciones populares, ustedes llevan un compromiso especial. Ustedes, además de ser pueblo de El Salvador, son pueblo elegido de Dios, pueblo sacro, consagrado a Dios, pueblo amado de Dios. No pierdan ese amor haciendo locuras que, talvez, les pueden imponer otras ideologías. Sepan ser fermento en sus organizaciones; sepan dar su compromiso político sin traicionar el amor que Dios les tiene como pueblo de Dios; sepan ser, donde quiera que vayan, familia de Dios. Así como no nos avergonzamos de nuestro hogar estando donde estemos, tampoco nos hemos de avergonzar ni sentirnos menos porque somos cristianos, ante otros que se vanaglorian de su poca fe (Homilía: 30 diciembre 1979).

Digna de resaltar es la  invitación que hace a los jóvenes a no perder su identidad cristiana incluso cuando son miembros del movimiento revolucionario. Pero les hace un claro llamado a ser fermento en la masa. Aun cuando los jóvenes participen en las organizaciones populares, ellos, al mantener firme su fe, siguen formando parte del Pueblo de Dios.
De modo que Mons. Romero no se opone a que los jóvenes participen en los procesos de liberación, pero exhorta a dicha liberación sea llevada a cabo desde los principios evangélicos y no solamente a partir de motivaciones intramundanas o inmanentes, sino inspirados por el Espíritu de Dios:

Por eso, no me canso de decir a todos los hombres, sobre todo, a los jóvenes que anhelan la liberación de su pueblo, que admiro su sensibilidad social y política, pero que me da lástima que la gasten por caminos que no son los verdaderos; que la Iglesia les está diciendo: por este camino, por el de Cristo. Pongan todo su empeño, toda su entrega, todo su sacrificio, hasta el afán de morir, pero muriendo por la causa de la liberación verdadera, que la ha garantizado aquel que está empapado del Espíritu de Dios y que no nos puede dar caminos de engaño; el que puede asumir todas las preocupaciones liberadoras, reivindicativas del pueblo, que son gritos que claman hasta Dios y que Dios tiene que escucharlos (Homilía: 27 enero 1980).


En el contexto en que dio esas declaraciones era difícil que escucharan a Mons. Romero, pero en ese momento era la única voz que clamaba por una sociedad  justa y pacífica, de ahí su empeño por alejar a los jóvenes del influjo negativo de las fuerzas que contendían en la guerra: Por más grandes que sean las preocupaciones y las responsabilidades de las luchas por el pueblo, no nos quedemos así, con energías inmanentes, sin trascendencia. Yo quisiera que hubiera muchos políticos, muchos jóvenes y hombres que se organizan, pero con un gran profundo sentido cristiano, y que llevaran este testimonio de trascendencia a este proceso de nuestro pueblo, que hoy, más que nunca, necesita el testimonio cristiano (2 marzo 1980).

3.      Los jóvenes, esperanza para el mundo

Según Mons. Romero, Dios tiene un designio sobre esa juventud de El Salvador (Homilía: 16 octubre 1977). Ahora bien, para poder forman parte de ese designio, los jóvenes deben responder a una pregunta fundamental: esto es lo más importante de vuestras vidas, queridos jóvenes: ¿para qué me quiere Dios? Y saber discernir por encima de todos los considerandos económicos y familiares: ¿para qué me quiere Dios? (Homilía: 30 diciembre 1979).

En definitiva, aquello que permite a un joven concretar su vocación es responder a las preguntas fundamentales de la vida. De tal mondo, que la vocación cristiana en general, que nace con el bautismo, debe concretarse en un proyecto de vida, por medio del cual el joven encuentra su justa colocación en el entramado histórico. Así lo piensa Mons. Romero:

Queridos hermanos, sobre todo ustedes, queridos jóvenes y niños, pregúntense como los Magos: “¿Esta es mi estrella?, ¿dónde está la realización plena de mi vida?, ¿dónde me quiere el Señor?”. La vocación la tenemos todos. No nace un hombre ni una mujer sin vocación de Dios. Todos tenemos un puesto en la historia, conocer ese puesto y desarrollarse allí es realizar su propia personalidad. Seamos felices buscando siempre para qué me quiere Dios (Homilía: 6 enero 1980).


Se trata de una cuestión escatológica, en cuanto que la categoría que rige este designio es la esperanza. De hecho, Mons. Romero sostiene que los jóvenes son esperanza de que en El Salvador hay fuerza salvífica de Dios encarnada también en los hombres (Homilía: 23 diciembre 1979). Y el cometido no es otro que la implantación del reino de Dios (Homilía: 24 septiembre 1977). Y no se trata de ser meros espectadores, sino de involucrarnos en el proceso de construcción: A ustedes, que en sus hogares como padres de familia, como madres de familia, como jóvenes en el mundo, están viviendo la belleza de esta hora cargada de esperanzas, sean protagonistas de la historia de la Iglesia. Préstenle todos sus brazos, toda su fuerza, todo su corazón (Homilía: 24 septiembre 1977).

Sin embargo, Mons. Romero identifica algunos aspectos que pueden obstaculizar la realización de ese reino, es decir, menciona algunos elementos que conforman el anti-Reino, entre ellos menciona: la violencia, los vicios y la tecnología.


Cuidado, hermanos, hay muchos, sobre todo entre los jóvenes, que ya no creen en las fuerzas espirituales y se lanzan a la guerrilla, y se lanzan al secuestro, y se lanzan a la violencia, como si ahí estuviera la solución. Cómo quisiera yo desvirtuar todas esas falsas idolatrías, que al fin y al cabo no son más que debilidades de la carne y que no conducen a nada bueno, para poner en cambio en el corazón de los guerrilleros, de los violentos, de los que atropellan, de los que torturan, de los que ponen su fuerza en el dinero, en la política, que la fuerza solamente viene de Dios; y que solo la fe es capaz de trasladar montañas y de hacer felices a los pueblos y a la historia (Homilía: 2 de octubre 1977).

En la visión de Mons. Romero lo que está sucediendo en ese momento en El Salvador no es solamente un conflicto social. La situación él la lee desde un punto de vista teológico, en el sentido de que considera que las personas, y en este caso los jóvenes, están idolatrando las realidades del mundo. La actitud correcta según él no es solo un compromiso social, sino un compromiso social desde la fe cristiana y sus valores.

Por otra parte, Mons. Romero distingue entre pobreza digna y pobreza indigna. Cuando explica la segunda da por supuesto que muchas personas viven su pobreza en modo acrítico, es decir sin preguntarse las causas de la misma. De ahí su afán por concientizar a los pobres, para que sean ellos protagonistas de su liberación y por supuesto, en esa tarea incluye a los jóvenes:

Jóvenes que me escuchan, no está allí la felicidad: en la droga, en el aguardiente, en la prostitución, en el robo, en el crimen, en la violencia. No, son bellotas de cerdos. Jamás te vas a sentir satisfecho. Fíjense cómo hay una pobreza pecadora. La pobreza del hijo pródigo era fruto de su propia mala cabeza. Y cuando la Iglesia se llama la Iglesia de los pobres, no es porque esté consintiendo en esa pobreza pecadora. La Iglesia se acerca al pecador pobre para decirle: conviértete, promuévete, no te adormezcas. Tienes que comprender tu propia dignidad. Y esta misión de promoción que la Iglesia está llevando a cabo también estorba; porque a muchos les conviene tener masas adormecidas, hombres que no despierten, gente conformista, satisfecha con las bellotas de los cerdos.
La Iglesia no está de acuerdo con esa pobreza pecadora. Sí, quiere la pobreza, pero la pobreza digna, la pobreza que es fruto de una injusticia y que lucha por superarse, la pobreza digna del hogar de Nazareth. José y María eran pobres, pero qué pobreza más santa, qué pobreza más digna. Gracias a Dios tenemos pobres también de esta categoría entre nosotros, y desde esa categoría de pobres dignos, pobres santos (Homilía: 11 septiembre 1977).


Podríamos decir, en este segundo aspecto, que Mons. Romero se santifica concientizando a los pobres y su santidad los dignifica. Muy pocas veces en la historia de El Salvador un pastor estuvo tan cerca de los marginados. En este sentido, Mons. Romero hace, como dice la Carta a los Hebreos (5,1), de puente entre Dios y los hombres; en él Dios se acerca a los pobres y los pobres se acercan a Dios. Es la sacramentalidad más diáfana y la más fecunda.

El tercer aspecto que Mons. Romero considera nocivo para la realización de los jóvenes es el mal uso de los recursos tecnológicos y en esto hay que decir que Mons. Romero se adelantó en mucho a sus colegas sacerdotes y obispos. Cuando él era sacerdote en la diócesis de San Miguel hizo declaraciones muy clarividentes al respecto.

Probablemente por su sensibilidad a los medios de comunicación, Mons. Romero desarrolla una visión crítica de la relación que los jóvenes deben establecer con los dispositivos electrónicos y digitales. Más que todo advierte del vaciamiento moral y espiritual que una persona puede padecer si se deja dominar por el influjo de los objetos electrónicos:

«…la vida moderna ha robado el tiempo a los valores espirituales: la carrera vertiginosa de la vida sigue el ritmo de la edad maquinaria que vivimos. El hombre está orgulloso de este adelanto técnico… sin embargo es necesario detenerse de vez en cuando unos minutos para orar. El hombre que no tiene tiempo para orar se ha hecho una máquina… solo es hombre el hombre que se sobrepone a la máquina y el vértigo moderno para sentirse en la serenidad de la plegaria un hijo de Dios»[7]

En estos momentos de la historia sus palabras acerca de la tecnología resultan proféticas, dominados como estamos por ella. Con una lucidez que impresiona afirma: La fuerza más potente del mundo no es el vapor, sino la fe. La energía más valiosa del mundo no es la electricidad sino el amor. El ideal más digno del hombre no es el campeón de boxeo, sino el santo. El tesoro más sublime del hombre no es la máquina, sino el alma[8]. Lo más sorprendente es que estas ideas las dijo cuando era un joven sacerdote.

Ya siendo obispo mantenía sus puntos de vistas al respecto, dejando claro que él tenía mucho respeto también de la ciencia y la tecnología:


Anoche, en una bellísima ceremonia, la graduación de los bachilleres del tecnológico de los salesianos, llena la iglesia de María Auxiliadora, yo les decía a los jóvenes: jóvenes, la Iglesia no les va a arrebatar su cultura y su técnica. Es la primera en respetar la autonomía de todas las culturas y de todas las técnicas. Pero sí quisiera decirles, como mensaje de la Iglesia, que se gloríen no solo de su técnica, que se gloríen de haberse educado en un colegio católico, y que le den inspiración cristiana a todo lo que ustedes van a hacer y valer en el mundo. Que no sean ya la vieja civilización del tanto vales, cuanto tienes. El hombre hoy no vale por lo que tiene, sino por lo que es. Y el hombre es en la medida que es cristiano, porque todo hombre se realiza en la medida en que se realiza según el modelo del Hijo del hombre, Cristo, nuestro Señor (23 octubre 1977).

Estas mismas palabras, dichas en el presente histórico, retoman mucha actualidad, sobre todo en una era en la que muchas personas han vaciado su alma en los dispositivos tecnológicos y se mueven como narcotizados por los Smartphone, a los cuales han ofrendado su inteligencia.


4.      Conclusión
Durante el ejercicio de su ministerio arzobispal en San Salvador, para Mons. Romero las fuerzas principales de transformación social y eclesial son los pobres y los jóvenes. La razón más evidente es porque constituyen los grupos humanos más numerosos de la sociedad salvadoreña. Pero también porque eran los sectores más golpeados por la situación socio-política. Los movimientos armados en beligerancia usaban a los jóvenes para sus propósitos militares.
La vocación y misión de los jóvenes en la sociedad y en la Iglesia se lleva a cabo si ellos forman parte en modo consciente del pueblo sacerdotal o Pueblo de Dios. Para pertenecer a ese pueblo se requiere el bautismo para formar parte de la estructura visible de la Iglesia, pero supone además un proceso de concientización que tiene su primer nivel en el sacramento de la confirmación y su culminación en una vocación más madura, que puede ser el sacramento del sacerdocio. Este sacerdocio no puede ser visto como una forma de acomodación, sino que supone heroicidad y valentía al punto de ofrendar la vida si es necesario.
Los factores que según Mons. Romero impedían a los jóvenes la construcción del Reino de Dios en esos años eran la violencia, los vicios y la tecnología. Para poder vencer estas tentaciones los jóvenes deben desarrollar un espíritu crítico, con el fin de salir del estado de adormecimiento a los que estaban sometidos. Muy importantes son sus observaciones relativas al mal uso de la tecnología, que puede llegar incluso al vaciamiento espiritual de la persona.
Mons. Romero no se oponía a que los jóvenes participaran el las organizaciones sociales, pero siempre les exigió que no perdieran su identidad cristiana. La liberación que les predicó siempre sintonizó con la visión que de ella tenía el Papa Pablo VI, una liberación de todos los hombres y de todo el hombre.
Mons. Romero, hasta la fecha aun fascina a muchos jóvenes, ya sea por la crisis de liderazgos que vive nuestra sociedad como por la admiración que sienten de su talante profético. De modo que asumir en la propia vida las virtudes que llevaron a Mons. Romero hasta el martirio sigue siendo una fuente de inspiración en una cultura light y líquida, en la que el placer y la superficialidad campean, con su falta de compromisos y con una concepción del tiempo inmediatista, sin memoria histórica; con un concepto de realidad virtual que casi nunca desemboca en compromisos concretos a favor de los marginados y descartados de la historia.



[1] Director del Doctorado en Teología de la Universidad Don Bosco.
[2] He tomado como fuente primaria para redactar este artículo las homilías de Mons. Romero, cuando fue arzobispo de San Salvador, entre 1977 y 1980.
[3] Celam, Documento Medellín (Juventud), n. 15ª.
[4] O. A. Romero, Primera Carta Pastoral Iglesia de la Pascua (10.04.1977).
[5] Luis Chávez y González, Quincuagésima Primera Carta Pastoral Acerca de la celebración de la Primera Semana Arquidiocesana de Pastoral (30 de noviembre de 1975), pág. 16.
[6] Celam, Documento Puebla, n. 1129.
[7] O. A. Romero, «El primer mandamiento y la oración», en Semanario Chaparrastique, N° 2025 (14 de agosto de 1954), pág. 325-326.
[8] O. A. Romero, «Si habéis resucitado con Cristo», en Semanario Chaparrastique, N° 1766 (9 de abril de 1949), pág. 143-144.

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