viernes, 16 de mayo de 2014

ROQUE DALTON EN LA MEMORIA DE JULIO CORTÁZAR




Por: Juan Chopin.

El nacimiento y la muerte de Roque Dalton se dan en el mes de mayo, a cuatro días de diferencia. Esto inevitablemente induce a pensar en el sentido peculiar del tiempo en la poesía, situado entre la fantasía y la realidad. Sin embargo, a sus cuarenta años Roque ya era el poeta que nosotros sabemos que es, mientras sus asesinos se niegan a asumirse responsablemente ante el juicio implacable del tiempo histórico.
Roque nació el 14 de mayo de 1935 y a 79 años de su nacimiento, su legado sigue vivo. Lo era ya, en la memoria de Julio Cortázar, cuando entre octubre y noviembre de 1980 en calidad de profesor invitado en la University  of California, Berkeley, en una de sus clases hizo una interesante descripción del poeta salvadoreño. Aquí hacemos eco de una reciente publicación de esas clases.
Pepe Durand, el amigo de Julio Cortázar, había logrado convencer al poeta argentino de visitar dicha universidad. Para entonces, Cortázar ya parecía haber superado su punto de vista de evitar caer en la «fuga de cerebros» y su negativa a visitar los Estados Unidos de Norteamérica,  mientras aplicara su política imperialista hacia América Latina y el mundo.
En su cuarta clase, en la que trataba acerca del cuento realista –en las tres anteriores había tratado del oficio de escritor y del cuento fantástico- hizo alusiones a Roque Dalton. Las clases suponían una metodología simple. Cortázar explicaba en modo magistral algún aspecto y luego daba oportunidad a los estudiantes para que preguntaran. En esta dinámica de trabajo, el autor de Rayuela, para ejemplificar el cuento realista, leyó su cuento Apocalipsis de Solentiname, dedicado a la comunidad que el poeta Ernesto Cardenal había organizado en una de las islas del Gran Lago de Nicaragua. Antes de leer el cuento, adelantó que la lectura finalizaría con una alusión al poeta Roque Dalton, de quien da su primera descripción: «Hacia el final hay una referencia a un gran poeta y un gran luchador en América Latina que se llamó Roque Dalton, poeta salvadoreño que combatió durante muchos años por lo que en este momento está combatiendo gran parte del pueblo de El Salvador y que murió en circunstancias oscuras y penosas que alguna vez se aclararán pero sobre las cuales no se tiene todavía una información suficiente. Hay una mención de Roque Dalton, que yo amé mucho como escritor y como compañero de muchas cosas».
El cuento en cuestión, según Cortázar, es el más realista que haya podido imaginar o escribir porque está basado en gran medida en algo que él vivió, su visita a San José de Costa Rica y a Nicaragua. Hay que decir, que Cortázar no acepta el tipo de fantasía de ficción o de imaginación que gire en torno a sí misma y nada más y que experimenta el escritor que únicamente hace un trabajo de fantasía y de imaginación, escapando deliberadamente de una realidad que lo rodea, lo enfrenta y le está pidiendo un diálogo en los libros que va escribiendo. Se aclara, pues, que si bien el cuento Apocalipsis de Solentiname termina con un elemento totalmente fantástico —en el que está encuadrada la muerte de Roque—, sin embargo, eso no lo hace para escapar de la realidad, sino para llevar las cosas  a sus últimas consecuencias para que lo que quería decir, llegara con más fuerza al lector, para que le estalle delante de la cara y lo obligue a sentirse implicado y presente en el relato.
Así, Roque aparece citado en las dos partes del relato, en la realista y en la fantástica. En la realista, dice Cortázar, «…un yip igualmente tambaleante nos puso en la finca del poeta José Coronel Urtecho, a quien más gente haría bien en leer y en cuya casa descansamos hablando de tantos otros amigos poetas, de Roque Dalton y de Gertrude Stein y de Carlos Martínez Rivas hasta que llegó Luis Coronel y nos fuimos para Nicaragua».
En la parte fantástica, Cortázar, ya de vuelta en París, cuenta que llegado a su habitación quiso revivir sus recuerdos de la visita a Solentiname: «armé la pantalla y un ron con mucho hielo, el proyector con su cargador listo y su botón de telecomando».  En una de las imágenes que Cortázar está viendo y que va pasando con el botón del telecomando, donde se confunde fantasía y realidad, aparece la de la muerte de Roque: «Nunca supe si seguía apretando o no el botón, vi un claro de selva, una cabaña con techo de paja y árboles en primer plano, contra el tronco del más próximo un muchacho flaco mirando hacia la izquierda donde un grupo confuso, cinco o seis muy juntos le apuntaban con fusiles y pistolas; el muchacho de cara larga y un mechón cayéndole en la frente morena los miraba, una mano alzada a medias, la otra a lo mejor en el bolsillo del pantalón, era como si les estuviera diciendo algo sin apuro, casi displicentemente, y aunque la foto era borrosa yo sentí y supe y vi que el muchacho era Roque Dalton, y entonces sí apreté el botón como si con eso pudiera salvarlo de la infamia de esa muerte».
Hasta aquí el texto del cuento de Cortázar. De inmediato, uno de los estudiantes de la clase hace esta propuesta al escritor argentino: «¿Por qué no habla un poquito de Roque Dalton? Pienso que hay mucha gente que no sabe quién era». Y Cortázar gentilmente accede a la petición:
«Sí, cómo no. Roque Dalton se decía nieto del pirata Dalton, un inglés o norteamericano que asoló las costas de Centroamérica y conquistó tierras que luego perdió y conquistó también, por las buenas o por las malas, algunas muchachas salvadoreñas de donde luego descendió la familia de Roque que conservaba el apellido de Dalton. Nunca supe yo, ni los amigos de Roque, si eso era cierto o uno de los muchos inventos de su fertilísima imaginación. Roque es para mí el ejemplo muy poco frecuente de un hombre en quien la capacidad literaria, la capacidad poética se dan desde muy joven mezcladas o conjuntamente con un profundo sentimiento de connaturalidad con su propio pueblo, con su historia y su destino. En él desde los dieciocho años nunca se pudo separar al poeta del luchador, al novelista del combatiente, y por eso su vida fue una serie continua de persecuciones, prisiones, exilios, fugas en algunos casos espectaculares y un retorno final a su país después de muchos años pasados en otros lugares de exilio para integrarse a la lucha donde habría de perder la vida. Afortunadamente para nosotros, Roque Dalton ha dejado una obra amplia, varios volúmenes de poemas y una novela que tiene un título irónico y tierno a la vez; se llama Pobrecito poeta que era yo porque es la historia de un hombre que en algún momento siente la tentación de volcarse plenamente en la literatura y dejar de lado otras cosas que su naturaleza también le reclamaba; finalmente no lo hace y sigue manteniendo ese equilibrio que siempre me pareció admirable en él. Roque Dalton era un hombre que a los cuarenta años daba la impresión de un chico de diecinueve. Tenía algo de niño, conductas de niño, era travieso, juguetón. Era difícil saber y darse cuenta de la fuerza, la seriedad y la eficacia que se escondían detrás de ese muchacho.
Me acuerdo de una noche en que en La Habana nos reunimos un grupo de extranjeros y de cubanos para hablar con Fidel Castro. Era en el año 62, al comienzo de la Revolución. La reunión tenía que durar una hora a partir de las diez de la noche y duró exactamente hasta las seis de la mañana, como sucede casi siempre con esas entrevistas de Fidel Castro que se prolongan interminablemente porque él no conoce el cansancio y sus interlocutores tampoco en esos casos. Nunca me voy a olvidar de que hacia el alba, cuando yo estaba realmente medio dormido porque no aguantaba más de fatiga y de cansancio, recuerdo a Roque Dalton, flaco, muy flaco y no muy alto, al lado de Fidel, nada flaco y muy alto, discutiendo empecinadamente la manera de utilizar un cierto tipo de arma de la que no me enteré demasiado, un cierto tipo de fusil; cada uno de los dos tratando de convencer al otro de que tenía razón con toda clase de argumentos y además con demostraciones físicas: tirándose al suelo, levantándose y haciendo toda clase de demostraciones bélicas que nos dejaban bastante estupefactos.
Así era Roque: podía jugar hablando en serio porque evidentemente el tema le interesaba por razones muy salvadoreñas y a la vez era un gran juego en el que se divertía profundamente. La lectura de sus libros, tanto de poemas como de prosa —tiene también muchos ensayos, muchos trabajos de política—, es un momento importante en nuestra historia, sobre todo en la década entre el 58 y el 68. Sus análisis son siempre apasionados pero al mismo tiempo lúcidos, sus rechazos y sus discrepancias están siempre históricamente bien fundados. No era hombre de panfletos, era hombre de pensamiento y por detrás y por delante y por encima de todo eso había siempre el gran poeta, el hombre que ha dejado algunos de los poemas más hermosos que yo conozco en estos últimos veinte años. Esto es lo que puedo decir de Roque y mi deseo de que ustedes lo lean y lo conozcan más».
Esa fue la larga y reveladora respuesta que Julio Cortázar dio acerca del poeta Roque Dalton. Los cuarenta años de la vida de Roque son casi perfectos, no sólo porque lo asesinan el diez de mayo de 1975, a cuatro días de diferencia de su nacimiento, el 14 de mayo de 1935, sino por toda la descripción que ha hecho de él Cortázar, de su talante poético, de su vida y de su obra. Todas características que lo sitúan en la cúspide de la palabra comprometida con la revolución y el cambio social.
Pero como hay una hermenéutica de la muerte que sin desdeño de las muertes anónimas, las muertes ejemplares de Roque, de Ellacuría, de Romero, han de llevarnos, antes o después, al conocimiento del origen del mal en El Salvador: «Cuando sepas que he muerto no pronuncies mi nombre/porque se detendría la muerte y el reposo» (Alta hora de la noche).
(Fuente consultada: Julio Cortázar, Clases de literatura. Berkeley, 1980, Alfaguara, Madrid 2013, pp. 107-118).

miércoles, 7 de mayo de 2014

ALBERTO MASFERRER Y SU QUEHACER INTELECTUAL: UNA BÚSQUEDA SINCERA DE LA JUSTICIA SOCIAL. El libro de Víctor Guerra (Recensión)



Por: David Jacob Romero García


GUERRA REYES, Víctor Manuel, Alberto Masferrer y su quehacer intelectual: una búsqueda sincera de la justicia social.
Editorial Universidad Don Bosco, San Salvador, 2014.
82 páginas.     
ISBN: 978-99923-50-53-9.

Víctor Manuel Guerra Reyes es licenciado en Filosofía por la Universidad José Simeón Cañas, UCA, tiene Maestría en Teología y Doctorado en Filosofía Iberoamericana por la misma universidad. Es actualmente catedrático en la Escuela de Teología de la Facultad de Ciencias y Humanidades de la Universidad Don Bosco, San Salvador, El Salvador.

La obra nos muestra no sólo el pensamiento vitalista de Masferrer, sino también el intento por reconocerle la categoría de filósofo salvadoreño. En la visión del autor, «se puede decir…, que lo que en Masferrer existe es una concepción ética-filosófica del ser humano mas sugerida que explicada y sistematizada» (p. 4). Por ello, el esfuerzo mayor de la obra es mostrar criterios o metodologías que permitan visualizar las ideas filosóficas, éticas y políticas de Masferrer.

El escrito se divide en seis apartados:

1.      Antecedentes filosóficos del Vitalismo masferreriano: el Vitalismo en la filosofía Europea; el Vitalismo como corriente filosófica se ubica a finales del siglo XIX y hasta la segunda mitad del siglo XX, donde el autor destaca a tres representantes: Friedrich Nietzsche (decantado por la existencia terrenal, y construir la vida como algo absoluto. Un superhombre libre y no sometido a nada); Henri Bergson (El impulso vital trasciende la temporalidad y desarrolla la humanidad) y Ortega y Gasset (con visión raciovitalista, donde el vivir implica ocuparse de la realidad y efectuar un cambio histórico).

2.      Una aproximación al Vitalismo masferreriano. El pensamiento filosófico, ético-político de Masferrer se encuentra, según al autor, en los artículos periodísticos que publicó en el periódico Patria entre los años 1928 y 1930, donde Masferrer usa una metodología inductiva (la transformación individual provoca una transformación familiar y social), y su clave hermenéutica es la defensa de la vida. En cambio, la base cultural de Masferrer para la construcción de su pensamiento filosófico-político es el pensamiento oriental, el socialismo Fabiano y la realidad salvadoreña de finales del siglo XIX y principios del siglo XX (pp- 21-25).

3.      Valoración de la obra intelectual de Masferrer. Se puede valorar bajo 3 enfoques: en primer lugar, un enfoque oficialista (desde la visión oficial del poder político y económica de la época, Masferrer fue un poeta y esporádicamente un soñador del cambio social); un segundo enfoque contestatario (la Generación del 44 ve en Masferrer un valioso aporte a las Letras, la Poesía, el Arte, y desde ahí iluminar cambios sociales); en fin, un enfoque científico (donde se comienza a destacar la figura y pensamiento de Masferrer en las ideas de López Bernal, Casaús, Ricardo Molina, Ricardo Roque Baldovinos, Luis Alonso Aparicio, quienes aportan una visión más realista de Masferrer.

4.      La filosofía vitalista, un nuevo modo de leer a Masferrer. El punto de partida de Masferrer es la problemática social que vivían los campesinos e indígenas salvadoreños de su tiempo. Su construcción vital consiste en desarrollar la vida y desplegarla en las concreciones cotidianas de los más pobres, donde todo el poder y las ideas deben favorecer o dejarse seducir a ello.

5.      Panorama general de la obra de Masferrer. Para el autor, Masferrer proyectó tres etapas, que no son necesariamente cronológicas: Poética, Religiosa y Filosófica. Y es en los editoriales del periódico Patria donde encontramos su pensamiento Minimumvitalismo; esta sería la propuesta conceptual que, según el autor, resume la obra filosófica de Masferrer.

6.      Recepción y valoración de la obra de Masferrer. La obra de Masferrer es amplia, al igual que sus investigadores. Víctor Guerra nos muestra una visión completa de toda la obra escrita de Masferrer en donde se visualizan los tres enfoques referidos en el apartado III.

Víctor Guerra nos presenta una nueva mirada intelectual de Masferrer, donde lo filosófico puede referenciarnos una metodología de análisis de la realidad salvadoreña.

Es primordial acercarnos a los artículos aparecidos en el periódico Patria (de 1928-1930) para entender el fundamento filosófico que el autor quiere motivarnos a ver en Masferrer.

El documento no está completo, es una primera parte de la tesis doctoral de Víctor Guerra, y por ello quedan las siguientes interrogantes para ulteriores publicaciones: ¿Sobre qué criterios se sostiene la categoría de filósofo en Masferrer? ¿Es posible utilizar el método de análisis argumentativo de Masferrer para analizar la realidad actual en El salvador? ¿Cuál es la novedad filosófica que nos muestra Masferrer para la reflexión filosófica salvadoreña?

miércoles, 23 de abril de 2014

LA TEOLOGÍA DE LA LIBERACIÓN EN LIBRO DEL CARDENAL GERHARD MÜLLER


Por: Juan Chopin.

El 25 de febrero de 2014, la Libreria Editrice Vaticana, de la Ciudad del Vaticano, presentó el libro de Gerhard MÜLLER, de título: Povera per i poveri. La missione della Chiesa. Un texto de 310 páginas (ISBN: 978-88-209-9276-7).

El autor de este libro es Gerhard Ludwig Müller. Fue ordenado sacerdote por la diócesis de Maguncia (Alemania) el 11 de febrero de 1978. En 1986 fue llamado para asumir la cátedra de teología dogmática en la Universidad Ludwig Maximilian de Múnich. Fue ordenado obispo el 24 de noviembre de 2002 y ejerció su episcopado por diez años en Ratisbona. El 2 de julio de 2012, Benedicto XVI lo nominó prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y ha sido confirmado en ese cargo por el Papa Francisco, además de haber sido constituido cardenal durante el consistorio del 22 de febrero del año 2014. Por encargo de Benedicto XVI, Gerhard Müller es el encargado de dar seguimiento a la publicación de la Opera omnia de Joseph Ratzinger.

El título de la obra en la traducción castellana es Pobre para los pobres. La misión de la Iglesia. La expresión «pobre para los pobres» es una frase que recuerda el magisterio del Papa Juan XXIII, retomada por el Papa Francisco al inicio de su pontificado y en sus escritos, por ejemplo en la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, n. 198.

La edición de la obra, a cargo de Pierluca Azzaro, consta de un prefacio del Papa Francisco y tres partes. En el prefacio, Francisco utiliza un tono prudente respecto al reconocimiento de la teología de la liberación, sin embargo se mantiene coherente en su condena de la idolatría y consiguiente divinización del dinero: «el dinero y el poder económico, de hecho, pueden ser un recurso que aleja al hombre del hombre, confinándolo en un horizonte egocéntrico y egoísta» (Prefacio, pág. 6).

En la primera titulada La misión liberadora de la Iglesia, G. Müller presenta el sentido de su escrito. Se refiere a su experiencia entre los pobres de Perú  y su amistad con representantes de la teología de la liberación, en particular con Gustavo Gutiérrez, llegando a afirmar que para él «la Iglesia pobre para los pobres tiene el rostro de Gustavo Gutiérrez» (pág. 15). Menciona también a Josef Sayer y a Diego Irarrázaval vinculados a seminarios sobre teología de la liberación en el contexto peruano. El sentido de la Iglesia aquí se inspira en la narración del samaritano, se asume la fuerza histórica de los pobres (G. Gutiérrez) y se entiende como Iglesia para los otros, en la línea de la teología bonhoefferiana, donde la historia es el escenario del ejercicio de la libertad. También hay un intento de distinguir los presupuestos de la teología de la liberación con los principios marxistas y el ejercicio del comunismo. El autor busca justificar también cómo la teología de la liberación tiene vínculos con la Doctrina Social de la Iglesia del magisterio pontificio oficial. Por supuesto, se trata de minimizar el impacto que en su momento tuvieron las dos instrucciones contra la teología de la liberación, es decir, Libertatis nuntius (1984) y Libertatis conscientia (1986), firmadas en su momento por el entonces prefecto para la Congregación de la Fe, Joseph Ratzinger.

La segunda parte trata acerca de la misión evangelizadora de la Iglesia, pero más que sistematizar el tema de la misión, en cuanto actividad esencial de la Iglesia, propone el sistema de correlaciones que, en un contexto eclesial, se dan entre la fe, la esperanza y la caridad. En la concepción de G. Müller, la fe no está desvinculada de la realidad del mundo, que es visto como «lugar de epifanía» (pág. 96) y la voluntad del hombre como «lugar de revelación de los significados» (Ibíd.). En la línea de la teología de H.U. von Balthasar, la paradoja de lo eterno en el fragmento posibilita el surgimiento de la fe, así la fe «reconoce la realidad del mundo como un signo, como un fenómeno que remite a una profundidad a la cual está anclado y de la cual depende en su raíz» (pág. 98). Esta fe se hace operativa en la caridad (fides quae per caritatem operatur) y adquiere una forma escatológica en la esperanza (fides, caritate et spe formata). Para salir al paso de la crisis antropológica que vive el hombre contemporáneo, se propone una vivencia de la fe que supone una necesaria dimensión eclesial (cfr. pág. 118), vista como mundus reconciliatus (San Agustín) y como mundus reconciliams mundum (Pablo VI) (cfr. pág. 150). De modo que la fe en perspectiva eclesial supone una doble tensión: la de descubrir cómo Dios ha reconciliado consigo al humano que vive en la Iglesia y la tensión a reconocer cómo esa reconciliación se ofrece también a las personas que viven a nuestro lado (cfr. pág. 151). La recomendación es de poner en práctica los mecanismos de participación que suponen tanto el sensus fidei, como el sensus fidelium in Ecclesia, es decir, el sentido de la fe y el sentido de los  fieles en la Iglesia (cfr. pág. 165).

En la tercera parte —De América Latina a la Iglesia universal— contiene dos artículos de Gustavo Gutiérrez y uno de Josef Sayer. El primer artículo de G. Gutiérrez trata acerca de la opción preferencial por los pobres en el documento de Aparecida y el segundo presenta la espiritualidad del evento conciliar. El artículo de J. Sayer se refiere a la pobreza como desafío para la fe. Mientras G. Gutiérrez se mantiene en las líneas que caracterizan su teología al leer tanto Aparecida como el Concilio Vaticano II, J. Sayer, en cambio, pone de manifiesto cómo el contexto de pobreza ha permitido construir la amistad entre G. Gutiérrez y G. Müller.

Para un salvadoreño y para la espiritualidad latinoamericana en general, llama la atención lo que dice J. Sayer; en primer lugar, resalta el trabajo que desde tiempos de Mons. Rivera Damas y Mons. Romero realiza la oficina de Tutela Legal  a favor de los perseguidos (cfr. pp. 297-298) y hace una afirmación de mucho interés acerca del conocimiento que G. Müller tiene sobre el caso Romero:

«En el momento en el que Müller, como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, se implica en el proceso de beatificación de Oscar Romero, se puede basar en el estudio intenso de los escritos y las homilías de Romero, como también en el conocimiento del contexto social y político en que el arzobispo Oscar Romero ha trabajado y vivido» (pág. 299).

Como valoración final, llama la atención el interés que el actual prefecto para la Doctrina de la Fe pone en la teología de la liberación, en el sentido de recuperar una corriente teológica que ha sido relegada e incluso combatida.

Sobre todo es revelador y, en el mejor de los casos, esperanzador que en este argumento tomen parte el Papa Francisco, Gerhard Ludwig Müller, prefecto para la Doctrina de la Fe y Gustavo Gutiérrez, máximo representante de la teología de la liberación. ¿Cuál será el resultado de esta conjunción? La historia nos lo dirá.



lunes, 24 de marzo de 2014

Monseñor Romero, 34 años de su martirio



XXXIV ANIVERSARIO DEL MARTIRIO DE MONSEÑOR ROMERO
Cripta de Catedral. Lunes, 24 de marzo de 2014


El 34 aniversario del martirio y la pascua consiguiente de Monseñor Romero tiene sabor a victoria.

En primer lugar, porque cada vez se van aproximando más el sentir popular, que ya considera como santo a Mons. Romero y las instancias vaticanas, que bajo la motivación del Papa Francisco, le van restituyendo dignidad a una de las víctimas más representativas del capitalismo salvaje imperante.

La cercanía del 35 aniversario de su martirio, el próximo año; así como la feliz concurrencia del centenario de su nacimiento, el año 2017, nos ponen en estado de preparación festiva. Ambos acontecimientos nos reclaman una adecuada preparación, tanto interior como exterior. La profundización sistemática de su magisterio pastoral. Los precedentes sentados en su defensa de los derechos humanos. La construcción de un modelo de Iglesia donde los pobres tengan el centro de la atención, no el mafioso o el corrupto de turno. En fin, son aspectos que, sin duda, el sentido de la fe del pueblo irá sugiriendo a nuestra creatividad organizativa.

Pero también es victoria en el plano político y social, en cuanto asistimos al inicio del eclipse de los dioses del Olimpo salvadoreño que orquestaron su asesinado.

A ellos queremos decirles que Romero, como el cordero del Apocalipsis, está degollado, pero sigue en pié (5,6), resucitando en las luchas del pueblo.

Mons. Romero, como el Cordero del Apocalipsis, se acercó al libro de la historia y abrió sus sellos, porque fue degollado y con su sangre ha adquirido para Dios hombres —y mujeres— de toda raza, lengua, pueblo y nación; y ha hecho de ellos para nuestro Dios un Reino de Sacerdotes, que quieren hacer reinar la justicia sobre la tierra.

Quiero detenerme en dos puntos en esta reflexión: la centralidad de la dignidad humana en la construcción del Reino de Dios y la urgencia de construir una iglesia samaritana como la encarnó nuestro mártir.

1. Dignidad humana y construcción del Reino de Dios

El escritor Publio Terencio Africano, mejor conocido como Terencio, tiene una frase famosa: homo sum, humani nihil a me alienum puto, es decir, “hombre soy y nada de lo humano me resulta extraño”.

Miguel de Unamuno, inicia su obra Del sentimiento trágico de la vida, haciendo una pequeña modificación a la máxima de Terencio. No sólo lo humano, como concepto abstracto —dice Unamuno— me interesa, sino el hombre concreto, en tanto “ningún hombre me resulta extraño”.

Esta sensibilidad moderna, que le otorga una particular importancia a la dignidad de la persona, como presupuesto para evitar la comprensión de una Iglesia apartada de los sufrimientos de la gente, la encontramos en el n. 1 de la Gaudium et Spes: Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo.

Y la frase casi literal de Terencio la encontramos en el n. 380 de Aparecida, pero aplicada a la Iglesia, es decir, a ella, «nada de lo humano le puede resultar extraño». O dicho de otro modo en mismo numeral: «todo signo auténtico de verdad, bien y belleza en la aventura humana viene de Dios y clama por Dios».

Lo importante aquí es comprender que, tanto nuestra vida, como nuestro testimonio y la mediación sacramental de la Iglesia no son realidades auto-referenciales, sino que orientamos «toda nuestra vida desde la realidad transformadora del Reino de Dios que se hace presente en Jesús» (DAp, 382). En otras palabras, «Jesucristo es el Reino de Dios que procura desplegar toda su fuerza transformadora en nuestra Iglesia y en nuestras sociedades» (DAp, 382).

En términos prácticos, la conjugación de esos dos elementos, dignidad humana y Reino de Dios, hacen que los discípulos de Jesucristo amplíen el horizonte de su fe para que no se encierren en sí mismos; se trata, pues de «asumir evangélicamente y desde la perspectiva del Reino las tareas prioritarias que contribuyen a la dignificación de todo ser humano, y a trabajar junto con los demás ciudadanos e instituciones en bien del ser humano» (DAp, 384).

Una de esas tareas es determinar cuáles estilos de vida, de los que propone la cultura moderna, son contrarios a la naturaleza y dignidad del ser humano.

Por ejemplo, ante una concepción idolátrica del poder, la riqueza y el placer, Aparecida propone «el valor supremo de cada hombre y de cada mujer» (DAp, 387). A esto le corresponde una opción preferencial por los pobres, «uno de los rasgos que marca la fisonomía de la Iglesia latinoamericana y caribeña» (DAp, 391, 550) y que no nace de un afán meramente sociológico, sino que «nace de nuestra fe en Jesucristo» (DAp, 392, 501), en el sentido que lo presenta Lumen Gentium 8: «Cristo efectuó la redención en la pobreza y en la persecución». Y esto imprime carácter a nuestro modo de creer. Quien pretender vivir su cristianismo de espaldas a la pobreza y a la persecución, injustamente provocadas, es un falso cristiano.

Pensemos en esa imposición que el imperio del Norte nos quiere hacer, es decir, dice que nos aprueba el FOMILENIO II, a condición que aceptemos que el agua de nuestro país pase a formar parte de las mercancías comercializables del capital extranjero y nacional. El agua es un elemento vital y no está en venta. ¿Qué tipo de negocio es ese que nos quita el agua y nos deja a cambio un pedazo de carretera construido? ¿Qué haremos cuando los niños tengan sed? ¿Les haremos morder el pavimento?

Esto me recuerda la respuesta de Jesús al tentador: “No sólo de pan vive el hombre”, entiéndase, “no sólo de dólares viven los salvadoreños”.

También viene a mi mente el evangelio que leímos ayer, cuando los discípulos le dicen a Jesús: “Maestro, come”.  Pero Él les dijo: “Yo tengo un alimento, que ustedes no conocen”. Los discípulos, totalmente desubicados, se decían entre ellos: “¿Alguien le habrá traído de comer?”. Pero Jesús les explica de qué se trata: “Mi alimento es hacer la voluntad de Aquel que me envió y dar cumplimiento a su obra”. Por tanto, no estamos en esta historia solamente para engordar barrigas, sino para construir el Reino de Justicia que nos encomienda nuestro Señor Jesucristo.

No puedo dejar de pensar también en el fiscal que tenemos los salvadoreños, el cual, si los señores que han comprado su vida le ordenan que debe investigar si salieron reos a votar en la segunda vuelta electoral, obedece presto y sin demora. Pero si el pueblo le ordena investigar los millones de dólares que se ha robado Francisco Flores, entonces, se hace el mareado y da largas al asunto.

Este hecho me recuerda la segunda tentación en la versión lucana, cuando el diablo lleva a Jesús a una altura y le muestra los poderes y riquezas del mundo y le dice: Te daré todo el poder y la gloria de estos reinos, porque a mí me ha sido entregada, y se la doy a quien quiero. A una condición, que Jesús le adore. Pero, Jesús le advierte: está escrito: Adorarás al Señor tu Dios y sólo a él darás culto.

Nuestro Dios no es el mercado divinizado, como dice el papa Francisco, sino el Dios de Jesús y de Mons. Romero, a quien debemos respeto y del cual nos constituimos en sus discípulos, siguiendo los pasos de Jesús pobre y sufriente.

Pero, se impone también la tarea de descubrir el rostro de Cristo en los rostros sufrientes de los sectores marginados de la sociedad. Los pobres se constituyen en la medida que determina la autenticidad del actuar de todo el aparato eclesial; ellos constituyen una forma sacramental en la historia, que expresa la presencia de Cristo entre nosotros: «Todo lo que tenga que ver con Cristo, tiene que ver con los pobres y todo lo relacionado con los pobres reclama a Jesucristo: “Cuanto lo hicieron con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron” (Mt 25,40)» (DAp, 393). En este marco de comprensión, «la Iglesia está convocada a ser abogada de la justicia y defensora de los pobres ante intolerables desigualdades sociales y económicas, que claman al cielo» (DAp, 395).

Ahora bien, si la opción por los pobres está vinculada al dato de fe, nuestra valoración de ellos debe ser más positiva. En primer lugar, no puede limitarse a ser sólo teórica, emotiva, paternalista, sin una verdadera incidencia en nuestro estilo de vida. En segundo lugar, el documento hace un llamado importante a considerar a los pobres no como meros destinatarios de la misión, sino sus protagonistas: «los pobres se hacen sujetos de la evangelización y de la promoción humana integral» (DAp, 393).

Recordemos las palabras de nuestro mártir: “¿Qué otra cosa es la riqueza cuando no se piensa en Dios? Un ídolo de oro, un becerro de oro, y lo están adorando, se postran ante él, le ofrecen sacrificios. ¡Qué sacrificios enormes se hacen ante esta idolatría del dinero; no sólo sacrificios, sino iniquidades! Se paga para matar, se paga el pecado y se vende, todo se comercializa, todo es lícito ante el dinero”. (Día a Día con Monseñor Romero, Homilía 11 de septiembre de 1977).


2. La Iglesia Samaritana

Nuestro modo de entender la Iglesia va en la línea del n. 8 de la Lumen Gentium, donde se lee: «Mas como Cristo efectuó la redención en la pobreza y en la persecución, así la Iglesia está destinada a seguir ese mismo camino para comunicar a los hombres los frutos de la salvación […]. La Iglesia va peregrinando entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios, anunciando la cruz y la muerte del Señor, hasta que él venga (cfr. 1Co 11,26). Se vigoriza con la fuerza del Señor resucitado, para vencer con paciencia y con caridad sus propios sufrimientos y dificultades internas y externas y para descubrir fielmente, aunque entre sombras, el misterio de Cristo en el mundo, hasta que al fin de los tiempos se descubra con todo esplendor».

El Decreto Ad Gentes del Vaticano II, dice algo parecido:
«[La Iglesia debe] caminar, bajo el impulso del Espíritu Santo, por el mismo camino que Cristo siguió, es decir, por el camino de la pobreza, de la obediencia, del servicio y de la inmolación de sí mismo hasta la muerte, de la que salió victorioso por su resurrección. Pues así caminaron en la esperanza todos los apóstoles, que con muchas tribulaciones y sufrimientos completaron lo que falta a la misión de Cristo por su Cuerpo, que es la Iglesia. También fue muchas veces semilla la sangre de los cristianos» (AG, 5).

Por tanto, todas las comunidades cristinas, si realmente aman a Mons. Romero deben incorporar en su praxis eclesial la memoria de los mártires, porque la fe cristiana consiste justamente en creer en uno que murió asesinado no de muerte natural. Jesús no murió de dengue, sino como consecuencia del odio que los poderes de su tiempo infligieron sobre él, porque les hacía estorbo, como también Mons. Romero era estorbo para los poderosos de su tiempo.

Lo que pasa es que esa identificación con los más pobres y la defensa de los mismos, la ha llevado a enfrentar los poderes establecidos. La Iglesia salvadoreña se sabe también como Iglesia martirial: «queremos recordar el testimonio valiente de nuestros santos y santas, y de quienes, aun sin haber sido canonizados, han vivido con radicalidad el Evangelio y han ofrendado su vida por Cristo, por la Iglesia y por su pueblo» (DAp, 98, 140, 178).

Según Aparecida, el martirio es un signo claro de la presencia del Reino de  Dios entre nosotros (cfr. DAp, 383). De ahí que se pueda notar una evolución, coherente con la realidad eclesial y social del continente latinoamericano, que va de una auto-comprensión como Iglesia de los pobres, a una auto-comprensión como iglesia martirial.

La Iglesia salvadoreña está llamada a  mirarse a sí misma como «compañera de camino de nuestros hermanos más pobres, incluso hasta el martirio» (DAp. 396).

Cierro con el n. 42 de la Lumen Gentium, que dice: «Dado que Jesús, el Hijo de Dios, manifestó su amor entregando su vida por nosotros, nadie tiene mayor amor que el que entrega su vida por Él y por sus hermanos (cf. 1 Jn 3,16; Jn 15,13). Pues bien: algunos cristianos, ya desde los primeros tiempos, fueron llamados, y seguirán siéndolo siempre, a dar este supremo testimonio de amor ante todos, especialmente ante los perseguidores. Por tanto, el martirio, en el que el discípulo se asemeja al Maestro, que aceptó libremente la muerte por la salvación del mundo, y se conforma a Él en la efusión de su sangre, es estimado por la Iglesia como un don eximio y la suprema prueba de amor, Y, si es don concedido a pocos, sin embargo, todos deben estar prestos a confesar a Cristo delante de los hombres y a seguirle, por el camino de la cruz, en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia».




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