lunes, 15 de abril de 2013

EL MÍNIMUMVITALISMO MASFERRERIANO (TESIS DOCTORAL)




El próximo jueves, 25 de abril de 2013, en el auditórium “D” de la UCA, a las 6:00 pm., hará la defensa pública de su tesis doctoral —titulada El Vitalismo masferreriano: un modo de hacer filosofía en El Salvador de principios del siglo XX— el Mag. Víctor Guerra, docente a tiemplo completo en la Escuela de Teología de la Universidad Don Bosco.

Recensión:
Esta tesis se enmarca en el campo de la filosofía, concretamente en el pensamiento filosófico latinoamericano del siglo XX, particularmente de El Salvador.
El vitalismo masferreriano, por su principio y por su objeto de estudio se enmarca en el campo de la filosofía occidental y particularmente europea, pero por su especificidad y concreción se diferencia de ella ya que Masferrer concreta su vitalismo en un lugar y tiempo específico: En El Salvador de principios del siglo veinte.
La realidad de pobreza y marginalidad económica, social y cultural padecida por los salvadoreños y centroamericanos es en la época de Masferrer de niveles críticos y han hecho que la sociedad de ese tiempo viva en una situación de subdesarrollo estructural con muy  pocas posibilidades de superar dicha situación.
En esta perspectiva, Masferrer ve en su teoría vitalista la tabla de salvación ante los problemas estructurales que padecen los salvadoreños de su tiempo y propone su Minimumvitalismo que comporta una ética y una política cuyo fundamento está en el ámbito biológico. Para Masferrer la vida no es una abstracción, sino que es un elemento vinculante entre el hombre y la realidad.  Por ello su Minimumvitalismo se concreta en la satisfacción plena de un mínimo de nueve principios claves, éstos son: Trabajo, Alimentación, Habitación, Agua, Vestido, Asistencia médica, Justicia,  Educación y Descanso.
Para Masferrer la Vida es el principio fundamental y absoluto que hay que defender y por ello, su sistema vitalista se concreta en una ética y una política cuya concreción particular va en tres vías operativas: un Partido Vitalista, Una Educación Vitalista y los Círculos Vitalistas.
El Minimumvitalismo masferreriano es por esto precursor de los Derechos Humanos y con ello entra en diálogo con otros intelectuales de peso de principios del siglo veinte, pero también con filósofos como Ignacio Ellacuría y su teoría de los Derechos Humanos en Occidente.
De ahí que el Minimumvitalismo masferreriano, por su principio y objeto de estudio constituye un pensamiento filosófico aplicable a las distintas realidades sociales, políticas y económicas de los centroamericanos de todos los tiempos. De lo que se trata para encontrar dicha aplicabilidad es únicamente concretar sus principios fundamentales.

miércoles, 10 de abril de 2013

CARITAS CHRISTI URGE NOS La caridad como forma de identidad y credibilidad en los pastores




Una adecuada compresión de lo que normalmente denominamos caridad pastoral, supone por lo menos la comprensión de los siguientes elementos:

1.      El sentido que adquiere la caridad en Jesucristo, el Buen Pastor.
2.      La prolongación histórico-sacramental de la caridad del Buen Pastor en sus discípulos.
3.      La caridad pastoral en algunos documentos de la Iglesia.

1. El sentido que adquiere la caridad en Jesucristo, el Buen Pastor

Si hacemos una primera aproximación al concepto de caridad pastoral, notamos que los elementos que entran en correlación son dos: caridad y pastoral. En este caso, el concepto central es la caridad, en cambio el concepto pastoral estaría diciéndonos aquello a lo cual se está aplicando el correlato principal –la caridad.

La caridad pastoral es la prolongación histórico-sacramental del actuar del Buen Pastor en la vida de los discípulos que participan del ministerio pastoral. En un sentido lato se podría incluir en esta definición a aquellos discípulos que, sin ser sacerdotes ministeriales, están llamados a orientar a grupos de personas a partir de su testimonio de vida cristiana: profesores, padres de familia, delegados de la Palabra, etc. Sin embargo, nuestro argumento se limita a la función pastoral en el sacerdocio ministerial.

Caracterización de la caridad cristiana
El sentido cristiano de la caridad no se entiende en primer término como acción social en favor de alguien. Aunque esto sea verdad y esté directamente conectado con el misterio pascual, en realidad, la caridad no se reduce a acto caritativo, más bien hay que entenderlo como principio constitutivo de la forma cristiana de actuar. ¿Cómo explicar esto?

Si nos atenemos a la teología joánica, en ella lo que se afirma es que «Dios es amor». En sentido estricto, lo que ese texto dice es que practicar la caridad es una forma de participar en el proceso de la entrada de Dios en la historia, en el sentido de que «el que no ama no ha conocido a Dios» (1Jn 4,8).

Justamente, una de las características básicas de la caridad es que se trata de una iniciativa de Dios: «en esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros y envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados» (1Jn 4,10). Esta iniciativa de Dios determina la forma en que nosotros nos ejercitaremos en el amor, también nosotros tomando la iniciativa, de modo que «si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos mutuamente» —de esa manera (1Jn 4,11).

Es así que el amor, en cuanto esencia de la fe cristiana, no sólo informa acerca de algo encomiable que sucedió hace tantos años; no sólo forma los intelectos en función de una praxis histórica, sino que sobre todo es performativo, en cuanto, puede transformar nuestra vida hasta hacernos sentir redimidos por la esperanza que el encuentro con Jesucristo expresa (cfr. Spe Salvi, nn. 2 y 4).

Sentido de la caridad en el Buen Pastor
La determinación de algunas características básicas que encontramos en las narraciones evangélicas acercade la caridad en función pastoral nos ayudan a completar el sentido de la caridad pastoral.

a)    Carida pastoral responsable. La frase que viene de inmediato a nuestra mente al hablar de la correlación entre caridad y función pastoral es la que dice que «el Buen Pastor da su vida por la ovejas». La frase está contenida en el largo discurso de Juan 10, 1-42. En ella lo que queda claro es que la caridad del Buen Pastor no consiste en dar algo a alguien, sino en darse uno mismo, es la actitud que establece la frontera entre el asistencialismo y el principio misericordia. El asistencialismo, por muy bueno que parezca, no busca transformar en modo radical la sistuaciones de sufrimiento y de muerte que aquejan el entorno vital, en cambio la entrega de sí provoca una crisis en el estado de las cosas, en cuanto, por una parte pone de manifiesto el comportamiento demagógico y encubridor de quien promueve el asistencialismo, y por otra parte, manifiesta el rostro más creíble del discipulado cristiano. La muerte de Jesús pone en crisis el estado amañado de las autoridades de la religión judía y genera el movimiento cristiano orientado a atender a los marginados de la sociedad: «Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna» (Juan 3,16). Si esto mismo se dice en modo negativo, entonces adquiere la forma siguiente: «el ladrón no viene sino para robar, matar y destruir. Pero yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia» (Juan 10,10). El pastor asalariado «no se preocupa por la ovejas» (Juan 10,13), de hecho huye cuando ve venir al lobo, que las dispersa (Juan 10, 12). La donación total del pastor está sustentada en un acto de ética de la responsabilidad: conoce a las ovejas, identifica a las más débiles y les ayuda; a su vez, afronta con realismo histórico las consecuencias de ponerse de la parte del que más sufre, no evade sus responsabilidades.

b)    Caridad pastoral integral y sistemática. El ejercicio de la caridad es vinculante para alcanzar la vida eterna, su puesta en práctica es condición para salvarse. Ese es el planteamiento que está de fondo ante la pregunta: «Maestro, ¿qué tengo que hacer para alcanzar la vida eterna?» (Lucas 10,25). La respuesta del doctor de la ley ante la contrapregunta de Jesús «¿qué está escrito en la Ley?», evidencia la integración de las disciplinas canónicas y los cánones religiosos en una perspectiva de sistematicidad integradora: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu espíritu, y a tu prójimo como a ti mismo» (Lucas 10, 27). La respuesta es integral en sus componentes e implica que la afirmación de fe en un Dios trascendente supone el ejercicio de la caridad en la historia. Así se entiende que la narración que sigue a esta parte del evangelio de Lucas presente, una vez superado el prejuicio de la religión, el que se proceda a atender primero la emergencia de quien ha sido víctima de la violencia —«entonces se acercó y vendó sus heridas, cubriéndolas con aceite y vino; después lo puso sobre su propia montura, lo condujo a un albergue y se encargó de cuidarlo» (Lucas 10,34)—. Pero, como ya dijimos que la caridad no es asistencialismo, ni se puede reducir a primeros auxilios, entonces se requiere un proceso sistemático de acompañamiento del que sufre —«Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al dueño del albergue, diciéndole: ‘Cuídalo, y lo que gastes de más, te lo pagaré al volver’ » (Lucas 10,35).

c)    La caridad pastoral en función de servicio. La caridad, aunque tradicionalmente se le sitúa al interno de la tradición cristiana, en realidad ella no está determinada por ideologías, religiones, formas políticas de pensamiento o sistemas económicos. Justamente su manipulación por alguno de esos factores puede empañar su sentido originario. La narración joánica del Buen Pastor dice claramente: «Tengo, además, otras ovejas que no son de este corral y a las que debo también conducir: ellas oirán mi voz, y así habrá un solo Rebaño y un solo Pastor» (Juan 10,16). Es el sentido de la discusión que sostiene con la mujer sirofenicia, que al inicio Jesús le niega el favor de liberar a su hija de un demonio por ser pagana, pero vista la fe de la mujer, le concede el favor (cfr. Marcos 7, 25-30). La narración no es casual, pues está situada en el contexto de una fuerte discusión de Jesús con fariseos y escribas que le reprochan el que sus discípulos no sigan las prescripciones rituales. A ellos Jesús les dice: «¡Hipócritas! Bien profetizó de ustedes Isaías, en el pasaje de la Escritura que dice: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí» (Marcos 7,6); les recrimina su rigorismo religioso que decanta en narcisismo totalmente situado en la inmanencia histórica: «en vano me rinde culto: las doctrinas que enseñan no son sino preceptos humanos» (Marcos 7,7). Se identifica, por tanto, la razón del abandono del ejercicio de la caridad: «Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios, por seguir la tradición de los hombres» (Marcos 7,8).


2. La prolongación histórico-sacramental de la caridad del Buen Pastor en sus discípulos

El paso del principio constitutivo de la caridad del Buen Pastor a la incorporación de los discípulos en ella adquiere una forma sacramental. El texto bíblico que mejor integra esa prolongación sacramental es el pasaje del Evangelio de Juan, que se lee el Jueves Santo: Juan 13,1-17.

En este texto confluyen varios factores que interesan al tema que estamos tratando:

a)    El principio constitutivo de la caridad: «sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, él, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin» (Juan 13,1.3).

b)    El contexto pascual: «Antes de la fiesta de Pascua» (13,1). Esto determina la relación entre caridad pastoral y eucaristía.

c)    El servicio como criterio de pertenencia a los discípulos de Jesús: «empezó a lavar los pies a los discípulos» (13,5). La misma negativa de Pedro a dejarse labar los pies y la recriminación que le hace Jesús refuerzan esta tesis: «Si yo no te lavo, no podrás compartir mi suerte» (13,8). Es decir, no podría llamarse discípulo de Jesús.

d)    Ejercicio de la caridad como envío: «Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros» (13,14).  Hay un mandato explícito de Jesús de poner por obra el ejemplo de Jesús: «Ustedes serán felices si, sabiendo estas cosas, las practican» (13,17). Hay una íntima relación entre ejercicio de la caridad y misión.

Solamente cuando hemos asumido responsablemente este conjunto de características que supone el ejercio de la caridad pastoral es que logramos comprender el que las comunidades emergentes en el cristianismo primitivo puedieran decir: «el amor de Cristo nos apremia» (2Co 5,14) y que todo el entramado del movimiento cristiano y su tradición estén sustentados sobre la base de tres virtures: la fe, la esperanza y la caridad; dejando claro que la mayor de todas ellas es la caridad (1Co 13,13, cfr. 13,1-4). Como dice San Agustín: «La culminación de todas nuestras obras es el amor. Ese es el fin; para conseguirmo, corremos; hacia él corremos; una vez llegados, en él reposamos» (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1829).


3. La caridad pastoral en algunos documentos de la Iglesia
3.1. En el Decreto Presbyterorum Ordinis del Concilio Vaticano II

Se habla de la íntima relación que existe entre el sacerdocio de Cristo y el sacerdocio de los presbíteros como fundamento de toda caridad pastoral:

Los sacerdotes están obligados especialmente a adquirir aquella perfección, puesto que, consagrados de una forma nueva a Dios en la recepción del Orden, se constituyen en instrumentos vivos del Sacerdote Eterno para poder proseguir, a través del tiempo, su obra admirable, que reintegró, con divina eficacia, todo el género humano. Puesto que todo sacerdote representa a su modo la persona del mismo Cristo, tiene también, al mismo tiempo que sirve a la plebe encomendada y a todo el pueblo de Dios, la gracia singular de poder conseguir más aptamente la perfección de Aquel cuya función representa, y la de que sane la debilidad de la carne humana la santidad del que por nosotros fue hecho Pontífice "santo, inocente, inmaculado, apartado de los pecadores" (Hb., 7, 26). (n. 12).

Para poder asumir tan alta responsabilidad, en el modo que lo plantea este documento, se requiere la concurrencia de un acto de fe, de donde se sigue que el ejercicio de la caridad pastoral presupone una fe firme. Esta búsqueda de la santidad la ejercen en unión con el obispo y con los presbíteros (n. 12).

En el n. 13 aparece claramente expresado el principio constitutivo de donde dimana el sentido de la caridad pastoral: Así, uniéndose con Cristo, participan de la caridad de Dios, cuyo misterio, oculto desde los siglos, ha sido revelado en Cristo. En este mismo número se plantea la correlación entre Eucaristía y ministerio pastoral: Así, mientras los presbíteros se unen con la acción de Cristo Sacerdote, se ofrecen todos los días enteramente a Dios, y mientras se nutren del Cuerpo de Cristo, participan cordialmente de la caridad de Quien se da a los fieles como pan eucarístico.

Para quienes, como nosotros, conocemos o hemos vivido de cerca el martirio de sacerdotes y obispos, el numeral 13 hace una afirmación de mucha importancia al respecto, que nos enmarca en la relación entre caridad pastoral y martirio: Rigiendo y apacentando el Pueblo de Dios, se ven impulsados por la caridad del Buen Pastor a entregar su vida por sus ovejas, preparados también para el sacrificio supremo, siguiendo el ejemplo de los sacerdotes que incluso en nuestros días no han rehusado entregar su vida. 

El n. 14 del documento en cuestión sitúa el tema de la caridad pastoral entre la función sacramental de la Iglesia al servicio del Señor y la misión que constituye su esencia. Esto es coherente con el sentido originario de la caridad, que no puede ser separado con el sentido de la misión, sobre todo si se asume que la Iglesia es la prolongación histórico-sacramental de la misión originaria del Hijo. De modo que la caridad pastoral es unión a la caridad de Cristo y despliegue de la misma por medio de la sacramentalidad de la Iglesia: Cristo, para cumplir indefectiblemente la misma voluntad del Padre en el mundo por medio de la Iglesia, obra por sus ministros y por ello continúa siendo siempre principio y fuente de la unidad de su vida. En el marco eclesial se concreta aun más la caridad pastoral vinculada al Buen Pastor en la forma eucarística:

De esta forma, desempeñando el papel del Buen Pastor, en el mismo ejercicio de la caridad pastoral encontrarán el vínculo de la perfección sacerdotal que reduce a unidad su vida y su actividad. Esta caridad pastoral fluye sobre todo del Sacrificio Eucarístico, que se manifiesta por ello como centro y raíz de toda la vida del presbítero, de suerte que lo que se efectúa en el altar lo procure reproducir en sí el alma del sacerdote. 

Este vínculo entre caridad pastoral y eucaristía supone una correcta comprensión del misterio eucarístico, que no puede reducirse a la adoración pública de las especies eucarísticas, habida cuenta que tal ejercicio —el culto público a la hostia consagrada— no forma parte de los datos originarios del misterio eucarístico, sino que se trata de una piadosa tradición construida entre los siglos IX y XII. Una auténtica comprensión del misterio eucarístico debe comprender —por lo menos— los siguientes elementos: el modo como se entiende en los textos bíblicos (evangelios y comunidades del cristianismo primitivo); el sentido memorial, del sacrificio de Cristo y su rol configurador de la comunidad; la correlación que implica entre martirio, comunión y misión; incluso lo que dice el Derecho Canónico acerca de la prudencie de no exagerar el culto público par no deformar el conjunto de su comprensión; el que las personas no hagan de la Eucaristía sólo un elemento de la devoción, sino que incorporen su sentido teológico en su propia vida.

El concepto de unidad que maneja el documento está determinado por la relación entre el misterio trinitario y la Iglesia en Cristo; a su vez, al interno de la Iglesia por la relación con el obispo y con sus compañeros sacerdotes. Y todo ello estaría posibilitando el ejercicio de la misión:
Porque no puede separarse la fidelidad para con Cristo de la fidelidad para con la Iglesia. La caridad pastoral pide que los presbíteros, para no correr en vano, trabajen siempre en vínculo de unión con los obispos y con otros hermanos en el sacerdocio. Obrando así hallarán los presbíteros la unidad de la propia vida en la misma unidad de la misión de la Iglesia, y de esta suerte se unirán con su Señor, y por El con el Padre, en el Espíritu Santo, a fin de llenarse de consuelo y de rebosar de gozo. 

El n. 15 lo que hace es restringir el sentido de la unidad y de la caridad pastoral a partir de un criterio jerárquico. Según esto, la caridad pastoral se enmarca en la comunión jerárquica de todo el cuerpo. En seguida se recomienda gastarse y agotarse de buena gana en cualquier servicio que se les haya confiado, por humilde y pobre que sea. Pero, de inmediato hay que dejar claro —sobre todo a los señores obispos— que la obediencia a ellos, que se presupone en estas afirmaciones, ha de conjugarse con lo que dice el Catecismo de la Iglesia Católica, n. 786, a propósito de la función regia al interno de la Iglesia:
Cristo, Rey y Señor del universo, se hizo el servidor de todos, no habiendo "venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos" (Mt 20, 28). Para el cristiano, "servir es reinar" (LG 36), particularmente "en los pobres y en los que sufren" donde descubre "la imagen de su Fundador pobre y sufriente" (LG 8). El pueblo de Dios realiza su "dignidad regia" viviendo conforme a esta vocación de servir con Cristo.

El n. 16 trata de la relación entre caridad pastoral y celibato. Afirma claramente que la condición célibe no es exigida ciertamente por la naturaleza misma del sacerdocio, como aparece por la práctica de la Iglesia primitiva, sin embargo la recomienda sobre todo para los sacerdotes de la Iglesia occidental y afirma la disciplina canónica del celibato impuesto: el celibato, que al principio se recomendaba a los sacerdotes, fue impuesto por ley después en la Iglesia Latina a todos los que eran promovidos al Orden sagrado. Este Santo Concilio aprueba y confirma esta legislación.
El n. 17 trata de la relación entre caridad pastoral y ejercicio de la pobreza evangélica. Se desaconseja el comercio de bienes, a no ser aquellos negocios que beneficien el ejercicio de la misión de la Iglesia y el adecuado sostenimiento del clero. El último parágrafo de este número resume bastante bien el sentido de esta correlación:
Guiados, pues, por el Espíritu del Señor, que ungió al Salvador y lo envió a evangelizar a los pobres, los presbíteros, y lo mismo los obispos, mucho más que los restantes discípulos de Cristo, eviten todo cuanto pueda alejar de alguna forma a los pobres, desterrando de sus cosas toda clase de vanidad. Dispongan su morada de forma que a nadie esté cerrada, y que nadie, incluso el más pobre, recele frecuentarla. 


3.2. Exhortación Apostólica Postsinodal Pastores Dabo Vobis
El documento reafirma la identificación del ministerio de los presbíteros con el de Cristo Cabeza y Buen Pastor; la importancia de entender el ministerio sacerdotal como servicio (n. 21). Vale la pena referir la cita de San Agustín reclamada por el documento en este numeral: El que es cabeza del pueblo debe, antes que nada, darse cuenta de que es servidor de muchos. Y no se desdeñe de serlo, repito, no se desdeñe de ser el servidor de muchos, porque el Señor de los señores no se desdeñó de hacerse nuestro siervo.
El n. 22 presenta a Jesús como ejemplo de Buen Pastor y el que mejor ha vivido la caridad pastoral: su vida es una manifestación ininterrumpida, es más, una realización diaria de su «caridad pastoral». Al mismo tiempo se invita a los sacerdotes a vivir en modo esponsal su ministerio.
El n. 23 ofrece una definición de caridad pastoral:
Es el principio interior, la virtud que anima y guía la vida espiritual del presbítero en cuanto configurado con Cristo Cabeza y Pastor…, participación de la misma caridad pastoral de Jesucristo: don gratuito del Espíritu Santo y, al mismo tiempo, deber y llamada a la respuesta libre y responsable del presbítero.
El contenido esencial de la caridad pastoral es la donación de sí, la total donación de sí a la Iglesia, compartiendo el don de Cristo y a su imagen. «La caridad pastoral es aquella virtud con la que nosotros imitamos a Cristo en su entrega de sí mismo y en su servicio. No es sólo aquello que hacemos, sino la donación de nosotros mismos lo que muestra el amor de Cristo por su grey. La caridad pastoral determina nuestro modo de pensar y de actuar, nuestro modo de comportarnos con la gente. Y resulta particularmente exigente para nosotros...».

La caridad pastoral es donación del propio sacerdote a la Iglesia. Se insiste en la comunión jerárquica. Se recuerda el vínculo que mantiene con la Eucaristía.
En un modo claro, el n. 24 vincula vida espiritual, caridad pastoral y misión; de modo que la consagración es para la misión…bajo el signo del Espíritu, bajo su influjo santificador.

3.3. Documento de Aparecida (CELAM)
El documento de Aparecida integra la doctrina fundamental de la Iglesia. De resaltar el evidente sentido misionero que se le adjudica a la identidad del presbítero y el sentido misericordioso y samaritano de su sacerdocio.
El n. 191 se refiere formación permanente, que esté centrada en la escucha de la Palabra de Dios y en la celebración diaria de la Eucaristía, abierta también a aquellos que han sido enviados a otras Iglesias motivados por un auténtico sentido misionero.
En cambio, el n. 192 resulta interesante porque plantea una serie de desafíos a la vida y ministerio de los sacerdotes. Plantea tres: la cuestión de la identidad teológica del ministerio presbiteral, su inserción en la cultura actual y situaciones que inciden en su existencia.
·         N. 193.  La identidad teológica del ministerio presbiteral: El sacerdote no puede caer en la tentación de considerarse solamente un mero delegado o sólo un representante de la comunidad, sino un don para ella por la unción del Espíritu y por su especial unión con Cristo cabeza.
·         N. 194.  Inserto en la cultura actual: El presbítero está llamado a conocerla para sembrar en ella la semilla del Evangelio, es decir, para que el mensaje de Jesús llegue a ser una interpelación válida, comprensible, esperanzadora y relevante para la vida del hombre y de la mujer de hoy, especialmente para los jóvenes
·         N. 195. Celibato y vida espiritual intensa fundada en la caridad pastoral: cultivo de relaciones fraternas con el Obispo, con los demás presbíteros de la diócesis y con laicos… El ministerio sacerdotal que brota del Orden Sagrado tiene una “radical forma comunitaria” y sólo puede ser desarrollado como una “tarea colectiva”.

Por lo que respecta el n. 197, plantea desafíos de carácter estructural:
·         parroquias demasiado grandes;
·         parroquias muy pobres;
·         parroquias situadas en sectores de extrema violencia e inseguridad;
·         mala distribución de presbíteros en las Iglesias del Continente.
Un elemento que puede ayudar mucho a configurar la identidad sacerdotal es el que presenta el n.198, que describe al sacerdote como hombre de la misericordia y la compasión, cercano a su pueblo y servidor de todos, particularmente de los que sufren grandes necesidades. Ello supone un modelo de Iglesia también samaritana y misericordiosa.
Aquello que es específico de este documento es presentar al sacerdote como discípulo, misioneros y servidores (n. 199):
·         discípulos: que tengan una profunda experiencia de Dios, configurados con el corazón del Buen Pastor, dóciles a las mociones del Espíritu, que se nutran de la Palabra de Dios, de la Eucaristía y de la oración;
·         misioneros: movidos por la caridad pastoral: que los lleve a cuidar del rebaño a ellos confiados y a buscar a los más alejados predicando la Palabra de Dios, siempre en profunda comunión con su Obispo, los presbíteros, diáconos, religiosos, religiosas y laicos;
·         servidores de la vida: que estén atentos a las necesidades de los más pobres, comprometidos en la defensa de los derechos de los más débiles y promotores de la cultura de la solidaridad;
·         llenos de misericordia: disponibles para administrar el sacramento de la reconciliación.
Para que sea viable la propuesta hecha por el documento, se requiere, como dice el n. 200, de una pastoral presbiteral que privilegie la espiritualidad específica y la formación permanente e integral de los sacerdotes. Al respecto, es muy interesante lo que dice también acerca de los presbíteros que abandonaron el ministerio; sugiere que cada Iglesia particular procure establecer con ellos relaciones de fraternidad y de mutua colaboración conforme a las normas prescritas por la Iglesia.

4. Conclusión
4.1. La caridad pastoral es, en primer lugar, principio constitutivo de la forma del actuar cristiano. Su fuente es el amor de Dios que se ha revelado en Cristo bajo la forma del Buen Pastor, Samaritano y amigo de los pobres.

4.2. La caridad pastoral, por tanto, no consiste simplemente en acción social. La acción social es consecuencia de la incorporación que una persona, desde el punto de vista de la fe, hace del amor de Dios en su vida. Por tanto es el amor de Dios lo que da forma a la praxis cristiana, y no la praxis cristiana la que da forma al amor de Dios.

4.3. La caridad pastoral tiene cuatro elementos correlativos, sin los cuales no se puede hablar de ella: Caridad, Eucaristía, Misión, Testimonio.

4.4. Si la dinámica de incorporación del amor de Dios en la vida del discípulo es la clave de la caridad pastoral, entonces en dicho proceso de incorporación se sigue una ley de gradualidad: la intensidad con que se vive la caridad de Cristo es directamente proporcional al proceso de credibilidad. Es más creíble quien más ama.

martes, 19 de marzo de 2013

CENTRALIDAD DE LA MISIÓN EN LA VIDA PARROQUIAL


La vitalidad de la Iglesia, y en modo particular de la parroquia, se mide a partir de la misión. Aquí se puede parafrasear el dicho popular: «Dime cómo vives la misión y te diré qué tipo de comunidad cristiana eres».
La misión es el termómetro de la Iglesia. Esto es así porque la tradición cristiana afirma que la esencia de la Iglesia es la misión (cfr. Ad Gentes, 2; Evangelii Nuntiandi, 14). Renunciar a este principio es renunciar a ser Iglesia. Por eso es que Pablo solía decir: «Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe. Y ¡ay de mí si no predicara el Evangelio!» (1Cor 9,16). Ese grado de convicción es el que debe caracterizar a todo católico y a todas las parroquias.
Necesidad de la conversión para ejercer la misión
Pero nadie puede llegar al grado de entrega de San Pablo si primero no se cuestiona seriamente su estado actual como cristiano. Habría que preguntarse con honestidad: ¿estoy siendo generoso y fiel a aquello en lo que digo creer?
De modo que la misión supone la conversión. Esto ha quedado bien claro en el documento de Aparecida, que pone como condición para una auténtica renovación de nuestras parroquias la necesidad de una renovación eclesial, que implica reformas espirituales, pastorales y también institucionales (n. 367). El documento es incluso más explícito en este punto cuando afirma: la conversión pastoral de nuestras comunidades exige que se pase de una pastoral de mera conservación a un pastoral decididamente misionera (n. 370). De frente a estos textos no nos debería quedar duda de la necesidad de ponernos en marcha, cuanto antes, hacia la renovación misionera de nuestras comunidades.
Sentido de la misión
Ahora bien, una vez que uno acepta que la misión es la esencia de la Iglesia y que su aplicación es principio de transformación de nuestras parroquias, entonces hay que preguntarse si la misión se ejerce del mismo modo en todas partes. A lo cual hay que responder que no. Es decir, aunque la misión es una y única, en cuanto procede del seno de la Trinidad y en cuanto al modo como la vivió Jesús de Nazaret, sin embargo la misión necesita ser contextualizada. Por eso hay que preguntarse en primer lugar: ¿qué características adquiere la misión en mi comunidad? Esta respuesta remite a un doble conocimiento: primero, yo debo conocer los contenidos doctrinales de la fe, que son los mismos que constituyen los contenidos de la misión en su despliegue evangelizador; en segundo lugar, yo debo conocer el contexto socio-cultural, político y económico en que se ejerce la misión. Tienen, pues, razón los filósofos cuando afirman que no se puede amar lo que no se conoce, y yo diría que tampoco se puede testimoniar ni predicar lo que no se conoce.
Fe y Misión
De ahí la importancia de tomar en serio la distinción que hace el Papa Benedicto XVI entre fe y contenidos de la fe. Las posibilidades de éxito de la misión hoy dependen del adecuado equilibrio que se da en los creyentes entre el acto de libertad con que una persona afirma que cree en Cristo y el grado de conocimiento que tenga esa persona de los elementos que supone tal afirmación, contenidos de la fe. Dicho en modo sencillo: yo puedo decir que soy católico, pero si nunca leo la Biblia, ni tampoco leo el Catecismo de la Iglesia Católica, entonces mi afirmación tiene algo de mentira y seguramente mucho de superficialidad. Ya lo tenía claro Pablo cuando decía: «con el corazón se cree y con los labios se profesa» (cfr. Rm 10,10). El Papa lo dice así: En efecto, existe una unidad profunda entre el acto con el que se cree y los contenidos a los que prestamos nuestro asentimiento; de tal manera, continúa diciendo el Papa, que el conocimiento de los contenidos de la fe es esencial para dar el propio asentimiento, es decir, para adherirse plenamente con la inteligencia y la voluntad a lo que propone la Iglesia (Porta Fidei, 10). Estos dos elementos —fe y contenidos de la fe― deben ir siempre unidos.
María, mujer responsable y creyente
No hay duda que María puede inspirar nuestra vida de parroquia, sobre todo si se aplica aquello que en ella se cumple: el paso de la escucha de la Palabra a su efectiva realización en la historia. En esto nos puede ayudar mucho el pasaje evangélico en el que Jesús corrige a la mujer que exalta la maternidad biológica de María, en vistas a una maternidad educadora y responsable: «Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron». Pero él replicó: «Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la guardan». (Lc 11, 27-28).

lunes, 11 de marzo de 2013

GOBERNAR CON LA CONSTITUCIÓN Y CON LA BIBLIA. A propósito de una frase de Antonio Saca




El 25 de febrero de 2013, Antonio Saca oficializó su candidatura a la presidencia de El Salvador para el período 2014-2019. En su discurso de lanzamiento de candidatura dijo, entre otras cosas, que de ganar las elecciones gobernaría «con la Constitución y con la Biblia». Al respecto de esa frase propongo las siguientes reflexiones.
En mi condición de ciudadano salvadoreño me parece normal —y eso espero— que un presidente gobierne su país apegándose a la Constitución de la República. Pero, en mi condición de especialista de la teología, oír decir a un candidato a la presidencia —que no es especialista en Biblia— que gobernará también con la Biblia, lo que me produce es incertidumbre.
Me produce incertidumbre porque, si no es un especialista en Biblia, lo más probable es que no sepa gobernar según ella. Ahora bien, ¿por qué Antonio Saca hace tal afirmación? ¿Qué propósitos persigue al equiparar la Ley humana con la Ley divina? Aquí le asalta a uno una cuestión fundamental: Saca, ¿quiere ser presidente o pastor mayor de la República? Como sea, ambas cosas son rentables.
Lo que sucede es que, de nuevo, los candidatos a la presidencia recurren  a la manipulación del sentimiento religioso del pueblo salvadoreño. Su razonamiento es lógico: dado que no tengo las competencias requeridas para gobernar en modo laico, apegándome a la Constitución, entonces busco refugio en la religión. Con lo cual ya nos pone al tanto, por enésima vez, de su verbo exuberante y de las limitaciones de su formación política.
Otro refugio favorito de los candidatos superficiales es el recurso al sentimentalismo, lo que yo defino como amabilidad inútil. Una de las afirmaciones de Antonio Saca reza: «los mejores sociólogos son nuestros abuelitos», a sabiendas de que este tipo de frase gusta al hombre común, poco acostumbrado al razonamiento lógico. De este modo bien podemos decir, a falta de racionalidad, abramos nuestros corazones al sentimiento. Y de nuevo nos advierte: dado que no puedo gobernar bajo el principio de racionalidad y legalidad, entonces recurro al sentimentalismo.
La verdad es que Antonio Saca, al decir esas cosas, no tiene en mente a la clase pobre que ha adquirido conciencia de ser clase explotada, tampoco a la clase media trabajadora y mucho menos a sus amigos y enemigos de la clase acomodada. Tiene en mente a los millones de personas empobrecidas de este país, quienes podrían determinar el voto, y a quienes se les presenta primero como redentor antes que como presidente. Reconózcasele a Antonio Saca el mérito de haber identificado, con pericia de negociante palestino, que a las bases populares se llega por los medios de comunicación social, por la religión y por la escuela. Para el caso de Saca, en el orden que lo hemos escrito. Pero, hoy más que nunca, la clase media tiene claro que la manipulación de las conciencias privilegia esos tres vectores y sumado a ello cuenta también con el desconcierto que le ha producido la timidez del cambio prometido por la izquierda.
¿Qué significa para una persona honrada gobernar con la Biblia? De momento y como cosa prioritaria, significa promover la vida, a tenor de lo que dice el texto del Evangelio de Juan 10,10: «El ladrón no viene más que a robar, matar y destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia».  Por consiguiente, la promoción de la vida no se limita a evitar la muerte y menos a aplicarle «mano dura» a quien está acostumbrado a ella. Eso es como intentar apagar un fuego, esparciendo gasolina.
Sostengo que el origen del mal no está en los malos, sino en las condiciones que posibilitan su accionar, es decir, en la mediocridad vista como falta de sistematicidad, en la superficialidad que se refugia en el sentimiento  y en la ligereza de la palabra que ofusca la racionalidad. No se equivocaba X. Zubiri —el maestro de I. Ellacuría— al decir que la condición para ver no son los ojos, sino la luz. El mal actúa cuando se le conceden los espacios para hacerlo.
Gobernar con la Biblia significa también atenerse al precepto de «no robar» (Éxodo 20,15). Es más, en el caso de que se acepte que se ha robado, bíblicamente lo normal sería restituir cuatro veces más de lo robado, como hizo —el también bajito de estatura— Zaqueo (cfr. Lucas 19,1-10); quien tuvo que encaramarse en un árbol de sicómoro para ver cara a cara a Jesús, y, habiéndolo visto, se redimió afirmando: «Daré, Señor, la mitad de mis bienes a los pobres; y si en algo defraudé a alguien, le devolveré el cuádruplo». Pero, para los manipuladores de las conciencias estas palabras suenan como dichas para «niños de un planeta extraño», herederos del «semos malos», de Salarrué, que ya conocemos.
Por tanto, afirmar que se gobernará según la Biblia sin haberlo hecho en el pasado y sin tener la menor intención de hacerlo en el futuro, es mentir. Y la mentira también es prohibida por la Biblia (cfr. Éxodo 20,16).
Lo que está pasando en El Salvador es que no se asume con seriedad la laicidad del Estado. Desde siempre el salvadoreño medio y sus gobernantes confunden a la religión con los partidos políticos y a los partidos políticos con las religiones. La religión cívica existe, y es la que lleva ofrendas florales a monumentos inertes e improbables con rigurosidad de calendario litúrgico, la que reza una oración a una bandera, la que promueve y exige una semana cívica, etc.
Como vía de solución a la manipulación de la religión y del sentimiento propongo desmitificar la religión cívica y la religión tradicional que se doblega ante los intereses del político de turno.
Dado que la clase media salvadoreña ha alcanzado un alto grado de análisis crítico y siendo como es la que soporta el gasto de la cosa pública, hay que alargar con creatividad la conciencia crítica por ellos adquirida, también a los sectores desposeídos y marginados de la sociedad salvadoreña. Esto supone el uso pertinente de los tres vectores ya mencionados: los medios de comunicación social, de los cuales las clases desposeídas y capas medias utilizarán las redes sociales y todo medio alternativo a su alcance; la religión, en una versión responsable y apegada a las luchas específicas del pueblo; y la escuela, a la vez desmitificadora de los artificios del constructo ideológico-político dominante y constructora de una visión solidaria de la sociedad.
En todo caso, a Antonio Saca, con todo respeto y dado su aprecio por el Texto Sagrado, se le pueden recordar aquellas famosas palabras del Evangelio de Mateo 8,29: «¿Has venido aquí para atormentarnos antes de tiempo?». El exacto contrario de su afirmación nos hace pensar que también cabe la posibilidad de que no pueda gobernar ni con la constitución ni con la Biblia.  

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