lunes, 24 de marzo de 2014

Monseñor Romero, 34 años de su martirio



XXXIV ANIVERSARIO DEL MARTIRIO DE MONSEÑOR ROMERO
Cripta de Catedral. Lunes, 24 de marzo de 2014


El 34 aniversario del martirio y la pascua consiguiente de Monseñor Romero tiene sabor a victoria.

En primer lugar, porque cada vez se van aproximando más el sentir popular, que ya considera como santo a Mons. Romero y las instancias vaticanas, que bajo la motivación del Papa Francisco, le van restituyendo dignidad a una de las víctimas más representativas del capitalismo salvaje imperante.

La cercanía del 35 aniversario de su martirio, el próximo año; así como la feliz concurrencia del centenario de su nacimiento, el año 2017, nos ponen en estado de preparación festiva. Ambos acontecimientos nos reclaman una adecuada preparación, tanto interior como exterior. La profundización sistemática de su magisterio pastoral. Los precedentes sentados en su defensa de los derechos humanos. La construcción de un modelo de Iglesia donde los pobres tengan el centro de la atención, no el mafioso o el corrupto de turno. En fin, son aspectos que, sin duda, el sentido de la fe del pueblo irá sugiriendo a nuestra creatividad organizativa.

Pero también es victoria en el plano político y social, en cuanto asistimos al inicio del eclipse de los dioses del Olimpo salvadoreño que orquestaron su asesinado.

A ellos queremos decirles que Romero, como el cordero del Apocalipsis, está degollado, pero sigue en pié (5,6), resucitando en las luchas del pueblo.

Mons. Romero, como el Cordero del Apocalipsis, se acercó al libro de la historia y abrió sus sellos, porque fue degollado y con su sangre ha adquirido para Dios hombres —y mujeres— de toda raza, lengua, pueblo y nación; y ha hecho de ellos para nuestro Dios un Reino de Sacerdotes, que quieren hacer reinar la justicia sobre la tierra.

Quiero detenerme en dos puntos en esta reflexión: la centralidad de la dignidad humana en la construcción del Reino de Dios y la urgencia de construir una iglesia samaritana como la encarnó nuestro mártir.

1. Dignidad humana y construcción del Reino de Dios

El escritor Publio Terencio Africano, mejor conocido como Terencio, tiene una frase famosa: homo sum, humani nihil a me alienum puto, es decir, “hombre soy y nada de lo humano me resulta extraño”.

Miguel de Unamuno, inicia su obra Del sentimiento trágico de la vida, haciendo una pequeña modificación a la máxima de Terencio. No sólo lo humano, como concepto abstracto —dice Unamuno— me interesa, sino el hombre concreto, en tanto “ningún hombre me resulta extraño”.

Esta sensibilidad moderna, que le otorga una particular importancia a la dignidad de la persona, como presupuesto para evitar la comprensión de una Iglesia apartada de los sufrimientos de la gente, la encontramos en el n. 1 de la Gaudium et Spes: Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo.

Y la frase casi literal de Terencio la encontramos en el n. 380 de Aparecida, pero aplicada a la Iglesia, es decir, a ella, «nada de lo humano le puede resultar extraño». O dicho de otro modo en mismo numeral: «todo signo auténtico de verdad, bien y belleza en la aventura humana viene de Dios y clama por Dios».

Lo importante aquí es comprender que, tanto nuestra vida, como nuestro testimonio y la mediación sacramental de la Iglesia no son realidades auto-referenciales, sino que orientamos «toda nuestra vida desde la realidad transformadora del Reino de Dios que se hace presente en Jesús» (DAp, 382). En otras palabras, «Jesucristo es el Reino de Dios que procura desplegar toda su fuerza transformadora en nuestra Iglesia y en nuestras sociedades» (DAp, 382).

En términos prácticos, la conjugación de esos dos elementos, dignidad humana y Reino de Dios, hacen que los discípulos de Jesucristo amplíen el horizonte de su fe para que no se encierren en sí mismos; se trata, pues de «asumir evangélicamente y desde la perspectiva del Reino las tareas prioritarias que contribuyen a la dignificación de todo ser humano, y a trabajar junto con los demás ciudadanos e instituciones en bien del ser humano» (DAp, 384).

Una de esas tareas es determinar cuáles estilos de vida, de los que propone la cultura moderna, son contrarios a la naturaleza y dignidad del ser humano.

Por ejemplo, ante una concepción idolátrica del poder, la riqueza y el placer, Aparecida propone «el valor supremo de cada hombre y de cada mujer» (DAp, 387). A esto le corresponde una opción preferencial por los pobres, «uno de los rasgos que marca la fisonomía de la Iglesia latinoamericana y caribeña» (DAp, 391, 550) y que no nace de un afán meramente sociológico, sino que «nace de nuestra fe en Jesucristo» (DAp, 392, 501), en el sentido que lo presenta Lumen Gentium 8: «Cristo efectuó la redención en la pobreza y en la persecución». Y esto imprime carácter a nuestro modo de creer. Quien pretender vivir su cristianismo de espaldas a la pobreza y a la persecución, injustamente provocadas, es un falso cristiano.

Pensemos en esa imposición que el imperio del Norte nos quiere hacer, es decir, dice que nos aprueba el FOMILENIO II, a condición que aceptemos que el agua de nuestro país pase a formar parte de las mercancías comercializables del capital extranjero y nacional. El agua es un elemento vital y no está en venta. ¿Qué tipo de negocio es ese que nos quita el agua y nos deja a cambio un pedazo de carretera construido? ¿Qué haremos cuando los niños tengan sed? ¿Les haremos morder el pavimento?

Esto me recuerda la respuesta de Jesús al tentador: “No sólo de pan vive el hombre”, entiéndase, “no sólo de dólares viven los salvadoreños”.

También viene a mi mente el evangelio que leímos ayer, cuando los discípulos le dicen a Jesús: “Maestro, come”.  Pero Él les dijo: “Yo tengo un alimento, que ustedes no conocen”. Los discípulos, totalmente desubicados, se decían entre ellos: “¿Alguien le habrá traído de comer?”. Pero Jesús les explica de qué se trata: “Mi alimento es hacer la voluntad de Aquel que me envió y dar cumplimiento a su obra”. Por tanto, no estamos en esta historia solamente para engordar barrigas, sino para construir el Reino de Justicia que nos encomienda nuestro Señor Jesucristo.

No puedo dejar de pensar también en el fiscal que tenemos los salvadoreños, el cual, si los señores que han comprado su vida le ordenan que debe investigar si salieron reos a votar en la segunda vuelta electoral, obedece presto y sin demora. Pero si el pueblo le ordena investigar los millones de dólares que se ha robado Francisco Flores, entonces, se hace el mareado y da largas al asunto.

Este hecho me recuerda la segunda tentación en la versión lucana, cuando el diablo lleva a Jesús a una altura y le muestra los poderes y riquezas del mundo y le dice: Te daré todo el poder y la gloria de estos reinos, porque a mí me ha sido entregada, y se la doy a quien quiero. A una condición, que Jesús le adore. Pero, Jesús le advierte: está escrito: Adorarás al Señor tu Dios y sólo a él darás culto.

Nuestro Dios no es el mercado divinizado, como dice el papa Francisco, sino el Dios de Jesús y de Mons. Romero, a quien debemos respeto y del cual nos constituimos en sus discípulos, siguiendo los pasos de Jesús pobre y sufriente.

Pero, se impone también la tarea de descubrir el rostro de Cristo en los rostros sufrientes de los sectores marginados de la sociedad. Los pobres se constituyen en la medida que determina la autenticidad del actuar de todo el aparato eclesial; ellos constituyen una forma sacramental en la historia, que expresa la presencia de Cristo entre nosotros: «Todo lo que tenga que ver con Cristo, tiene que ver con los pobres y todo lo relacionado con los pobres reclama a Jesucristo: “Cuanto lo hicieron con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron” (Mt 25,40)» (DAp, 393). En este marco de comprensión, «la Iglesia está convocada a ser abogada de la justicia y defensora de los pobres ante intolerables desigualdades sociales y económicas, que claman al cielo» (DAp, 395).

Ahora bien, si la opción por los pobres está vinculada al dato de fe, nuestra valoración de ellos debe ser más positiva. En primer lugar, no puede limitarse a ser sólo teórica, emotiva, paternalista, sin una verdadera incidencia en nuestro estilo de vida. En segundo lugar, el documento hace un llamado importante a considerar a los pobres no como meros destinatarios de la misión, sino sus protagonistas: «los pobres se hacen sujetos de la evangelización y de la promoción humana integral» (DAp, 393).

Recordemos las palabras de nuestro mártir: “¿Qué otra cosa es la riqueza cuando no se piensa en Dios? Un ídolo de oro, un becerro de oro, y lo están adorando, se postran ante él, le ofrecen sacrificios. ¡Qué sacrificios enormes se hacen ante esta idolatría del dinero; no sólo sacrificios, sino iniquidades! Se paga para matar, se paga el pecado y se vende, todo se comercializa, todo es lícito ante el dinero”. (Día a Día con Monseñor Romero, Homilía 11 de septiembre de 1977).


2. La Iglesia Samaritana

Nuestro modo de entender la Iglesia va en la línea del n. 8 de la Lumen Gentium, donde se lee: «Mas como Cristo efectuó la redención en la pobreza y en la persecución, así la Iglesia está destinada a seguir ese mismo camino para comunicar a los hombres los frutos de la salvación […]. La Iglesia va peregrinando entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios, anunciando la cruz y la muerte del Señor, hasta que él venga (cfr. 1Co 11,26). Se vigoriza con la fuerza del Señor resucitado, para vencer con paciencia y con caridad sus propios sufrimientos y dificultades internas y externas y para descubrir fielmente, aunque entre sombras, el misterio de Cristo en el mundo, hasta que al fin de los tiempos se descubra con todo esplendor».

El Decreto Ad Gentes del Vaticano II, dice algo parecido:
«[La Iglesia debe] caminar, bajo el impulso del Espíritu Santo, por el mismo camino que Cristo siguió, es decir, por el camino de la pobreza, de la obediencia, del servicio y de la inmolación de sí mismo hasta la muerte, de la que salió victorioso por su resurrección. Pues así caminaron en la esperanza todos los apóstoles, que con muchas tribulaciones y sufrimientos completaron lo que falta a la misión de Cristo por su Cuerpo, que es la Iglesia. También fue muchas veces semilla la sangre de los cristianos» (AG, 5).

Por tanto, todas las comunidades cristinas, si realmente aman a Mons. Romero deben incorporar en su praxis eclesial la memoria de los mártires, porque la fe cristiana consiste justamente en creer en uno que murió asesinado no de muerte natural. Jesús no murió de dengue, sino como consecuencia del odio que los poderes de su tiempo infligieron sobre él, porque les hacía estorbo, como también Mons. Romero era estorbo para los poderosos de su tiempo.

Lo que pasa es que esa identificación con los más pobres y la defensa de los mismos, la ha llevado a enfrentar los poderes establecidos. La Iglesia salvadoreña se sabe también como Iglesia martirial: «queremos recordar el testimonio valiente de nuestros santos y santas, y de quienes, aun sin haber sido canonizados, han vivido con radicalidad el Evangelio y han ofrendado su vida por Cristo, por la Iglesia y por su pueblo» (DAp, 98, 140, 178).

Según Aparecida, el martirio es un signo claro de la presencia del Reino de  Dios entre nosotros (cfr. DAp, 383). De ahí que se pueda notar una evolución, coherente con la realidad eclesial y social del continente latinoamericano, que va de una auto-comprensión como Iglesia de los pobres, a una auto-comprensión como iglesia martirial.

La Iglesia salvadoreña está llamada a  mirarse a sí misma como «compañera de camino de nuestros hermanos más pobres, incluso hasta el martirio» (DAp. 396).

Cierro con el n. 42 de la Lumen Gentium, que dice: «Dado que Jesús, el Hijo de Dios, manifestó su amor entregando su vida por nosotros, nadie tiene mayor amor que el que entrega su vida por Él y por sus hermanos (cf. 1 Jn 3,16; Jn 15,13). Pues bien: algunos cristianos, ya desde los primeros tiempos, fueron llamados, y seguirán siéndolo siempre, a dar este supremo testimonio de amor ante todos, especialmente ante los perseguidores. Por tanto, el martirio, en el que el discípulo se asemeja al Maestro, que aceptó libremente la muerte por la salvación del mundo, y se conforma a Él en la efusión de su sangre, es estimado por la Iglesia como un don eximio y la suprema prueba de amor, Y, si es don concedido a pocos, sin embargo, todos deben estar prestos a confesar a Cristo delante de los hombres y a seguirle, por el camino de la cruz, en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia».




martes, 7 de enero de 2014

"Evangelii Gaudium". Razones para seguir creyendo y esperando



Por: Pbro. Rafael Sánchez


Introducción
El Papa Francisco ha ofrecido a toda la Iglesia, el 24 de noviembre de 2013, un documento realmente sorprendente, con un lenguaje directo y comprometedor; con expresiones  motivadoras que tienen un carácter paternal: es el reflejo de un padre que quiere iluminar el caminar de sus hijos.
El título de la exhortación apostólica es Evangelii Gaudium, es decir, «la alegría del evangelio». La intención del Papa es hablar sobre el anuncio del evangelio en el mundo actual; es decir, trata de poner en diálogo la revelación de Dios (que es siempre novedad) con la realidad de los hombres de hoy. Son cinco capítulos, que reflejan el proyecto de Iglesia que el Papa Francisco tiene en mente. Es un documento largo, profundo, ameno, pero sobre todo inspirador.
El lenguaje es directo, vivencial, retador. En sus expresiones podemos notar el corazón de un pastor que se preocupa por su pueblo; su mirada sobre el mundo y la Iglesia en el mundo es una mirada paternal y por eso puede dar una palabra significativa para un mundo que necesita motivaciones para creer y esperar.
Entre todas las enseñanzas que presenta el Papa, queremos destacar algunas razones para seguir creyendo y esperando en nuestro contexto actual. No pretendemos agotar todas las razones, pero sí quisiéramos señalar aquellas que nos parecen más significativas ante las preguntas que el hombre de hoy se plantea.

Primera razón: el don del encuentro o re-encuentro
Una realidad que constatamos en la cultura actual es la poca apertura a la  alteridad. Y si se da la apertura, normalmente se hace en términos superficiales o utilitaristas. Este fenómeno genera un sinsentido para la vida, principalmente por la pérdida de la apertura a la trascendencia. El filósofo y sociólogo francés Gilles Lipovetsky, en su obra La era del vacío, analiza el individualismo contemporáneo. Dice por ejemplo:
«Cuanto más la ciudad desarrolla posibilidades de encuentro, más solos se sienten los individuos; más libres, las relaciones se vuelven emancipadas de la viejas sujeciones, más rara es posibilidad de encontrar una relación intensa. En todas partes encontramos la soledad, el vacío, la dificultad de sentir, se ser transportado fuera de sí; de ahí la huida hacia delante en las “experiencias” que no hace más que traducir esa búsqueda de una “experiencia” emocional fuerte»[1].


Ante el fenómeno antes presentado, una palabra clave de  la Evangelii Gaudium parece ser la categoría encuentro. Esta palabra es usada con frecuencia para destacar la experiencia de sentirse amado por Dios y, por tanto, buscado por Él. Es importante para el Papa dejar bien claro que es Dios quien busca el encuentro con el hombre y, si el hombre se aleja, lo quiere reencontrar: «Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso» (n. 3)[2].
Dios nos busca porque nos ama: «el amor del Señor no se ha acabado, no se ha agotado su ternura» (n. 6). El encuentro o reencuentro hace salir de la conciencia aislada y la autorreferencialidad (n. 8).
Por tanto, aquí tenemos una primera razón para creer: la insistencia de parte de Dios para encontrarse con el hombre. Esta intuición puede dar mucha luz para todos aquellos que viven experiencias de ensimismamiento y poca apertura, para aquellos que se dejan llevar por un hiper-individualismo o una actitud narcisista. Sólo un ser abierto al encuentro puede encontrar horizonte para su vida.

Segunda razón: La alegría de una presencia
La soledad es un problema que ha marcado también nuestra cultura. El hombre está cada vez más comunicado, pero no necesariamente acompañado; tiene cada vez más medios para establecer la comunicación, pero se siente solo. Esta situación lo hace caer en la tristeza o, peor aún, en la desesperación. Estamos en la cultura del aislamiento, —en palabras de Italo Gastaldi— del hiper-individualismo hedonista y narcisista[3]. El cristianismo es una respuesta a esa soledad, en cuanto que propone una respuesta siempre novedosa.
El Papa nos dice que la alegría es una «marca» que debe dar color y sabor a toda la vivencia cristiana. Pero el fundamento de esta alegría es una presencia. En el número 5 se citan varios textos del Nuevo Testamento que hacen referencia a la presencia de Cristo entre los  suyos como el motivo para estar siempre alegres. Por ejemplo: «Os he dicho estas cosas para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría sea plena» (Jn 15, 11). Por eso dice el Papa seguidamente «nuestra alegría cristiana bebe de la fuente de su corazón rebosante».
El Papa afirma que «la sociedad tecnológica ha logrado multiplicar las ocasiones de placer, pero encuentra muy difícil engendrar la alegría» (n. 7). La verdadera alegría sólo se encuentra en una persona: Jesucristo. Estar con él, seguirlo a él, servirle a él, son los mejores testimonios de una alegría plena. Por eso también se puede decir: la alegría del evangelio nada ni nadie la puede quitar (n. 84).
La presencia de Dios es siempre cercana, se manifiesta en el amor. Y esa presencia motiva a que nosotros también seamos cercanos al otro, con actitud de projimidad (n. 169). El reto es «encontrar el gesto y la palabra oportuna que nos desinstala  de la tranquila condición de espectadores» (n. 171).

Tercera razón: Dios  es siempre nuevo
La capacidad de asombro ante la novedad no es una actitud de moda hoy. Sí está de moda el culto a la novedad y al cambio[4], pero no necesariamente la capacidad de asombro. El hombre tecnologizado esta cada vez más adormecido por los inmediatismos y las visiones de corto alcance[5]. En palabras de G. Vattimo es un «pensamiento débil», que no se orienta hacia el origen o fundamento, sino a lo próximo. Podríamos decir que el hombre de hoy tantas veces está ciego ante la novedad, no quiere ver o no le interesa la novedad auténtica. Para que se dé una novedad auténtica  también es necesaria una referencia continua a la memoria y también a los puntos esenciales de las opciones de vida. En el cristianismo se propone una verdad que es siempre nueva.
La propuesta del Papa nos dice que la riqueza y la hermosura de Dios son inagotables, así lo expresa en el número 11. El amor que Dios ha mostrado tiene un centro y una esencia: el misterio pascual. Desde allí, el Señor «ofrece a los creyentes, también a los tibios o no practicantes, una nueva alegría en la fe y una fecundidad evangelizadora». Además afirma: Dios «siempre puede, con su novedad, renovar nuestra vida y nuestra comunidad… la propuesta cristiana nunca envejece». Dios nos sorprende con su constante creatividad.
En la experiencia de la catequesis, por ejemplo, se debe renovar continuamente el primer anuncio: el amor de Jesucristo, que ha dado su vida para darnos vida y que sigue presente para liberarnos (nn. 164-165). Esta experiencia de amor es siempre nueva, se profundiza cada vez más en el camino de crecimiento en la fe. En ese camino se debe seguir anunciando a Cristo lo cual «significa mostrar que creer en Él y seguirlo no es sólo algo verdadero y justo, sino también bello, capaz de colmar la vida de un nuevo resplandor y de un gozo profundo, aun en medio de la pruebas» (n. 167).
Proponer a un Dios siempre nuevo implica usar siempre un lenguaje positivo (n. 159). Que sea propositivo, alentador, lleno de vitalidad y generador de comportamientos coherentes, de tal modo que la respuesta de fe sea dada por amor, no por miedo. Por tanto, la novedad de Dios, siempre sorprende y puede ser un motivo para abrirse al misterio, basta tener un mínimo de apertura a la novedad. Debemos cultivar la capacidad de asombro.

Cuarta razón: El Dios que toma la iniciativa en el amor
El mundo parece que vive el amor según los signos de la economía y el utilitarismo: se propone el amor como un negocio, «si me das amor yo te doy amor», este sería un amor por interés, no por gratuidad; «la dinámica del mercado absolutiza con facilidad la eficacia y la productividad como valores reguladores de todas las relaciones humanas»[6]. Este tipo de amor destruye a la misma persona, lo encierra en la subjetividad[7]. Ante esta constatación el cristianismo propone una visión distinta del amor. El Papa dice: «la comunidad evangelizadora experimenta que el Señor tomó la iniciativa, la ha primereado en el amor (Cf. 1Jn 4,10); y, por eso, ella sabe adelantarse, tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los alejados y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos» (n. 24). Aquí tenemos otro gran motivo para creer y esperar: la iniciativa de Dios amando sin medida.
Es un Dios amante que nos salva (n. 39). Y espera una respuesta de amor, pero esta respuesta es dada en una vida moral auténtica; no es una ética estoica o una filosofía práctica, fría y calculadora. Es más bien una vida de virtud articulada según la esencia del mensaje del Evangelio.
El rostro de Dios que nos presenta el Papa Francisco en su Exhortación es un rostro alegre, misericordioso, siempre atento a la realidad del hombre. Un Dios que le gustan las cosas esenciales. Por ejemplo, en el numeral 43, citando a Santo Tomás nos invita a destacar los preceptos dados por Cristo, que son muy pocos. Y por eso la Iglesia, según San Agustín, no debe hacer pesada la vida de los fieles, hasta el punto de esclavizar la vida, olvidando que la misericordia de Dios quiso que la religión fuera libre. Pero esto no quiere decir disminución del valor del ideal evangélico; más bien se requiere acompañar con misericordia y paciencia las etapas posibles del crecimiento de las personas que se van construyendo cada día (Cf. n 44). Por tanto el rostro de Dios es paciente, tiene consuelo para todos porque su amor es salvífico, da vida. En este sentido la evangelización es “dar vida” (n. 10). Es mostrar el rostro salvífico de Dios. Por eso la mirada del pastor no busca juzgar, sino amar (n. 125).
Dios tiene mediaciones concretas para este amor: sigue amando por medio de los agentes de la pastoral eclesial (n. 76). Muchos hermanos siguen dando la vida por amor, ofrecen su vida y su tiempo con amor. Este es un signo de credibilidad importante para el mundo de hoy: la vida y el amor reflejado en personas concretas.
Por otro lado, la presencia de Jesucristo genera relaciones nuevas (n. 87). En donde las posibilidades de comunicación pueden dar espacio para mayores opciones de encuentro y solidaridad entre todos. Es decir que la vida de Jesucristo engendra más vida entre sus seguidores. «El evangelio nos invita siempre a correr el riesgo del encuentro con el rostro del otro, con su presencia física que interpela, con su dolor y sus reclamos, con su alegría que contagia en un constante cuerpo a cuerpo» (n. 88)[8]. Jesús es el modelo, con su encarnación nos ha mostrado concretamente la vida de Dios. Por tanto, no podemos escapar de una relación personal y comprometida con Dios que al mismo tiempo nos compromete con los otros (n. 91). Por eso el Papa invita a no cansarnos de optar por la felicidad, que se puede encontrar primereando en el amor. En este sentido, el trabajo evangelizador debe tener este dinamismo: «El principio de la primacía de la gracia debe ser un faro que alumbre permanentemente nuestras reflexiones sobre la evangelización» (n. 112).

Quinta razón: Dios nos da su paz
Vivimos rodeados de signos de violencia. Notamos cada vez más cómo nuestra generación se ve envuelta en un riesgo constante de destrucción. Esta violencia tiene sus dinamismos internos. Por ejemplo: la violencia de los hombres, lejos de explicarse a partir de consideraciones utilitarias, ideológicas o económicas, ha sido regulada esencialmente en función de dos códigos: el honor y la venganza[9]. Estos códigos son de sangre, destruyen la vida, son destructores en todo sentido. Ante esta propuesta de anti-fraternidad, el cristianismo también hace una propuesta.
Más arriba hemos reconocido cómo el Papa habla de este Dios de la alegría y del amor. Ahora nos detenemos a analizar también otro aspecto importante de la presencia de Dios: el fruto de la paz. «Cristo es nuestra paz» (Ef 2,14). Esta certeza nos confirma la fuerza de unificación que nos propone el Señor: «entre cielo y tierra, Dios y hombre, tiempo y eternidad, carne y espíritu, persona y sociedad» (n. 229). Por eso el Papa también afirma «la paz es posible porque el Señor ha vencido al mundo y a su conflictividad permanente». Esta es una buena noticia que nos hace confiar cada vez más en los procesos que realizamos por alcanzar la paz.
Por eso la Iglesia proclama el evangelio de la paz (n. 239), cuida de este bien universal. Para esto se debe privilegiar el diálogo como forma de encuentro, la búsqueda de consensos y acuerdos (n. 238). La actitud de diálogo también incluye la capacidad de confiar en el otro.
Vale la pena referirnos aquí también al mensaje del Papa para XLVII Jornada mundial de la paz, del 2014. Algunas afirmaciones especiales de ese mensaje: «la familia es fuente de toda fraternidad», «una verdadera fraternidad entre los hombres supone y requiere una paternidad trascendente» (n. 1); «la fraternidad está enraizada en la paternidad de Dios» (n. 3); «la fraternidad es fundamento y camino para la paz» (n. 4).

Sexta razón: La Iglesia de puertas abiertas y comprometida
Ahora nos concentramos en la Iglesia como un signo de credibilidad en la medida que tiene las puertas abiertas y se compromete con las realidades de este mundo. «La Iglesia “en salida” es una Iglesia con las puertas abiertas» (n. 46). Es una Iglesia atenta, que busca el trato personal, que mira a los ojos y escucha, que acompaña al que se queda al costado del camino. Esta actitud de apertura que debe reflejar la Iglesia procede de la misma actitud de Dios, que como Padre siempre espera al hijo. Recordemos al padre del hijo pródigo.
Por eso la Iglesia debe ser siempre «la casa abierta del Padre». Es más, «Jesús quiere que toquemos la miseria humana, que toquemos la carne sufriente de los demás» (n. 270); motivada por esa intuición la Iglesia está invitada a estar cada vez más comprometida en una evangelización de carácter integral, mostrando «la fuerza de la ternura».
Otra afirmación categórica: «La Iglesia tiene que ser el lugar de la misericordia gratuita, donde todo el mundo pueda sentirse acogido, amado, perdonado y alentado a vivir según la vida buena del Evangelio» (n. 114). La misión es «iluminar, bendecir, vivificar, levantar, sanar, liberar» (n. 273).
Como podemos notar, podemos encontrar en la Iglesia una luz que inspire nuestro camino. Los que somos miembros de esta Iglesia sabemos que debemos ser reflejo del amor paternal de Dios.

Conclusión: una nueva etapa evangelizadora
Si se trata de darle razones a este mundo para creer y esperar debemos tener clara la conciencia de que es necesario entrar en una nueva etapa evangelizadora (n. 1). Es un reto que exige conocer bien dónde están los fundamento de la fe y también conocer bien las preocupaciones más sentidas de las nuevas generaciones. Se necesita un discernimiento evangélico de los signos de los tiempos: cultura de la exclusión y la inequidad, la idolatría del dinero, la crisis financiera fruto de una crisis antropológica, el rechazo de la ética y de Dios. Ante este contexto el Papa recuerda que «evangelizamos también cuando tratamos de afrontar los diversos desafíos que puedan presentarse» (n. 61).
Resumamos los desafíos en siete puntos:
a) Una evangelización con espíritu: esto quiere decir «una etapa evangelizadora más fervorosa, alegre, generosa, audaz, llena de amor hasta el fin y de vida contagiosa» (n. 261). En esta nueva etapa evangelizadora se requiere fervor y dinamismo (n. 17). Podríamos decir que en cada tarea que se realice debe estar presente el «estilo evangelizador» (n.18).
b) Una Iglesia en salida:  capaz de superar sus comodidades y llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio (Cfr. n. 20). Es interesante la idea que el Papa desarrolla en varios numerales, sobre todo el número 97, sobre la urgencia de que la Iglesia deje de verse como el centro; es decir que tiene  que hacer el «movimiento de salida de sí», y centrarse más en Jesucristo y la entrega a los pobres. La Iglesia debe evitar la mundanidad bajo ropajes espirituales o pastorales.
c) Apertura: La pastoral, entonces, debe ser una pastoral de apertura, de puertas abiertas (nn. 47-49). Con la capacidad de caminar hacia las periferias, no con miedo a equivocarse, sino con miedo a quedarse encerrados en una centralismo eclesial. Es necesario superar el miedo a la novedad y el ostracismo eclesial.
d) Sin exclusiones: Ya que todos tienen derecho de recibir el evangelio, los cristianos tienen el deber de anunciarlo sin excluir a nadie (nn. 14;23), compartiendo una alegría, un horizonte bello, un banquete deseable. Por eso la Iglesia debe «poner los medios necesarios para avanzar en el camino de una conversión pastoral misionera, que no puede dejar las cosas como están» (n. 25; Cf. n. 15).
e) Renovación constante: La renovación en el esfuerzo misionero y evangelizador exige que la Iglesia misma tenga una conversión; pero en qué consiste esencialmente esta conversión: en renovar la fidelidad a su vocación (Cf. n. 26). Se pide una pastoral en clave de misión. Con la renovación adecuada de las estructuras pastorales: las parroquias, las Iglesias particulares y el mismo papado.
f) La alegría: El anuncio del evangelio debe ser alegre, paciente y progresivo, teniendo como tema central la muerte y resurrección de Cristo (n. 110). El entusiasmo de la evangelización se fundamenta en una convicción: «Tenemos un tesoro de vida y de amor que es lo que no puede engañar, el mensaje que no puede manipular ni desilusionar. Es una respuesta que cae en lo más hondo del ser humano y que puede sostenerlo y elevarlo. Es la verdad que no pasa de moda porque es capaz de penetrar allí donde nada más puede llegar. Nuestra tristeza infinita sólo se cura con un infinito amor» (n. 265).
g) La creatividad: Con creatividad, por que «toda auténtica acción evangelizadora es siempre “nueva”» (n. 12). Además, la convicción de que Dios tiene la iniciativa permite conservar la alegría en medio de la tarea exigente de la evangelización. Se trata, pues, de «intentar expresar las verdades de siempre en un lenguaje que permita advertir su permanente novedad» (n.41). Este es otro reto para nuestro tiempo. 
El desafío es que seamos capaces de vivir intensamente los principios y valores aprendidos del Evangelio, de tal manera que dignifiquemos nuestro paso por esta tierra (n. 208). Reto nada sencillo, pero que motiva cada vez más al compromiso por el amor y la paz con alegría.


[1]  G. Lipovetsky, La era del vacío, Barcelona: Editorial Anagrama, 1986, pp. 77-78.
[2] Entre paréntesis iremos presentando los numerales de la Exhortación Apostólica, ya sea las citaciones textuales o las ideas a las cuales se hace referencia.
[3] Cfr. I. Gastaldi, Educar y evangelizar en la posmodernidad, Quito: Ediciones UPS, 1994, p. 26.
[4] Cfr. G. Lipovetsky, La era del vacío, Barcelona: Editorial Anagrama, 1986, p. 81.
[5] Cfr. I. Gastaldi, Educar y evangelizar en la posmodernidad, Quito: Ediciones UPS, 1994, especialmente en p. 26: «La corriente de pensamiento de la posmodernidad no se detuvo en el intelecto, pasó a ser una actitud vital, un “estilo de vida”. Vivir la existencia como una sucesión yuxtapuesta de diminutos instantes placenteros… Vivir el encanto de estar desencantados».
[6] Documento de Aparecida, n. 61.
[7] Cfr. E. Díaz, Posmodernidad, Buenos Aires: Editorial Biblos, 2005, p. 124.
[8] Notamos aquí la conexión con la primera razón que comentábamos más arriba.
[9] G. Lipovetsky, La era del vacío, Barcelona: Editorial Anagrama, 1986, pp. 174-177.

lunes, 11 de noviembre de 2013

LA CREACIÓN, FUENTE DE VIDA. REFLEXIONES SOBRE PASTORAL CAMPESINA Y DE LA TIERRA.



1.    Creación y acción de Dios
Si nosotros aceptamos la afirmación fundamental de la teología joánica, según la cual «Dios es amor» (1Jn 4,16), ello nos facilitará comprender que el primer acto de amor que Dios realiza es la creación; de hecho la Biblia inicia con esas palabras: «En el principio, Dios creó el cielo y la tierra» (Gn 1,1).
El acto creador es la condición posibilitante de la redención, de suerte que con la creación inicia la historia humana, lugar privilegiado de la salvación que trae consigo Jesucristo. Se comprende que Jesucristo forma parte al mismo tiempo del acto creador y del acto redentor, por eso se dice que él es Dios y hombre verdadero. Dios-creador, hombre-parte de la creación.
Debe ser claro que cuando Jesús resucita y luego asciende al cielo, no deja tirada su condición humana aquí en la tierra en el conjunto de la creación, como si solo la hubiera tomada prestada el tiempo que duró su vida entre nosotros. Todo lo contrario, Jesús lleva consigo algo de la creación, es decir, incorpora en el misterio la creación, ese proceso forma parte de lo que normalmente llamamos acto redentor.  Así, lo textos bíblicos hablan de que toda la creación está implicada en el acto redentor:

Porque estimo que los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros.
En efecto, toda la creación espera ansiosamente esta revelación de los hijos de Dios.
Ella quedó sujeta a la vanidad, no voluntariamente, sino por causa de quien la sometió, pero conservando una esperanza.
Porque también la creación será liberada de la esclavitud de la corrupción para participar de la gloriosa libertad de los hijos de Dios.
Sabemos que la creación entera, hasta el presente, gime y sufre dolores de parto.
Y no sólo ella: también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos interiormente anhelando que se realice la redención de nuestro cuerpo.
(Rm 8,18-23).

Por supuesto que Jesucristo es la primicia de la recapitulación de todas las criaturas: «Él es Imagen de Dios invisible, Primogénito de toda la creación, porque en él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra» (Col 1,15-16).
Ahora bien, entre el acto creador y el acto redentor verificado en Cristo y que espera su definitiva restauración al final de los tiempos, tenemos el acto santificador que ejerce el Espíritu Santo. Lo que dure el tiempo histórico, es misión suya animar a los discípulos a dar un testimonio del amor que ha tomado cuerpo en la persona histórica de Jesús, hasta la consumación de los tiempos.
Resumiendo decimos que el acto creador es propio de Dios-Padre, el acto redentor es propio de Dios-Hijo y el acto santificador es obra de Dios-Espíritu Santo.

2.    Creación y Propiedad
Planteemos algunas preguntas: ¿Con qué propósito Dios realizó el acto de la creación? ¿Forma parte la propiedad privada del acto creador de Dios?
La respuesta a la primea pregunta tiene que ver con «los fundamentos mismos de la vida humana y cristiana», con las preguntas fundamentales de ser humano, «"¿De dónde venimos?" "¿A dónde vamos?" "¿Cuál es nuestro origen?" "¿Cuál es nuestro fin?" "¿De dónde viene y a dónde va todo lo que existe?"» (Catecismo de  la Iglesia Católica, n. 282).
En cambio, la respuesta a la segunda pregunta está orientada a determinar el hecho de que «si el mundo procede de la sabiduría y de la bondad de Dios, ¿por qué existe el mal? ¿De dónde viene? ¿Quién es responsable de él? ¿Dónde está la posibilidad de liberarse del mal?» (Catecismo de  la Iglesia Católica, n. 284).
Tomando las palabras del Catecismo de la Iglesia Católica afirmamos que «el fin último de la creación es que Dios, “Creador de todos los seres, sea por fin ‘todo en todas las cosas’ (1 Co15,28), procurando al mismo tiempo su gloria y nuestra felicidad”» (AG 2).
Por supuesto, que todo aquello que forma parte de la creación y no favorece este fin fundamental es contrario al amor de Dios.
Aunque Dios es el señor absoluto de su creación, sin embargo ha querido que las criaturas participen de la administración de lo creado; así lo dice el Catecismo de la Iglesia Católica, en  el n. 306:
«Dios es el Señor soberano de su designio. Pero para su realización se sirve también del concurso de las criaturas. Esto no es un signo de debilidad, sino de la grandeza y bondad de Dios todopoderoso. Porque Dios no da solamente a sus criaturas la existencia, les da también la dignidad de actuar por sí mismas, de ser causas y principios unas de otras y de cooperar así a la realización de su designio».

Muchas personas han interpretado mal la bondad de Dios, pues han pensado que la misión de administrar lo creado los convierte en señores absolutos de la creación, como queriendo usurpar a Dios su función creadora. Así ha surgido la propiedad privada, al punto que en muchos países, unas cuantas personas son dueñas de amplias extensiones de tierra, con las cuales aumentan sus riquezas y no se conmueven de las personas que no poseen nada. Ese comportamiento es contrario al amor de Dios y a la fe cristiana.
De hecho, «Jesús pide un abandono filial en la providencia del Padre celestial que cuida de las más pequeñas necesidades de sus hijos: "No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿qué vamos a comer? ¿qué vamos a beber? [...] Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura" (Mt 6, 31-33; cf Mt 10, 29-31)» (Catecismo de  la Iglesia Católica, n. 305). Cuando le preguntan dónde vive, suele responder que «las zorras tienen madriguera, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza» (Mt 8,20).
Por tanto, si bien la propiedad privada no es un pecado, cuando metaliza el corazón de los propietarios y se vuelve insensible al sufrimiento de los más desposeídos se torna un escándalo, que no tiene nada que ver con la praxis del amor cristiano.
Por ello, en la historia han existido hombres y movimientos eclesiales que han combatido con fuerza ese apego desordenado por la propiedad. Una figura muy importante es San Francisco de Asís, también Santa Teresa de Calcuta, Bartolomé de las Casas, etc.
El origen de la propiedad privada en América inicia, en su forma moderna, con la llegada de los colonizadores. En tiempos de los reinos indígenas los terrenos y las vegas sembradas eran para sustento de las tribus de los pueblos originarios. De hecho, minerales como el oro eran puramente ornamentales, no era objeto de una explotación industrial. Cuando llegan los colonizadores, con su sed del oro, despojan a los indios de sus tierras y los obligan a cultivar para generar alimentos para los trabajadores de la minas, por supuesto también las tierras donde encuentran los yacimientos de oro les son quitadas, a su vez, los indios son esclavizados y obligados a cultivar para los españoles y a trabajar duramente en las minas para la extracción del oro. Bartolomé de las Casas narra muchas veces en sus escritos la tremenda sed de oro que embarga a los colonizadores; véase por ejemplo el siguiente fragmento: «Diose buena priesa [sic] Cortés, poniendo diligencia en que los indios que le había repartido Diego Velázquez, le sacasen muncha [sic] cantidad de oro, que era el hipo de todos; y así le sacaron dos o tres mil pesos de oro que, para en aquellos tiempos, era gran riqueza. Los que por sacarle el oro murieron, Dios habrá tenido mejor cuenta que yo»[1].
Ya en la época de los procesos de independencia, a los indios se les somete a un sistema ejidal de propiedad, es decir, unos terrenos de uso público encomendado a una persona o a un grupo de personas. Cuando viene el cultivo del café y la caña de azúcar, se terminó ese sistema y se pasó a la propiedad privada, así como la conocemos hoy. Hay que tener en cuenta que todos los intentos de reforma agraria van orientados a lograr una mejor distribución de la tierra. Por la tenencia de la tierra se han dado sangrientas luchas, las cuales no han cesado en la actualidad.

3.    Creación y acción a favor de la vida
Si como hemos dicho, la creación tiene que ver con el plan salvífico de Dios y ese plan queda plasmado en las palabras de Jesús: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10); entonces, la creación es el acto que da origen a la vida.
Ahora bien, si nosotros somos verdaderamente cristianos, ello implica por lo menos dos acciones fundamentales. Por una parte, empeñarnos en la defensa de la vida en todas sus manifestaciones (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2270). Y, en segundo lugar, oponernos con determinación, en modo organizado y haciendo uso de los recursos legales, contra aquellos que ponen en riesgo la vida.
Quiero concluir, citando dos textos. El primero es de Pablo VI, en el que afirma que los que amamos la tierra y la creación podemos estar seguros que realizando una labor de pastoral campesina y de la tierra, estamos participando del proceso evangelizador:
Entre evangelización y promoción humana (desarrollo, liberación) existen efectivamente lazos muy fuertes. Vínculos de orden antropológico, porque el hombre que hay que evangelizar no es un ser abstracto, sino un ser sujeto a los problemas sociales y económicos. Lazos de orden teológico, ya que no se puede disociar el plan de la creación del plan de la redención que llega hasta situaciones muy concretas de injusticia, a la que hay que combatir y de justicia que hay que restaurar. Vínculos de orden eminentemente evangélico como es el de la caridad: en efecto, ¿cómo proclamar el mandamiento nuevo sin promover, mediante la justicia y la paz, el verdadero, el auténtico crecimiento del hombre? Nos mismos lo indicamos, al recordar que no es posible aceptar "que la obra de evangelización pueda o deba olvidar las cuestiones extremadamente graves, tan agitadas hoy día, que atañen a la justicia, a la liberación, al desarrollo y a la paz en el mundo. Si esto ocurriera, sería ignorar la doctrina del Evangelio acerca del amor hacia el prójimo que sufre o padece necesidad" (Evangelii Nuntiandi, n. 31).


El otro texto es del documento de Santo Domingo (CELAM), en el n. 172:
En nuestro continente hay que considerar dos mentalidades opuestas con relación a la tierra, ambas distintas de la visión cristiana:
a) La tierra, dentro del conjunto de elementos que forman la comunidad indígena, es vida, lugar sagrado, centro integrador de la vida de la comunidad. En ella viven y con ella conviven, a través de ella se sienten en comunión con sus antepasados y en armonía con Dios; por eso mismo la tierra, su tierra, forma parte sustancial de su experiencia religiosa y de su propio proyecto histórico. En los indígenas existe un sentido natural de respeto por la tierra; ella es la madre tierra, que alimenta a sus hijos, por eso hay que cuidarla, pedir permiso para sembrar y no maltratarla.
b) La visión mercantilista: considera la tierra en relación exclusiva con la explotación y lucro, llegando hasta el desalojo y expulsión de sus legítimos dueños.

CONCLUSIÓN
Lo mejor que podemos hacer para que nuestro discurso no resulte vacío es poner en práctica las líneas pastorales que nos ha sugerido el episcopado latinoamericano en el documento de Santo Domingo, nn. 176-177:

Líneas pastorales
N. 176:
·         Promover un cambio de mentalidad sobre el valor de la tierra desde la cosmovisión cristiana, que enlaza con las tradiciones culturales de los sectores pobres y campesinos.
·         Recordar a los fieles laicos que han de influir en las políticas agrarias de los gobiernos (sobre todo en las de modernización) y en las organizaciones de campesinos e indígenas, para lograr formas justas, más comunitarias y participativas en el uso de la tierra.

N. 177
·         Apoyar a todas las personas e instituciones que están buscando de parte de los gobiernos, y de quienes poseen los medios de producción, la creación de una justa y humana reforma y política agraria, que legisle, programe y acompañe una distribución más justa de la tierra y su utilización eficaz.
·         Dar un apoyo solidario a aquellas organizaciones de campesinos e indígenas que luchan, por cauces justos y legítimos, por conservar o readquirir sus tierras.
·         Promover progresos técnicos indispensables para que la tierra produzca, teniendo en cuenta también las condiciones del mercado, y la necesidad para eso de fomentar la conciencia de la importancia de la tecnología.
·         Favorecer una reflexión teológica en torno a la problemática de la tierra, haciendo énfasis en la inculturación y en una presencia efectiva de los agentes de pastoral en las comunidades de campesinos.
Apoyar la organización de grupos intermedios, por ejemplo cooperativas, que sean instancia de defensa de derechos humanos, de participación democrática y de educación comunitaria.


[1] Bartolomé de las Casas, Obras completas, vol. 5: Historia de las Indias III, Alianza Editorial, Madrid 1995, pág. 1871.

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