viernes, 8 de julio de 2016

CATEQUESIS N. 2: «YO Y MI FAMILIA SERVIREMOS A YAHVEH»



Por: Juan Vicente Chopin.


1.   Enfoque
La familia cristiana es esencial en el proceso evangelizador. Este es un dato que está ampliamente sustentado en la Sagrada Escritura y en la Tradición de la Iglesia. El mismo Jesucristo quiso tener una familia para dar inicio a su misión. Y el Papa Francisco, últimamente, ha llegado a dar a la familia una fundamentación teológica al afirmar que: «El Dios Trinidad es comunión de amor, y la familia es su reflejo viviente»; de manera que «La familia no es pues algo ajeno a la misma esencia divina» (Amoris Laetitia).
Pero, además, al interno de un contexto familiar, las mujeres han jugado un papel decisivo a la hora de llevar adelante la obra redentora. Los Evangelios y varios textos del Antiguo Testamento dan cuenta de la centralidad que tiene el ejemplo y la labor educativa ejercida por las mujeres.
La misión de Jesús inicia en el seno de una familia. Los Evangelios sustentan que Jesús es hijo de María, quien estaba esposada con un hombre «justo» llamado José (cfr. Mt 1,18.19; Lc 1,26; 2,4-5).
Ahora bien, la familia de Jesús, como todas las de su tiempo, estaba sujeta tanto a los preceptos de la religión, como a las leyes civiles. Jesús se somete a la circuncisión: «Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, se le dio el nombre de Jesús, el que le dio el ángel antes de ser concebido en el seno» (Lc 2,21). Dice este mismo Evangelio que «sus padres iban todos los años a Jerusalén a la fiesta de la Pascua» (Lc 2,41). También se dice que, siguiendo las prescripciones de la Ley, Jesús, el primogénito, fue presentado al Señor (Lc 2,22-24). Es comprensible entonces que Jesús siguiera las normas religiosas que veía practicar a sus padres.
Los Evangelios también reportan que la familia de Jesús era respetuosa de la ley civil. Así se dice que cuando salió el edicto de César Augusto ordenando que se empadronase todo el mundo, José subió con María desde Galilea a Belén para hacer el trámite; para entonces María estaba en cinta de Jesús (cfr. Lc 2,1-5).
Finalmente, hay que resaltar el papel protagónico de las mujeres en esta etapa. María, la madre de Jesús, no escatima esfuerzos en cuidar a su prima Isabel, que está en cinta de Juan el Bautista. La descripción que hace el texto bíblico pone de manifiesto la diligencia de la Madre de Jesús: «En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá» (Lc 1,39). Y no es una visita rápida, dice el texto que se quedó «unos tres meses» (Lc 1,56) cuidando a su prima. Ambas mujeres, María e Isabel, son exaltadas en los inicios del relato evangélico por el papel de educadoras respecto de sus hijos. Así, de Jesús se dice que «crecía en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres». Algo parecido se dice de el Bautista: «El niño crecía y su espíritu se fortalecía» (Lc 1,80). Ambos textos nos ayudan a comprender que la educación de un hijo o una hija no es fruto de la casualidad, y que en ese proceso juega un papel decisivo el contexto familiar y el ejemplo de los padres de familia.

2.   Escuchar al Papa
También el Papa está consciente de la importancia de cuidar el ambiente familiar como condición para una efectiva evangelización, por ello conviene detenerse en una parte de su mensaje del Domund 2016:
Muchos hombres y mujeres de toda edad y condición son testigos de este amor de misericordia, como al comienzo de la experiencia eclesial. La considerable y creciente presencia de la mujer en el mundo misionero, junto a la masculina, es un signo elocuente del amor materno de Dios. Las mujeres, laicas o religiosas, y en la actualidad también muchas familias, viven su vocación misionera de diversas maneras: desde el anuncio directo del Evangelio al servicio de caridad. Junto a la labor evangelizadora y sacramental de los misioneros, las mujeres y las familias comprenden mejor a menudo los problemas de la gente y saben afrontarlos de una manera adecuada y a veces inédita: en el cuidado de la vida, poniendo más interés en las personas que en las estructuras y empleando todos los recursos humanos y espirituales para favorecer la armonía, las relaciones, la paz, la solidaridad, el diálogo, la colaboración y la fraternidad, ya sea en el ámbito de las relaciones personales o en el más grande de la vida social y cultural; y de modo especial en la atención a los pobres.

También el Papa habla de la familia en su Exhortación Apostólica Postsinodal Amoris Laetitia, n. 35:
Los cristianos no podemos renunciar a proponer el matrimonio con el fin de no contradecir la sensibilidad actual, para estar a la moda, o por sentimientos de inferioridad frente al descalabro moral y humano. Estaríamos privando al mundo de los valores que podemos y debemos aportar. Es verdad que no tiene sentido quedarnos en una denuncia retórica de los males actuales, como si con eso pudiéramos cambiar algo. Tampoco sirve pretender imponer normas por la fuerza de la autoridad. Nos cabe un esfuerzo más responsable y generoso, que consiste en presentar las razones y las motivaciones para optar por el matrimonio y la familia, de manera que las personas estén mejor dispuestas a responder a la gracia que Dios les ofrece.
Un documento muy bien conocido por el Papa y muy cercano a nosotros es el documento de Aparecida, en el n. 302 leemos:
La familia, “patrimonio de la humanidad”, constituye uno de los tesoros más valiosos de los pueblos latinoamericanos. Ella ha sido y es espacio y escuela de comunión, fuente de valores humanos y cívicos, hogar en el que la vida humana nace y se acoge generosa y responsablemente. Para que la familia sea “escuela de la fe” y pueda ayudar a los padres a ser los primeros catequistas de sus hijos, la pastoral familiar debe ofrecer espacios formativos, materiales catequéticos, momentos celebrativos, que le permitan cumplir su misión educativa. La familia está llamada a introducir a los hijos en el camino de la iniciación cristiana. La familia, pequeña Iglesia, debe ser, junto con la Parroquia, el primer lugar para la iniciación cristiana de los niños. Ella ofrece a los hijos un sentido cristiano de existencia y los acompaña en la elaboración de su proyecto de vida, como discípulos misioneros.

3.   La misión compartida
El ejercicio de la misericordia inicia en el seno de la familia. El modo cómo sea tratada una persona en su familia va a determinar su comportamiento en un contexto social y comunitario.
Por ello, nos remitimos a los ejemplos más loables que nos proporciona la Sagrada Escritura para inspirar nuestra misión. En primer lugar proponemos la historia de los mártires macabeos, cuyo relato encontramos en el Libro Segundo de los Macabeos 7,1-42. El relato cuenta la historia de una madre y sus siete hijos que apresados por un rey son torturados para que renieguen de su religión. Uno de los hermanos torturados dice al rey: «Estamos dispuestos a morir antes que violar las leyes de nuestros padres» (2M 7,2). Efectivamente, el rey mata a los siete hermanos. La madre sostenía la fe de sus hijos y les exhortaba, ante la inminente muerte, a ofrecer sus vidas por el amor de su creador: «Yo no sé cómo aparecisteis en mis entrañas, ni fui yo quien os regaló el espíritu y la vida, ni tampoco organicé yo los elementos de cada uno. Pues así el Creador del mundo, el que modeló al hombre en su nacimiento y proyectó el origen de todas las cosas, os devolverá el espíritu y la vida con misericordia» (2M 7,22-23). La convicción que encontramos en esta familia martirizada procede de la convicción de servir a Dios aunque las condiciones sociales y políticas sean adversas. Es la misma convicción que lleva a Josué a exhortar a su pueblo a elegir entre los ídolos que les circundan y el Dios único: «Pero, si no os parece bien servir a Yahveh, elegid hoy a quién habéis de servir, o a los dioses a quienes servían vuestros padres más allá del Río, o a los dioses de los amorreos en cuyo país habitáis ahora. Yo y mi familia serviremos a Yahveh» (Josué 23,15).
Pero es Jesús el que amplía el sentido de la auténtica permanencia familiar. Ser miembro de una familia cristiana va más allá de las razones biológicas. Según dice la Escritura, un día en que él estaba predicando le dijeron que los buscaban su madre y sus hermanos, que querían hablar con él, a lo cual respondió diciendo: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Y, extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: Estos son mi madre y mis hermanos. Pues todo el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre» (Mt 12,46-50).
Finalmente, está documentado en la Sagrada Escritura que entre el grupo de los discípulos habían varias mujeres, que lo habían acompañado desde el momento que él decide trasladar su ámbito de predicación de Galilea a Jerusalén. Así, en el contexto de la muerte de Jesús se dice que «había allí muchas mujeres mirando desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirle. Entre ellas estaban María Magdalena, María la madre de Santiago y de José, y la madre de los hijos de Zebedeo» (Mt 27,55).
Pertenecer a una familia de tradición cristiana, implica entonces la responsabilidad de dar testimonio en el mundo, luchando en modo permanente por construir comunidades más solidarias y una sociedad más justa.


Pautas para el diálogo:

a)    Sugerir entre los participantes que mencionen ejemplos de familias ejemplares y nombres de mujeres ejemplares que encontramos en la Sagrada Escritura.
b)    Según los Evangelios, la Sagrada Familia fue obligada a migrar hacia Egipto por problemas de violencia contra el niño Jesús: ¿Cuánto impacta en nuestras familias el fenómeno de la migración a raíz de la violencia?
c)    ¿Hemos podido notar en nuestro contexto algún influjo del proceso de secularización en la institución familiar?
d) ¿Qué sugerencias concretas podemos dar para fortalecer la pastoral familiar en nuestra comunidad?

CATEQUESIS N. 3: «ID Y ENSEÑAD A TODAS LAS GENTES»



Por: Juan Vicente Chopin.



1.      Enfoque
La evangelización es un proceso de educación en la fe, cuya efectividad se mide en el ejercicio de la caridad. Como todo proceso educativo, también la evangelización se realiza en etapas.
Ya en los Evangelios se nos esboza ese proceso gradual y orgánico. Si analizamos el pasaje que narra la historia del «buen samaritano», notaremos interesantes claves de lectura. En el capítulo diez del Evangelio de Lucas se cuenta cómo un hombre fue objeto de la violencia y cómo procedió a ayudarle un samaritano, que se hizo prójimo del agredido. La primera etapa la llamaremos toma de conciencia (ver la realidad): «al verle tuvo compasión» (Lc 10,33). Ningún trabajo evangelizador debe iniciar sin un adecuado diagnóstico de la situación. Pero no debe tratarse de un asunto meramente técnico, sino que la realidad debe impactar el estado actual de nuestra existencia, nuestra situación en el mundo. La segunda etapa la llamaremos atender la emergencia: «y, acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino» (Lc 10,34). En la primera etapa el verbo principal es ver, en cambio en la segunda es acercarse y vendar. El mundo contemporáneo tiene todos los recursos tecnológicos para informarse, pero ello no implica que todos quieran o estén dispuestos a colaborar. La visión cristiana de la misericordia exige que actuemos, que salgamos de nuestra comodidad. En este caso el samaritano atiende la emergencia, aplica los primeros auxilios, bajo un criterio de gradualidad. La tercera etapa la llamamos la consecución de los recursos: «y montándole sobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él» (Lc 10,34). Todo proceso evangelizador necesita de unos recursos para su ejecución. Aunque estos no constituyan la esencia del proceso, sin embargo, en cuando medios e instrumentos resultan de vital importancia. Muchas personas se conmueven al ver los problemas que les rodean, pero no están dispuestas a gastar ni un minuto de su tiempo, ni un centavo de su dinero para solucionar el problema. La cuarta etapa es el seguimiento y cierre: «Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y dijo: Cuida de él y, si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva» (Lc 10,35). La virtud del samaritano está en su sistematicidad. Él no ve el problema en modo parcial, sino en su complejidad. También la evangelización exige el seguimiento y la culminación de los procesos. La intervención inicial de la primera etapa supone otra intervención más en profundidad, involucrando otros actores en el proceso, dedicando ulteriores recursos para su consecución, y verificando que el proceso se cierre correctamente. El sentido común y los tiempos que corren nos exigen esos tres pasos: diagnóstico, acción, evaluación. Por supuesto que siempre habrá gente indiferente, como el sacerdote y el levita, pero ello no debe desalentar nuestra lucha por la construcción del Reino de Dios.
Ahora bien, la visión orgánica y estructural de la evangelización es solo una parte del proceso. En aquello que es específico del testimonio cristiano, el documento de Aparecida nos propone los siguientes pasos: «que Jesucristo sea encontrado, seguido, amado, adorado, anunciado y comunicado a todos» (DAp, n. 14).    En el n. 278, cuando se habla del proceso de formación de los discípulos, aparece la misma estructura, pero puesta en cinco pasos: 1. Encuentro, 2. Conversión, 3. Discipulado, 4. Comunión y 5. Misión. Esto se concreta en un proyecto orgánico de formación (DAp, n. 281) que comprende cuatro dimensiones: 1. Humana y comunitaria, 2. Espiritual, 3. Intelectual,  4. Pastoral y misionera (DAp, n. 280, cfr. DAp, n. 289).
En  resumen, Aparecida presenta tres ejes temáticos: el encuentro con Jesucristo, el proceso de discipulado y la predicación del Evangelio.

A) Conocer a Cristo: encontrarlo. La posibilidad de ser discípulo misionero inicia con un encuentro. Ahora bien, «una auténtica propuesta de encuentro con Jesucristo debe establecerse sobre el sólido fundamento de la Trinidad-Amor» (DAp, n. 240). En términos eclesiales el encuentro inicia con la experiencia bautismal (DAp, n. 349), pero se alarga a otros lugares de encuentro, como la Sagrada Escritura (DAp, n. 247-249), la liturgia (DAp, n. 250-257) y la religiosidad popular (DAp, n. 258-265). Así como los primeros cristianos lograron sobrellevar las dificultades del imperio romano, así ocurre en la actualidad; los seguidores de Jesús descubren los valores, las limitaciones, las angustias y esperanzas de los pueblos de América de frente a los nuevos imperios que se alzan en la historia, pero no olvidan nunca el encuentro más importante y decisivo de su vida que los ha llenado de luz, de fuerza y de esperanza: el encuentro con Jesús (DAp, n. 21-22). Se trata, entonces, de que la alegría que produce el encuentro con Cristo «llegue a todos los hombres y mujeres heridos por las adversidades» (DAp, n. 29). Finalmente, «este encuentro debe renovarse constantemente por el testimonio personal, el anuncio del kerygma y la acción misionera de la comunidad» (DAp, n. 278a).

B) Seguimiento de Cristo: amarlo y adorarlo. Del encuentro con Cristo se sigue un tipo especial de relación; no se trata de una relación entre patrón y siervo (cfr. Jn 15,15). Más bien, «Jesús quiere que su discípulo se vincule a Él como “amigo” y como “hermano”» (DAp, 132, 278b). Hacerse «hermano» de Jesús es dejar que la Vida de Jesús fluya en la propia existencia; es, en definitiva, entrar en «familiaridad» con el Padre (cfr. DAp, 133). Pero no se trata de una intimidad solamente afectiva, sino que debe ser también efectiva, es decir, «exige entrar en la dinámica del Buen Samaritano (cf. Lc 10, 29-37), que nos da el imperativo de hacernos prójimos, especialmente con el que sufre, y generar una sociedad sin excluidos, siguiendo la práctica de Jesús» (DAp, n. 135). La respuesta al llamado que hace Cristo a ser sus discípulos misioneros, si parte de un acto de libertad responsable y es auténticamente cristiana, lleva siempre a un proceso de conversión (cfr. DAp, 278b) y a «asumir la centralidad del Mandamiento del amor» (DAp 138).
C) Transmitir a  Cristo: anunciarlo y comunicarlo. Quien ha tenido un encuentro con Cristo y se mira como discípulo misionero, entra en la dinámica del anuncio evangélico (cfr. DAp, 278e). Ahora bien, el contenido del mensaje evangélico es «el Reino de vida del Padre» y la salvación verificada en el misterio pascual (DAp, n. 143). Así, la forma estructurante de la misión cristiana consiste en que «como Él [Cristo] es testigo del misterio del Padre, así los discípulos son testigos de la muerte y resurrección del Señor hasta que Él vuelva» (DAp, n. 144). Esa forma estructural configura la vida cristiana, de modo que «cumplir este encargo no es una tarea opcional, sino parte integrante de la identidad cristiana» (DAp, n. 144). Nos sitúa en una auténtica espiritualidad misionera, es decir, «la vida en el Espíritu no nos cierra en una intimidad cómoda» (DAp, n. 285), por el contrario «nos vuelve comprometidos con los reclamos de la realidad y capaces de encontrarle un profundo significado a todo lo que nos toca hacer por la Iglesia y por el mundo» (DAp, n. 285).
Queda claro, por tanto, que la invitación de Jesús de hacer discípulos a todas las gentes y de enseñarles a guardar todo lo que él nos manda (cfr. Mt 28,19-20) es una tarea ciertamente apasionante, pero tiene su propio nivel de exigencia orgánica y sistemática.


2.      Escuchar al Papa

El Papa nos dice en su mensaje del Domund 2016:
En muchos lugares, la evangelización comienza con la actividad educativa, a la que el trabajo misionero le dedica esfuerzo y tiempo, como el viñador misericordioso del Evangelio (cf. Lc 13.7-9; Jn 15,1), con la paciencia de esperar el fruto después de años de lenta formación; se forman así personas capaces de evangelizar y de llevar el Evangelio a los lugares más insospechados. La Iglesia puede ser definida «madre», también por los que llegarán un día a la fe en Cristo. Espero, pues, que el pueblo santo de Dios realice el servicio materno de la misericordia, que tanto ayuda a que los pueblos que todavía no conocen al Señor lo encuentren y lo amen. En efecto, la fe es un don de Dios y no fruto del proselitismo; crece gracias a la fe y a la caridad de los evangelizadores que son testigos de Cristo. A los discípulos de Jesús, cuando van por los caminos del mundo, se les pide ese amor que no mide, sino que tiende más bien a tratar a todos con la misma medida del Señor; anunciamos el don más hermoso y más grande que él nos ha dado: su vida y su amor.
En su Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, en el n. 102, habla de la importancia de la formación de los laicos, no solo para tareas intraeclesiales, sino también en vistas a la transformación social:
Los laicos son simplemente la inmensa mayoría del Pueblo de Dios. A su servicio está la minoría de los ministros ordenados. Ha crecido la conciencia de la identidad y la misión del laico en la Iglesia. Se cuenta con un numeroso laicado, aunque no suficiente, con arraigado sentido de comunidad y una gran fidelidad en el compromiso de la caridad, la catequesis, la celebración de la fe. Pero la toma de conciencia de esta responsabilidad laical que nace del Bautismo y de la Confirmación no se manifiesta de la misma manera en todas partes. En algunos casos porque no se formaron para asumir responsabilidades importantes, en otros por no encontrar espacio en sus Iglesias particulares para poder expresarse y actuar, a raíz de un excesivo clericalismo que los mantiene al margen de las decisiones. Si bien se percibe una mayor participación de muchos en los ministerios laicales, este compromiso no se refleja en la penetración de los valores cristianos en el mundo social, político y económico. Se limita muchas veces a las tareas intraeclesiales sin un compromiso real por la aplicación del Evangelio a la transformación de la sociedad. La formación de laicos y la evangelización de los grupos profesionales e intelectuales constituyen un desafío pastoral importante.


3.      La misión compartida
La improvisación mata la misión. Uno de las deficiencias de nuestros procesos de evangelización es que no siguen un orden sistemático. Lo mismo que la división en una comunidad, así la improvisación atenta contra la esencia misma de la misión. Esto genera estados depresivos en los creyentes, porque se tiende a repetir las cosas y no se visualiza un horizonte claro de realización.
En cierta ocasión alguien le preguntó a Jesús qué tenía que hacer para alcanzar la vida eterna (cfr. Mc 10,17-22). Jesús estructuró su respuesta en tres pasos: 1) cumplir los mandamientos; 2) vender todo los que se tiene y repartir el dinero a los pobres; 3) seguir a Jesús. Aparentemente la respuesta es sencilla y en realidad el discipulado en términos estructurales es algo sencillo, el problema es ponerlo en práctica. El problema de este hombre no es la religión, de hecho afirma cumplir todos los mandamientos. Su dificultad radica en que ha separado su fe de una praxis de vida, entonces entra en un estado de esquizofrenia: quiere una cosa pero hace otra. Como decía Pablo: «en efecto, querer el bien lo tengo a mi alcance, mas no el realizarlo, puesto que no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero» (Rm 7,18-19). Es un estado de vida muy común en las comunidades cristianas. El desenlace de la historia del hombre interesado en la vida eterna no podría ser sino desalentador: «abatido por estas palabras, se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes» (Mc 10,22).

Pautas para el diálogo:

a)      ¿Qué elementos obstaculizan la formación de los laicos en orden a un efectivo proceso de evangelización y de transformación social?
b)      ¿Qué aspectos positivos descubrimos en el proceso evangelizador de nuestra comunidad y qué aspectos podemos mejorar?
c)   ¿Qué iniciativas podemos proponer para impulsar un proceso serio de formación para los laicos en nuestra comunidad?

CATEQUESIS N. 4: «ID A LOS CRUCES DE LOS CAMINOS»



Por: Juan Vicente Chopin.


1.      Enfoque
La misión es un dinamismo constante de «salida». Ya explicábamos en la primea catequesis que la misión surge en el momento en que, del seno de la Trinidad, una de las personas divinas toma parte en la historia de la humanidad. A esto le llamamos el sentido teológico de la misión. Pero como la comunidad de creyentes debe reproducir en su praxis pastoral esa misma dinámica de salida, entonces el quietismo vendría a ser un comportamiento contrario a lo que decimos creer. No es normal para un cristiano encerrarse o estar quieto. En ese  caso estaríamos de frente a una persona enferma y, por tanto, incapacitada para la misión.
Ahora bien, mantenerse en un estado de salida tiene sus riesgos. Cuando analizamos la vida de Jesús, notamos eso, es decir, que él padeció porque salió del seno de la Trinidad. Se expuso. En este sentido, si nosotros decimos creer en él, aceptamos la posibilidad de recorrer el mismo camino de sufrimiento. Esto ya quedó plasmado en los documentos del Concilio Vaticano II: «Pero como Cristo efectuó la redención en la pobreza y en la persecución, así la Iglesia está llamada a seguir ese mismo camino para comunicar a los hombres los frutos de la salvación» (LG, n. 8).
En un sentido misionero, el dinamismo de salida es normal. Los discípulos van proclamando el Evangelio de la vida y con un olfato carismático inspirado por el Espíritu Santo descubren aquellos ambientes donde es más necesario.
El Evangelio de Mateo nos transmite la historia de un banquete nupcial convocado por un Rey con motivo del matrimonio de su hijo, al que los invitados oficiales no acuden por diversos motivos, incluso algunos matan a los criados que les hacen la invitación y el rey indignado cambia de actitud y hace una invitación abierta al que quiera participar de la fiesta (cfr. Mt 22,1-14). La parábola se refiere al rechazo que los judíos hicieron en ese momento a la predicación de Jesús, pero vale también para nuestros días, en el sentido que todos estamos llamados a formar parte del Reino de Dios, pero no todos aceptamos esa invitación. Sin embargo, lo que nos interesa es la actitud del Rey que no se desalienta por el rechazo inicial a su invitación. Al contrario, dice a sus discípulos: «Id, pues, a los cruces de los caminos y, a cuantos encontréis, invitadlos a la boda» (Mt 22,9).
El hecho de que en muchas regiones del mundo se cierren las puertas a la predicación evangélica, incluso con el recurso a la violencia, no debe ser motivo para privarnos de proponer el mensaje de la Buena Nueva. En otras regiones no se hace recurso a la violencia física pero sí hay un ambiente hostil a la predicación evangélica, zonas descristianizadas que se auto-comprenden como post-cristianas.
La narración advierte también que formar parte de los discípulos no nos exime de las exigencias anejas a ese estado de vida. El traje de bodas del que habla el Evangelio se refiere a un modo de vida y un estilo de comportamiento conforme a los valores del Reino: «Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de boda?» (22,12). Del mismo, no podemos conformarnos con formar parte de la masa cristiana que puebla el mundo, al contrario, estamos llamados a inscribirnos en el grupo de los discípulos, que se esfuerzan por abrir un espacio en la historia a la acción del Espíritu Santo, a eso se refiere cuando dice el texto: «muchos son los llamados, mas pocos los escogidos» (Mt 22,14).
Los cruces de los caminos vienen a ser hoy esas áreas culturales o areópagos modernos de los que nos habla la Encíclica Redemptoris Missio (n. 37). Pero como dice ese mismo documento en el n. 38: «Nuestro tiempo es dramático y al mismo tiempo fascinador. Mientras por un lado los hombres dan la impresión de ir detrás de la prosperidad material y de sumergirse cada vez más en el materialismo consumístico, por otro, manifiestan la angustiosa búsqueda de sentido, la necesidad de interioridad, el deseo de aprender nuevas formas y modos de concentración y de oración».
Es nuestra tarea agudizar los sentidos para ir descubriendo esos nuevos desafíos que nos plantea la realidad y encontrar creativamente las formas de hacerles frente desde nuestras posibilidades. Aquí cobran fuerza las palabras del Papa Francisco: «La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría… quiero dirigirme a los fieles cristianos para invitarlos a una nueva etapa evangelizadora marcada por esa alegría, e indicar caminos para la marcha de la Iglesia en los próximos años» (Evangelii Gaudium, n. 1).

2.      Escuchar al Papa
El Papa Francisco tiene como eje transversal de su pontificado la alegría, pero es una alegría que brota de la vivencia generosa del Evangelio, es importante tomarle la palabra. En su mensaje del Domund 2016 nos dice:
Todos los pueblos y culturas tienen el derecho a recibir el mensaje de salvación, que es don de Dios para todos. Esto es más necesario todavía si tenemos en cuenta la cantidad de injusticias, guerras, crisis humanitarias que esperan una solución. Los misioneros saben por experiencia que el Evangelio del perdón y de la misericordia puede traer alegría y reconciliación, justicia y paz. El mandato del Evangelio: «Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado» (Mt 28,19-20) no está agotado, es más, nos compromete a todos, en los escenarios y desafíos actuales, a sentirnos llamados a una nueva «salida» misionera, como he señalado también en la Exhortación apostólica Evangelii gaudium: «Cada cristiano y cada comunidad discernirá cuál es el camino que el Señor le pide, pero todos somos invitados a aceptar este llamado: salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio» (20).

En Papa trata el tema en modo más extenso en su Exhortación Evangelii Gaiudium. Analicemos lo que dice en el n. 2:
El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien. Los creyentes también corren ese riesgo, cierto y permanente. Muchos caen en él y se convierten en seres resentidos, quejosos, sin vida. Ésa no es la opción de una vida digna y plena, ése no es el deseo de Dios para nosotros, ésa no es la vida en el Espíritu que brota del corazón de Cristo resucitado.

3.      La misión compartida
Predicar el Evangelio nunca ha sido tarea fácil: «Mirad que yo os envío como ovejas en medio de lobos» (Mt 10,16). Pablo, consciente de esa tendencia a suavizar las exigencias del Evangelio, exhortaba a los Romanos a no adecuarse a las modas del presente, al contrario invitaba a verse como «víctima viva», es decir, ser no solo un espectador sino involucrarse en primera persona en la predicación evangélica: «Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual. Y no os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de nuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto» (Rm 12,1-2).
Las formas de un cristianismo light, suavizado y poco exigente, no reflejan las formas del cristianismo originario, al contrario son expresiones claras de una mundanización de la fe, adecuada ya a los mecanismos de dominio del mundo. Hay que sobreponernos a esa tendencia edulcorante de la fe cristiana. Una buena forma de lograrlo es hacer de nuestras comunidades, comunidades imbuidas de la misión, en un dinamismo constante de salida.
En este año jubilar en que se cumple el 90 aniversario de la Jornada Mundial de las Misiones, promovida por la Obra Pontificia de la Propagación de la Fe y aprobada por el Papa Pío XI en 1926, es una buena oportunidad para ponernos nuevas metas, replantear nuestra labor evangelizadora y orientarnos hacia una pastoral decididamente misionera.


Pautas para el diálogo:
a)      Identificar realidades en el entorno de nuestra comunidad que estén exigiendo una actitud de salida por parte nuestra, según lo que dice el Papa en su Mensaje: salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio.
b)      Si nos planteáramos renovar el trabajo pastoral y evangelizador que estamos realizando, ¿qué acciones tomaríamos con aquellas áreas que presentan un estado deficitario? Supuesto que sepamos cuáles son esas áreas.

c)      Al cumplirse 90 años de la celebración del Domingo Mundial de las Misiones, ¿qué propuestas hacemos para darle mayor realce este año a esa celebración?

lunes, 2 de mayo de 2016

MONS. ROMERO, EVANGELIZADOR Y PADRE DE LOS POBRES



SEMINARIO MAYOR “MONS. ROMERO”
SIMPOSIO
Santiago de María, 16 y 17 de mayo de 2016
Por: Juan Vicente Chopin

TEMA: Mons. Romero, “Evangelizador y Padre de los Pobres”
(Martes, 17 de mayo 2016)
ESQUEMA FUNDAMENTAL PARA LA PONENCIA


1.      MARCO GENERAL. El marco general en que se inscribe el tema es el Decreto de beatificación, en el cual la figura de Mons. Romero es caracterizada de tres modos: (A) Pastor según el corazón de Cristo; (B) Evangelizador y Padre de los pobres; (C) Testigo heroico del Reino de Dios.
1.1. Tómese en cuenta que tal caracterización es la conformación que integra elementos del ministerio de Mons. Romero, en el ámbito local, y el modo como es visto en el proceso canónico, en las instancias vaticanas. Todo ello, en pro de la fe de los miembros de la Iglesia.
2.       ARTICULACIÓN DE LOS TÉRMINOS. En una definición como la que se ha hecho de Mons. Romero, las palabras tienen un peso específico.
2.1. EVANGELIZADOR. Remite a la esencia de la Iglesia, en cuanto principio de operaciones, a tenor de lo que dice AG, 2: “La Iglesia peregrinante es misionera por naturaleza”. Cfr. EN, 14: “Evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar, es decir, para predicar y enseñar, ser canal del don de la gracia, reconciliar a los pecadores con Dios, perpetuar el sacrificio de Cristo en la santa Misa, memorial de su muerte y resurrección gloriosa”.
2.2. PADRE DE LOS POBRES. Esta descripción reclama una distinción y una hipótesis de trabajo.
2.2.1.      La paternidad de Mons. Romero respecto de los pobres, no puede ser del mismo nivel ontológico de la que aparece en la secuencia de Pentecostés referida al Espíritu Santo. La función de este último es fundante y posibilitante, respecto de la función pastoral de Mons. Romero, nunca igual. En cambio, sí encuentra cabal correlación con lo que dice un documento de la Doctrina Social de la Iglesia: “Y si el sacerdote, lo mismo el secular que el regular, tiene que administrar bienes temporales por razón de su oficio, recuerde que no sólo debe observar escrupulosamente todas las obligaciones de la caridad y de la justicia, sino que, además, debe mostrarse de manera especial como verdadero padre de los pobres” (Pío XI, Encíclica Divini Redemptoris, 19 de marzo de 1937).
2.2.2.      En términos reales, nos podemos preguntar si fue Mons. Romero que se vio a sí mismo como “padre los pobres” o fueron los pobres los que lo consideraron como tal. En todo caso pudo haber sido una cuestión concomitante. 
3.      DESARROLLO DEL TEMA. Dado que Mons. Romero es un obispo, esto obliga con mayor razón, a enfocar el tema desde una sede bíblica, doctrinal y pastoral, con el objeto de salir al paso de una reducción que se puede obrar interesadamente en su figura, esto es, el ser considerado con un líder sociológico del conglomerado de los pobres. Ahora bien, como la categoría “pobres” no se agota en la comprensión católica, entonces, como mínimo su legado tiene una fuerte impronta ecuménica. La caridad es patrimonio de toda la fe cristiana.
3.1.  FUNDAMENTACIÓN BÍBLICA. (A) Por lo que aparece en los Evangelios, Jesús procede de los márgenes de la Galilea y el “subió” a Jerusalén, la ciudad donde están las instancias de poder y donde fue asesinado. (B) En las Bienaventuranzas, las pobres aparecen como categoría indispensable para alcanzar el Reino de Dios. (C) Aunque Jesús fue ajusticiado como un criminal, tal muerte ha de verse como una estrategia de los poderes establecidos de su tiempo, para despojarlo de su condición de Profeta y Mesías. Jesús, por lo que parece, es muy  cercano a la tradición profética. En el caso Mons. Romero, hay textos que arrojan gran luz sobre su figura, como los siguientes: Texto n. 1: “Desde ahora les voy a enviar profetas, sabios y maestros, pero ustedes los degollarán y crucificarán, y a otros los azotarán en las sinagogas o los perseguirán de una ciudad a otra. Al final recaerá sobre ustedes toda la sangre inocente que ha sido derramada sobre la tierra, desde la sangre del justo Abel hasta la sangre de Zacarías, hijo de Baraquías, al que ustedes mataron ante el altar, dentro del Templo. En verdad les digo: esta generación pagará por todo eso” (Mateo 23,34-36). Texto n. 2: “ ¡Jerusalén, Jerusalén qué bien matas a los profetas y apedreas a los que Dios te envía! ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como la gallina reúne a sus pollitos bajo las alas, y tú no has querido! Por eso se van a quedar ustedes con su templo vacío. Y les digo que ya no me volverán a ver hasta que digan: ¡Bendito sea el que viene en nombre del Señor!” (Mateo 23,37-39). Texto n. 3: Jesucristo, “el testigo fiel, el primogénito de entre los muertos” (Apocalipsis 1,5).
3.2. FUNDAMENTACIÓN DOCTRINAL. Mons. Romero es un santo contemporáneo. Su ministerio episcopal está inscrito en lo más específico del Concilio Vaticano II. Ostenta un antropocentrismo escatológico de primer orden. Al respecto, es ineludible considerar por lo menos, los siguientes textos: Texto n. 1 (Antropocentrismo-sensibilidad moderna): “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón” (GS, n.1). Texto n. 2 (Despliegue eclesial): “Pero como Cristo efectuó la redención en la pobreza y en la persecución, así la Iglesia es la llamada a seguir ese mismo camino para comunicar a los hombres los frutos de la salvación. Cristo Jesús, "existiendo en la forma de Dios, se anonadó a sí mismo, tomando la forma de siervo" (Fil., 2,69), y por nosotros, "se hizo pobre, siendo rico" (2Cor., 8,9); así la Iglesia, aunque el cumplimiento de su misión exige recursos humanos, no está constituida para buscar la gloria de este mundo, sino para predicar la humildad y la abnegación incluso con su ejemplo. Cristo fue enviado por el Padre a "evangelizar a los pobres y levantar a los oprimidos" (Lc., 4,18), "para buscar y salvar lo que estaba perdido" (Lc., 19,10); de manera semejante la Iglesia abraza a todos los afligidos por la debilidad humana, más aún, reconoce en los pobres y en los que sufren la imagen de su Fundador pobre y paciente, se esfuerza en aliviar sus necesidades y pretende servir en ellos a Cristo. Pues mientras Cristo, santo, inocente, inmaculado (Hebr., 7,26), no conoció el pecado (2Cor., 5,21), sino que vino sólo a expiar los pecados del pueblo (cf. Hebr., 21,7), la Iglesia, recibiendo en su propio seno a los pecadores, santa al mismo tiempo que necesitada de purificación constante, busca sin cesar la penitencia y la renovación. La Iglesia, "va peregrinando entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios, anunciando la cruz y la muerte del Señor, hasta que El venga (cf. 1 Cor., 11,26). Se vigoriza con la fuerza del Señor resucitado, para vencer con paciencia y con caridad sus propios sufrimientos y dificultades internas y externas, y descubre fielmente en el mundo el misterio de Cristo, aunque entre penumbras, hasta que al fin de los tiempos se descubra con todo esplendor” (LG, 8).     

4.      CONCLUSIÓN. (A) Macro contexto: decreto de beatificación. (B) Fundamentación bíblica: tradición profética; apocalíptica. (C) Doctrina: Concilio Vaticano II. (D) Perspectivas: teología ecuménica; eclesiología responsable. Mons. Romero, un santo contemporáneo.

LA UNIVERSIDAD DONDE TRABAJO EN EL SALVADOR

LA UNIVERSIDAD DONDE ESTUDIE Y DONDE INICIE LA DOCENCIA

Seguidores